Mi escritura nunca fue un grito contra el racismo. Eso lo hice con mis acciones – Nadine Gordimer.

Así respondía la escritora sudafricana cada que se le preguntaba sobre las denuncias político-sociales que caracterizaban su extensa producción literaria. Y, sin embargo, desde muy joven su literatura contribuyó a evidenciar, con un realismo crítico, la segregación racial que fustigaba a su país desde hacía décadas. En realidad, sus obras (tanto novelas como cuentos) abordaron temas como la opresión, la violencia, su condición de mujer y su compromiso férreo con las causas del pueblo africano. Todo ello le valió el Premio Nobel de Literatura en 1991, tras 25 años en los que el galardón había permanecido en manos masculinas. Por si esto fuera poco, se convirtió en la primera mujer africana en ganarlo. Al recibirlo, sentenció: “no creo, si hubiese vivido en cualquier otro lugar, que mi escritura hubiese reflejado tanto la política. Espero que el premio sirva para revelar al mundo la tragedia de mi país”. Después llegaron los 15 doctorados honoris causa (por universidades como Yale, Harvard, Cambridge, Leuven y Witwatersrand, entre otras), su reconocimiento como miembro honorario de la Academia Americana de las Artes y otros premios literarios alrededor del mundo. No obstante, su rol como activista blanca contra el racismo sudafricano también resultó fundamental, ya que incluso formó parte del Congreso Nacional Africano (ANC) cuando esta organización política todavía era ilegal en su país (1960-1990), pues abogaba por la eliminación de las políticas discriminatorias que otorgaban el poder exclusivo a la raza blanca. Además, se convirtió en embajadora de buena voluntad en el Programa de las Naciones Unidas desde 1998 debido a su combate contra la pobreza a escala internacional. Por tanto, su producción literaria refleja esa lucha incansable por la igualdad, por mantenerse firme en sus principios, por lo que consideraba correcto: “la verdad no es necesariamente bella, pero la voluntad de alcanzarla sí lo es” afirmaba.

Gordimer nació en una localidad minera de Sudáfrica el 20 de noviembre de 1923. Antes de convertirse en esa afamada novelista, ella fue ante todo una escritora de historias cortas: su primer relato se publicó en la revista Forum cuando apenas había cumplido los 15 años. A los 26 vio la luz su primera obra completa, una antología de cuentos titulada Face to face (1949), justo 4 años después del final de la Segunda Guerra Mundial cuyo impacto se había dejado sentir en toda Sudáfrica, pues el país todavía era territorio británico. Por ende, mi columna se enfocará en dicha producción inicial, de vital importancia para el desarrollo posterior de sus letras, en la que se reúnen 15 cuentos, escritos durante su juventud, donde el tema en común es la relación colonizador-colonizado. Es decir, la autora explora la subjetividad de los sujetos involucrados en esa dinámica y evidencia, al mismo tiempo, el entramado social y psicológico que conllevan el colonialismo y la discriminación. En realidad, su intención era reflejar el contexto político-social en el que había crecido. En otras palabras, la situación del apartheid. ¿Habías escuchado ya ese término? No es uno bonito. Proviene de la lengua afrikáans, una derivación del neerlandés originada en Sudáfrica y Namibia, y significa “separación”. Refiere al sistema de segregación racial, vigente en ambos países hasta 1992, que se constituyó a partir de un conjunto de leyes que relegaron a la población negra. De hecho, fue impulsado por los descendientes de colonos europeos (primero portugueses, luego holandeses y al final británicos) que querían mantener sus privilegios por encima de la población autóctona, la cual tenía que vivir en zonas alejadas de los blancos (y tampoco podían votar, ni utilizar el mismo baño público, ni podían bañarse en las mismas playas y debían asistir a centros escolares específicos con peor nivel educativo, entre muchas otras restricciones):

Si la gente de Johannesburgo habla de «tensiones», no se refieren al ajetreo y las prisas por las calles abarrotadas de gente, ni a la lucha por el dinero, ni al carácter competitivo en general de la vida urbana. Se refieren a las armas debajo de la almohada de los hombres blancos […]. Se refieren a esos extraños momentos en las aceras urbanas cuando un negro se niega a apartarse para que pase un blanco.

Gordimer, Cuento “Seis pies de tierra”, p. 56.

El Apartheid segregaba a blancos y negros quienes no podían compartir espacios públicos, como esta playa reservada únicamente para gente blanca. Fuente: Walter Dhladhla/AFP.

Aunque mi intención es abordar la literatura sobre el apartheid en una entrada posterior, para comprender el impacto de Face to face resulta necesario conocer el contexto social del país al momento de su creación. Así, me centraré en dos de sus cuentos que, a mi parecer, resumen bien el carácter general de esta obra (espero también llamar la atención sobre su importancia literaria y despertar su interés en la producción de esta fantástica escritora).

El primero se titula “¡Ah, Woe is me” (“¡Ay, de mí!”) y nos introduce a Sarah, una criada negra que, ante el deseo de mandar a sus tres hijos a la escuela, trabaja de sol a sol. Mujer religiosa, le han enseñado a no tener grandes aspiraciones en la vida, ni en la de sus hijos (ha aprendido que lo único que puede esperar para sus dos hijas es el matrimonio). Debido a su color de piel, sólo se le permitió ingresar a la Escuela de la Misión, en donde se le inculcó resignarse a esa precaria situación: “con su discreta insistencia en el otro mundo más que en este, no la había hecho lo bastante peligrosa, ni valiente, ni libre, ni siquiera educada para pensar que sus hijos podían ocupar cualquier otro lugar; pero sí le habían enseñado lo suficiente como para hacerle pensar que había un lugar para ellos, aunque ni siquiera fuera un rincón en el lugar del Hombre Blanco” (p.18). De hecho, el propio título refleja la desesperanza y el dolor de la protagonista, pues desde el principio somos testigo de esas continuas exclamaciones, pronunciadas a media voz por una Sarah que intenta conformarse con su posición en una sociedad que fue diseñada y delimitada por y para el Hombre Blanco (el uso de las mayúsculas en el cuento es también revelador, puesto que marca de forma clara el término dominante en esta dicotomía colonial). Poco tiempo después, tras gastar todos sus ahorros, logra enviar a sus hijos a un internado del que únicamente regresarán una vez al año, debido a que les resulta imposible cubrir los gastos de transporte. Sarah será muy estricta con ellos y, a pesar de sus ruegos, hasta les prohibirá jugar con otros niños bajo el constante argumento: “-Pero […] antes o después tendrán que hacer frente a la realidad. Si aprenden ahora que no pueden hacer lo que quieran después no les cogerá de sorpresa. Tienen que aprender ahora con rudeza, tienen que aprender” (p.20).

Con el paso de los años, Sarah se verá forzada a mantenerse en casa: el deterioro de sus piernas aumenta, lo que la obliga a permanecer en la Location, el sector designado exclusivamente a la población negra. Tras perder su empleo, los niños regresarán a casa dejando de lado el sueño de Janet, la hija mediana, de convertirse en maestra. Por tanto, a lo largo de todo el cuento nos percatamos del declive de Sarah y su familia a través de las conversaciones que sostienen una necesitada Janet con la antigua patrona de su madre, a la que pide ayuda.

– ¿Y Felicia no puede conseguir trabajo en algún sitio?

– Se ha ido, señora – dijo Janet débilmente.

– ¿Qué ha hecho?

– Se ha ido a Bloemfontein. Se ha casado, señora.

– ¡Pues qué bien! Eso está muy bien, ¿no te parece? Tu madre debe estar muy contenta.

No dijo nada.

– ¿Así que tú eres la única que está en casa ahora, Janet? ¿Sigues en el colegio? ¿Vas a ser maestra, eh?

Su voz pareció desvanecerse, borrarse.

– Estoy en casa, señora.

– ¿Quieres decir en casa siempre, Janet?

La voz huía, esforzándose por mezclarse con el silencio.

– Estoy en casa con mi madre. Sus piernas cada vez están peor. Ya no puede andar.

Gordimer, Cuento “¡Ay, de mí!”, pp. 21-22.

La crítica recae, además, en la figura de la dueña blanca que no cuestiona ni intenta erradicar de raíz el problema: desde una visión paternalista, le ofrece un poco de dinero y ropa vieja a la niña, pero sin ser capaz siquiera de entender su sufrimiento. Seguirá manteniendo una vida privilegiada, aliviando su conciencia mediante la caridad. Ésta fue la primera historia política de Gordimer, escrita a los 18, como ella misma confesó en una entrevista concedida en 1987.

El segundo es “The train from Rodhesia” (“El tren de Rodesia”); el cual inicia con el sonido de una locomotora surcando el aire, señal que todos los vendedores negros esperan para exponer su mercancía a lo largo de la estación. Al detenerse, los comerciantes ofrecen sus productos a la mirada atenta de los extranjeros que vienen a bordo, mientras los niños hambrientos corren entre los apresurados pasajeros. De repente, un león de madera tallado a mano llama la atención de una joven pareja:

– Demasiado caro – el hombre negó con la cabeza y levantó la voz dirigiéndose al viejo, devolviéndole el león. Él lo sostuvo a la misma altura a la que lo había recibido.

– No – dijo ella, sacudiendo su cabeza.

– ¿Tres y seis? – insistió el marido.

– Sí, baas – dijo el viejo nativo, con la cabeza ladeada. Los miraba de reojo, sosteniendo el león. «Tres y seis», murmuraba del modo en que los viejos repiten las cosas para sus adentros.

Gordimer, Cuento “El tren de Rodesia”, p. 40.

En este relato Gordimer evidencia, como ya lo ha señalado Edward Said en otras partes del mundo, el exotismo al que los extranjeros relegan a la población autóctona de África. Ello se refleja a través de los pensamientos de la mujer: “¿Qué significado tendrán lejos de los lugares donde los encontraste, lejos de la irrealidad de las últimas semanas? […] Qué extraño… En algún sitio se escondía la idea de que él era parte de las vacaciones, de los lugares exóticos” (p.40). Sin embargo, la parte más significativa del texto ocurre cuando el hombre se muestra feliz y despreocupado al obtener el león, cuidadosamente trabajado, por un precio injusto. No sólo se ha aprovechado de la necesidad del viejo, sino que ha infravalorado su trabajo e incluso lo ha humillado (¿quién en nuestro propio contexto, me pregunto, no ha sido testigo de estas actitudes frente a nuestros pueblos originarios?):

El joven entró dando tumbos desde el pasillo, sin aliento. Sacudía la cabeza alegre y triunfante.

– ¡Toma! – dijo, y agitó el león delante de ella. – ¡Uno y seis!

– ¿Qué? – preguntó ella.

Él rio.

– Estaba regateando con él para divertirme. Cuando ya había arrancado el tren vino corriendo detrás… ¡Uno y seis, baas! Así que aquí tienes tu león.

Gordimer, Cuento “El tren de Rodesia”, p. 41.

Es indudable que esta primera obra ya está cargada de una fuerte crítica político-social. No resulta extraño, entonces, que su producción literaria fuera prohibida dentro de Sudáfrica por gobiernos anteriores a Mandela (quien, además de ser su gran amigo, leía -a escondidas- sus libros desde la cárcel). No obstante, tal represión no le impidió nunca expresar sus opiniones con vehemencia, ni implicarse moral y políticamente en el campo de las letras para lograr un cambio social: “la literatura era uno de los pocos ámbitos donde negros y blancos podíamos compartir un mismo propósito. Todos combatíamos la censura y muchos escritores blancos intentamos hacer gala de un fuerte sentido de la responsabilidad cuando se trató de promover, defender y ayudar a los autores de color”. Principal representante de la literatura sudafricana contemporánea, la importancia de su obra le valió en vida el título de ‘la dama que no conocía la censura’.

“He fallado en muchas cosas, pero nunca he tenido miedo” – Nadine Gordimer.

Nadine Gordimer le entrega a Nelson Mandela el Premio Embajador de Conciencia de Amnistía Internacional (2006) por su defensa de los derechos humanos frente a la injusticia. Fuente: BBC.