Aquí en Collhibrí hemos dedicado el mes de marzo para hablar de mujeres en todos los ámbitos posibles, y aunque lo seguiremos haciendo, hoy quiero dedicar la columna a hablar de mujeres valientes que, a través de sus obras, registraron grandes conflictos, ya sea en la fotografía documental, en novelas testimoniales, etc.

Nuestra preconcepción prototípica de las cosas se ha visto permeada por cuestiones de género que al mismo tiempo están influenciadas por la cultura en sí. Siempre al imaginar la guerra, imaginamos soldados rubios que luchan por defender su nación (gracias a las veinte mil películas del Capitán América), cuando hablamos de National Geographic, no vemos más allá de Clint Eastwood en Los Puentes de Madison (¿o sólo me pasa a mí), al pensar en el Premio Nobel de Literatura, no nos fijamos más que en el Gabo u Octavio Paz (el esposo de Elena Garro). Hemos crecido pensando en masculino, pues nos han enseñado que sólo el hombre es el único de capaz de hacer actos valientes y despiadados, el único que puede arriesgarse y sacrificarse, entrar al peligro, luchar y, al final, ser aplaudido por todo el pueblo, alabado y visto como un héroe.

Primero, quiero que retrocedamos un par de años y pensemos en el 2015, cuando el nombre de Svetlana Aleksiévich sonó en todas partes del mundo. Nacida en Bielorrusia en 1948, se dedicó al periodismo desde una temprana edad. Su obra se caracteriza por los elementos polifónicos al retomar varios testimonios de personas que estuvieron por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial (La guerra no tiene rostro de mujer, 1985) o aquellos que sobrevivieron al accidente de Chernóbil (Voces de Chernóbil, 1997). Testimonios crudos y reales que al leerlos no sientes más que una gran angustia y desasosiego. La obra de Aleksiévich es muy amplia, por lo cual podemos imaginar que su entrega y dedicación por viajar, escuchar, comprender y compartir diversas facetas de la historia de la humanidad actual, es un verdadero acto de devoción y valentía. El darle voz a esa otra cara de la historia, a aquellos que se vieron silenciados por sucesos aparentemente más grandes e importantes que sus propias vidas. Fue por eso que sonó mucho ese apellido impronunciable para los hispanohablantes, Aleksiévich, pues en el 2015 se le otorgó el Premio Nobel de la Literatura “por sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo”.

Otra mujer que su vida suena más emocionante que cualquier premisa de película de James Bond, pero que al mismo tiempo es más cruda y ante todo, valiente, es el caso de Lydia Cacho. Periodista, activista y escritora mexicana nacida en el año de 1963. En 2004 publicó el libro Los demonios del Edén, en el que presenta su investigación sobre una de las redes de pornografía y prostitución infantil más grandes del mundo, en el cual estaban involucrados varios políticos y empresarios. La realización de esta obra requirió muchos años de investigación por parte de Cacho, además de intimidaciones y amenazas de muerte por parte de “figuras de seguridad y autoridad” de eso entonces, incluso en 2005 fue detenida por lo mismo. Esta escritora es la imagen viva de la valentía y el coraje que las mujeres tenemos, y personalmente siento una gran admiración y respeto hacia ella y su trabajo.

Lydia Cacho

Estos dos ejemplos son pocos entre tantos que hay. Mujeres que se han dedicado a escribir de temas que “no son de mujeres” han sido muchas y si nos detenemos en cualquier punto histórico, vamos a encontrar mujeres que, a pesar de querer haber sido silenciadas, ellas siguieron ahí, resistiendo y escribiendo. Brevemente daré otros ejemplos, como Nellie Campobello que le dio voz a la Revolución Mexicana con su obra Cartucho (1931), Olga Lengyel con su experiencia en los campos de concentración nazis y su obra Los hornos de Hitler (1947), Miyamoto Yuriko con sus varios relatos autobiográficos del Japón de la posguerra como en el caso de Una flor… En fin, que son muchas las mujeres que han salido de las “pláticas de mujeres”, que han demostrado que no hay límites sobre lo que escribir, sobre lo que documentar, por más barreras que se nos impongan.

Y bueno, la pregunta de todas las entregas de esta columna ¿y en la fotografía? Pues bien, en la fotografía también hay miles de mujeres que se han dedicado a documentar culturas, tradiciones, guerras, otras perspectivas y miradas, maneras de vivir de los demás, con todo y problemáticas que ignoramos, realidades distintas a las nuestras. Justamente la semana pasada en Al Aire hablamos del trabajo de Lynsey Addario, por lo cual les recomendamos escuchar el programa si les interesa el trabajo de esta fotógrafa. Y por eso mismo, es que hoy mencionaré el trabajo de otras muchas mujeres que hay.

De la primera que hablaremos es de la fotógrafa italiana Silvia Alessi, que nació en el año de 1975. No fue hasta el 2004 que se interesó en documentar varios conflictos sociales a través de la fotografía, y a partir de ese momento no se ha detenido. Uno de sus proyectos más trascendentales es titulado Skin Project, en donde retrata a varias personas de la India que padecen enfermedades en la piel y que también han sido víctimas de ataques de ácido. Esta última problemática ha sido algo muy constante dentro de la India, principalmente de las mujeres que son castigadas por celos o como simples actos de odio. Este proyecto visibiliza todos esos rostros de gente que ha sido avergonzada y juzgada por condiciones ajenas a ellos mismos, y son realidades que necesitan ser vistas también. Puedes consultar más de su obra en su página web.

Fotografía por Silvia Alessi de su proyecto Skin Project

Otro ejemplo es la obra de la fotógrafa Leslie Pérez, nacida en México y que actualmente se dedica a documentar la guerra más reciente y contra la cual todos estamos combatiendo: la guerra contra el Covid-19. Ella trabaja para el periódico El Heraldo de México y dentro de este proyecto ha documentado muchos de los espacios y oficios donde el Covid se hace notar más: el día a día de los doctores, los trabajadores de las funerarias, los encargados de la sanitización de lugares públicos… Gente que no es inmune a la enfermedad, pero que su vocación está ahí. Y lo mismo para todos aquellos fotorreporteros, como justo lo es Leslie Pérez. Fotografías que parecen de un futuro distópico cinematográfico, pero que al mismo tiempo está permeado de una carga de cotidianidad y cercanía a aquellos fotografiados… Así es la obra de Leslie Pérez. También pueden consultar su Instagram para ver más de su obra y de sus otros proyectos, como fotografías de la reciente marcha del 8M donde así como a ella, otras varias fotorreporteras fueron agredidas por policías de la CDMX.

Fotografía por Leslie Pérez para El Heraldo

Y bueno, es evidente que no podemos hablar de todas, pero así como en el apartado de la literatura, quiero mencionar un par de proyectos más. El trabajo de Tamara Merino, que va desde las comunidades bajo tierra de España hasta las personas transgénero de México; Sara Aliaga Ticona, fotógrafa boliviana que retrata a las comunidades originarias de su país; Karen Eppinghaus, fotógrafa que retrata a multietnicidad brasileña; entre otras más.

Para concluir, quiero invitar a la reflexión de que las mujeres también estamos, así, a secas. Estamos inmiscuidas en los problemas actuales, no sólo somos víctimas, no sólo nos retratamos así. Estamos en los lugares más peligrosos del mundo, peleando y documentando, escribiendo y fotografiando. Estamos en conflictos internacionales y también estamos en conflictos familiares. Es importante darnos cuenta de que estamos, y sea en el contexto que sea, vamos a estar listas para aquello que tenga que pasar. Las mujeres también somos intrépidas, dedicadas, creadoras, aventuraras, entregadas y activas. Hay que interesarnos más en trabajos y proyectos hechos por mujeres, pues más allá de la sensibilidad o el “valor estético” que se tenga, siempre van a buscar un fin común: darle voz a aquellos que ya no tienen.