Parte 1

Debería parar pronto. He tenido suerte de no encontrarme con retenes en la autopista. El terreno se ubica a cinco minutos, las únicas luces que alumbran el paisaje son las mías. Ni una estrella en el cielo, la luna está tapada por las nubes. Por fin puedo estacionarme. Recibo una bienvenida por parte de los mosquitos que revolotean a mi alrededor. Yo los espanto mientras camino a la cajuela. Se encienden las luces y un tamal de metro sesenta se posa ante mis ojos. Mientras reviso las ataduras de la bolsa me aguanto el ardor que me provocan los piquetes de esos bichos. Están bravos, la noche y la sangre joven los trae como locos. De a poco varios se acomodan en la bolsa, el olor debe ser embriagante. Cargo mi pala, cuento mis pasos hasta sentir la tierra revuelta en las botas. Una bocanada de aire helado entra a mis pulmones y se convierte en vaho. Hace demasiado frío para estar despierto, me digo a la vez que hundo la pala en la tierra suave.

Debería parar pronto, el hoyo ya tiene profundidad suficiente. Me pongo la bolsa en la espalda, pesa más de lo que recordaba. Es demasiado esfuerzo para ocultar a un hombre tan simple. En realidad, enterrar a este señor me parece más un ritual que una precaución. Muy pocos se atreven a reclamar sus muertos una vez que los encuentran. Aun así, si no los enterráramos poco espacio habría para caminar sobre la superficie. Ha pasado más tiempo del que tenía planeado, me estoy distrayendo mucho últimamente. Debe ser porque no he dormido bien, hay pocas cosas que no soporto tanto como no descansar. Por fin he terminado de colocar el último puño de tierra. En días comunes me iría así sin más, pero hoy me gustaría quedarme un poco. La luna se asoma ligeramente, una luz azul baja hasta mis ojos. Puedo notar que un mosquito se ha colado en mi coche y se prepara para succionar dentro de mi piel. Con el sigilo de un cazador lo tomo de las alas para acercarlo a mi vista. Se ve tan débil que no podrías creer que con las babas correctas es capaz de matarte. Entre mis dedos que sujetan al bicho se forma un hueco que guía mis ojos al lugar donde está enterrado el señor. Suelto al mosquito, me distraigo. La luz lunar cobra más color, el terreno se torna de un azul metálico como el de algunas mariposas. No puedo recordar quién era ese hombre. Sé que lo vi en fotos y luego en persona. Sé que vivía cerca del bosque con su esposa y sus dos perros. Sé que tenía el trabajo equivocado. Solo eso.

Debería parar pronto, no tengo necesidad de preguntarme nada. Aun así, había algo en su modo de hablarme que me deja intranquilo. Tenía miedo, el miedo de un niño. Poseía la gordura de un hombre curtido, pero su voz era suave. No puedo dejar de pensar en que se preocupaba no por él sino por su bosque. Cada criatura que está a mi cuidado quedará desprotegida, me dijo. No lloraba ni imploraba piedad. En sus palabras habitaba un sentir de abismal desasosiego. Además, agregó, Inesita no podrá aguantarlo. Quién es este culero y por qué me altera tanto revivir estas memorias. Por qué siento esta congoja en la garganta. Un ladrido golpea la puerta. De un sobresalto me incorporo y busco al culpable. El terreno está vacío. No hay perros a la vista. No hay más que maleza, mosquitos y aquel cuerpo enterrado a 250 metros del auto. Antes de salir otra vez me toco el rostro, tengo una lágrima recorriéndome el cachete.

Debería parar pronto, me ahoga este frío. Una niebla casi espiritual se va apoderando del terreno. Mis lágrimas engordan, lo poco que alcanzo a ver se vuelve borroso. Un ladrido viene detrás de mí; desenfundo mi cuchillo pero no recibo ningún ataque. Dos ladridos constantes corren en círculos para rodearme. La niebla se ha hecho tan espesa que entorpece mis movimientos. Lanzo tajadas al aire sin que la navaja logre cortar este vapor. Un último ladrido se abalanza sobre mí, me tira de espaldas. Siento un aliento carnívoro calentar mi cuello, una mordida y se acabó todo.

Debería parar pronto, vuelvo a empuñar el cuchillo, al que le deposito toda mi fuerza. La tajada provoca un aullido de dolor que se hace más lejano. El otro ladrido lo acompaña. Ambos se marchan con la niebla. Yazco en el suelo, agotado y adolorido. Qué le hice a los perros del señor. Poco después de llevarme su cuerpo me topé con ambos en la cocina. Ambos estaban viejos y sin embargo se pusieron feroces. No los culpo, pero no tenían oportunidad. Quizás no tenía que hacerlo.

Debería parar pronto. La soledad de este sitio me está volviendo loco. Una última frase me devuelve a ese momento. Te conozco, viniste aquí cuando eras niño, ese lunar es inconfundible. Usted no sabe, cállese. Eres el niño que vino hace diez años, tú querías ser guardián del bosque. No fueron sus últimas palabras, pero son las únicas que alguien más llegó a escuchar de él en persona. Vuelvo a mi coche. El mismo mosquito de hace rato me revolotea encima, abro la ventana para sacarlo y me largo. Al llegar a mi casa cierro con cuidado. Mi mamá sigue dormida. Me voy a mi cuarto, ni siquiera me cambio la ropa, solo duermo y no entiendo lo que sueño. Por fin me detengo.

*

—Hola, mamá, buen día.

—Qué tienen de buenos, pinche briago. ¿Dónde estuviste anoche?

—Mamá, tranquila, sabe que tengo un trabajo nocturno.

—Trabajo, trabajo. Qué vas a saber tú de trabajo si solo te la pasas en la cantina con los vagos esos que tienes por amigos.

—No, mamá, es un trabajo. Es más, hoy me van a pagar, así que ya no se preocupe por los pagos atrasados de la casa.

—A ver si no te lo gastas en licor o en viejas, que para eso también estás bueno.

Ambos callamos. Absorbe nuestra atención el noticiero. Se trata de la 12° desaparición de un activista en lo que va del año. Al menos la tercera en nuestra ciudad. Ni una sola de esas veces se ha vuelto a ver a la persona con vida. Mi mamá le cambia, odia que le arruinen el ánimo las noticias deprimentes. Mejor le deja en el 10, donde están pasando una película de Pedro infante. Desayunamos en silencio. Me doy cuenta de que tengo en el pelo un poco de pasto y tierra de anoche. Ella me pregunta dónde me ando revolcando, le contesto que me caí. El recuerdo de los ladridos me taladra la cabeza, vuelvo a sentir ese pavor agonizante.

—Oye, mijo, ¿te encuentras bien?

—¿Eh? Ah, sí, sí, estoy perfecto.

—Te veo chillando. ¿Qué te pasa?

No había sentido que una lágrima cayó en mi sopa. No dejo de llorar aunque no me sienta triste. Es extraño. Le digo a mi mamá que me tengo que ir al taller del tío Marcelo y que me guarde el desayuno. En la calle me limpio con la manga de mi camisa. No para. De cualquier modo no tengo tiempo para preocuparme por esto. Subo a mi coche con la esperanza de que no se nuble mi vista otra vez.

*

—Oye, canijo, ¿el viejo ese no te causó problemas?

—No, de hecho no, tío. No se defendió.

—Más le valía a ese cabrón. A las 12 vienen a pagarnos.

—No parecía una mala persona.

—¿Y a ti desde cuándo te preocupa eso? Vale verga si son malos o no. Lo único que importa es no hacer enojar a la gente equivocada.

—Claro, tiene razón, tío.

—Ya déjate de pendejadas y ayúdame a encender el coche que nos dejó el señor Nicópolus, chance y está fallando la transmisión.

—Sí, tío, voy.

*

Hace tres horas nos pagaron. Me da mucha risa cómo en las películas a los tipos como yo suelen estafarnos y al momento de recibir el dinero nos disparan. Con ellos no es así, son puntuales, son limpios. Cada peso se encontraba ahí. A mi tío le toca la mayor parte, yo me quedo con el 30 % a pesar de que mi vida es la que siempre está en riesgo. Basta nomás juntar dos de estas comisiones para pagar las deudas de la casa. Si hubiera trabajo todos los días no tendríamos que estar así, pero no todos están dispuestos a pagar por sus muertos. Vuelven a llorar mis ojos sin sentir un gramo de tristeza. Decido volver. Y aquí estoy de nuevo, en la misma carretera, estacionado mientras veo a través de la ventana algo que no logro comprender.

Alzo la mirada y me pregunto, ¿alguien más ya vio esto? No sé si debería salir del auto, un aire gélido empaña las ventanas. La misma luz azul de ayer ilumina mi vehículo. Ignorando mis instintos de supervivencia avanzo a través de los asientos para abrir la puerta del copiloto. Una vez fuera me doy cuenta de que los árboles son más altos de lo que creí. ¿Cuándo pasó esto? La misma niebla que ayer me cubría hoy se mueve entre estos árboles que parecen milenarios. Un bosque fresco ha crecido de los restos de este hombre. Mi sola presencia en este lugar me devuelve al momento en que nuestros caminos se juntaron. Bajo la mirada, entre mis botas una pequeña flor nace. Este bosque no solo ha aparecido en cuestión de una noche, sino que sigue creciendo, se expande y se enraíza cada vez más profundo, alimentado quizá por un alma que va más allá de lo que alcanza la vista.

Debería parar pronto, regresar a casa. De momento, solo importa que me han pagado. Algún día tendrán que pagarle a alguien más para devolver este terreno a su esencia original: un lote baldío. Lo que tenga que pasar mañana no es mi asunto, y ni siquiera estas lágrimas me van a detener. Solo se trata de dejar ir, abandonar todas las dudas, vivir en el momento porque me lo he ganado. Un aullido seco retumba entre los árboles, sale del bosque y me detiene. Suelto el volante. Me cubro con las manos: una migraña se expande por todo mi cerebro. He perdido el control. El auto se vuelca. Todo se hace añicos. Todo menos yo. Arrastrándome consigo salir por la ventana. Vomito la sangre que sigue brotando de mi boca. El cielo es negro, como si la luna solo quisiera iluminar la vida naciente de ese bosque. Aquí no hay nada, ni siquiera mosquitos. Me acuesto en la grava, preguntándome qué tan difícil será regresar a casa caminando. Claro, no es como que tenga otra opción.

Continuará