Los grandes imperios africanos de la antigüedad poseían una vida intelectual muy rica. Desde los egipcios y su célebre biblioteca de Alejandría (el centro de difusión de conocimiento más prestigioso del Mundo Antiguo), el imperio cartaginés de Túnez (fundado, según la creencia romana, por la reina Dido) con su extensa producción literaria en lengua fenicia que abarcaba poemas y ensayos filosóficos, hasta el históricamente ignorado Imperio de Malí que jugó un papel de vital importancia en la configuración de la cultura del África Occidental al propagar su lengua, leyes y costumbres a todo lo largo del río Níger. Sin embargo, aunado a este acervo escrito tan valioso, dichas civilizaciones transmitieron la mayor parte de su literatura (cuentos tradicionales, leyendas, mitos, poesía, etc.) de forma oral durante generaciones. Es el caso, por ejemplo, de la Epopeya de Sundiata Keïta (una prueba más de que no sólo griegos y romanos desarrollaron este género narrativo), poema épico por excelencia que relata la historia de Sundiata Keïta, primer monarca del Imperio de Malí y mansa ‘rey de reyes’ de toda África. Su primer registro escrito procede del historiador árabe Ibn Jaldún a inicios del siglo XIII; no obstante, el texto ya había sido recitado siglo tras siglo por poetas y cantantes africanos de la antigüedad. Ahora, la figura de este héroe (a quien le dedicaremos después su propia columna) es recurrente en la inmensa cantidad de expresiones culturales de los distintos países debido a que, para los africanos, la literatura es más que ficción: consiste en la memoria histórica del continente y, a través de ella, sus pueblos tejen lazos de unión y reconocimiento.

En ese sentido, la concepción de ‘literatura’ en África es bastante compleja. En primer lugar, se diferencia de la tradición occidental debido al peso que todavía le otorga a la oralidad. Así, los diversos pueblos africanos siguen transmitiendo sus saberes e historias mediante la palabra hablada, cuyo valor es equiparable al de la escrita. Asimismo, no separan de forma radical el arte de la educación. Es decir, si bien los africanos pueden escribir y cantar por la belleza en sí misma (bajo esta idea de ‘el arte por el arte’), dichos pueblos utilizan la literatura oral para comunicar información importante a las siguientes generaciones. Porque para ellos un objeto se considera bello por las verdades que muestra y por las comunidades que ayuda a construir (Joseph, 1992, p. 304). De ahí que no resulte sorprendente que la mayor parte de los escritores africanos contemporáneos se inclinen por retomar figuras y enseñanzas del pasado pues es su deber retransmitirlas (veremos después, por ejemplo, como este hecho es particularmente cierto en los cuentos para niños) y que, además, busquen reflejar su realidad ya que, sea cual sea, es y será para siempre parte de la historia de su gente. Por ende, se conserva literatura oral de diversos periodos históricos. A modo de ejemplo, el poema What happened in Olenguruone?,[1] compuesto durante la guerra de independencia de Kenia entre 1952 y 1960, rememora uno de los sucesos más terribles de esa lucha que ha sido recordado a través de la voz de sus sobrevivientes: en octubre de 1952 los independentistas establecieron una base para atacar a sus colonizadores británicos en el bosque vecino al pueblo de Olenguruone. Como represalia, las autoridades coloniales limpiaron la región en un programa de reasentamiento forzoso, deportando y encarcelando a quienes se resistieron (aunado al incendio provocado de sus casas y cultivos).

La gran tristeza ocurrió en Olenguruone.

Los niños y el ganado lloraban bajo la intensa lluvia y el penetrante frío

Porque sus casas fueron destruidas y quemadas.

Los hijos de Olenguruone vieron con sus propios ojos

Cabras, ovejas y borregos masacrados en sus bomas.[2]

El sacerdote católico fue testigo de la destrucción de Olenguruone.

Toda su comida, ahorros y propiedades destruidas,

Porque sus casas fueron destruidas y quemadas.

No acepte ningún consejo mientras esté en camino,

Porque cuando ellos se negaron a firmar un acuerdo

Algunos fueron llevados a Yatta[3]

Y otros a prisión en Nakuru.

Un profesor, Koirugo, fue arrestado.

Le dijo a la policía

“No puedo dejar a los estudiantes como huérfanos.

Si quieres arrestarme, ven a buscarme a la escuela,

Arréstame a mí y a los estudiantes”.

Cuando nuestro maíz fue cortado,

Nuestro Dios vio y atestiguó.

Bendijo las fresas y los animales salvajes,

Y nos dijo que los usáramos como nuestro pan de cada día.

De esta manera, la palabra oral es vital para la configuración de África. En efecto, en las grandes ciudades como Timbuktu (capital intelectual, comercial y espiritual del islam en todo el continente entre los siglos XV y XVI) la corte imperial maliense solía reunirse durante la noche con embajadores, historiadores, filósofos, bailarines, músicos y (la figura que más nos importa en este momento) griots con la intención de recitar poemas y representar danzas que honraban a un grupo objetivo (guerreros, sabios, religiosos) desde el principio de los tiempos. Ahora, el griot es un personaje fundamental ya que encarna la memoria colectiva del pueblo: no sólo relata cuentos tradicionales y enuncia los poemas de alabanza (entre otras expresiones literarias más), sino que también es quien conoce la historia de la gente de la comunidad pues está presente en sus iniciaciones y en sus ritos de nacimiento, adultez y muerte. Un griot es aquel que sabe, domina, refiere y relata el origen de todo a través de la palabra, es quien retiene las historias y enseñanzas del pasado, es la estructura que cohesiona el mundo social de los pueblos africanos. Su narración transmite verdades, refleja identidad y valores, permite la continuidad de las referencias orales de los pueblos del ayer y del hoy. En definitiva, es la palabra que hace posible la unión histórica entre las culturas de toda el África pues en la medida que relatan, legitiman. Por tanto, actualmente pueden encontrarse griots en multitud de países africanos como Malí, Gambia, Guinea, Mauritania, etc.[4] En palabras de Ngary Niang, griot del pueblo Ndiebene de Senegal: “los griots somos maestros del arte de hablar. Nuestros bolsillos están llenos de secretos, de nombres y de hazañas, para que las historias de nuestro pueblo no caigan en el olvido”.

Ahora bien, aunque el griot es un narrador de historias, su figura está íntimamente relacionada con otra expresión artística. Para comprender este hecho debo especificar que hay un código de existencia a través de la música por parte de los pueblos africanos, ya que mediante ella se relacionan con lo sagrado. Por ende, han compuesto música para todos los aspectos de su vida cotidiana; es decir, sus asuntos trascendentales y terrenos han sido codificados en poesía musicalizada a partir de la cual se definen frente a los demás. En ese sentido, estos hombres y mujeres (porque sí, también se encuentran mujeres griot) acompañan su relato con instrumentos que varían según la zona geográfica (p.ej. en las áreas agricultoras predominan las flautas, mientras que en las ganaderas destaca el uso de cueros y tambores). Así pues, la literatura africana se vincula fuertemente a la música; unión que no resulta tan común en Occidente. Por eso, cuando vaya a presentarse la tragedia de la esclavitud, serán la música y las letras las únicas que los acompañarán en esos viajes tan tortuosos, aquellas que les van a permitir sobrevivir a los tormentos y a los sucesos terribles que vendrán (y cuya influencia dará lugar, posteriormente, a dos de mis géneros favoritos: el jazz y el blues). De esta manera, se han celebrado eventos en los que se conjugan la música y la poesía desde tiempos muy antiguos. Algunos de ellos incluso han alcanzado la fama internacional como, por ejemplo, el ‘Festival en el desierto’ de Malí que se lleva a cabo a 65 km de la ciudad de Timbuktu, justo a las puertas del Sahara (hogar de los tuaregs, nómadas bereberes que se dan cita una vez al año para compartir allí su cultura en su propia lengua, el tamashek).

Griots en Sofara, Malí. Fuente: Bruno Morandi/Alamy.

Por su parte, otro ejemplo de poesía oral africana musicalizada es Ogun, God of War[5] del pueblo yoruba de Nigeria, composición que ha pasado de generación en generación debido a la importancia de este dios en su religión: Ogún es la deidad del hierro y la metalurgia, por tanto, preside todas las actividades que se relacionan con dicho metal (p.ej. la forja de machetes para cosechar y la creación de pistolas para la caza). En ese sentido, representa la creatividad y la recolección, aunque también la destrucción y la guerra. Resulta un dios terrible, pero necesario; motivo por el cual en su poema se le describe a partir de una serie de contradicciones. El siguiente es un fragmento traducido del inglés.

Ogún mata por la derecha y destruye por la derecha.

Ogún mata por la izquierda y destruye por la izquierda.

Ogún mata de repente en la casa y de repente en el campo.

Ogún mata al niño con el hierro con el que juega.

Ogún mata en silencio.

Ogún mata al ladrón y al dueño de los bienes robados.

Ogún mata al propietario de la casa,

Y pinta el hogar con su sangre.

Ogún es también el dios del bosque.

Da toda su ropa a los mendigos.

Ogún nunca permitirá que su hijo sea castigado.

¡Ogún, no me rechaces! [6]

En definitiva, la importancia de la oralidad en la literatura africana comenzó a ser reconocida hasta mediados del siglo XX. Una figura trascendental en este cambio de paradigma fue la del escritor y etnólogo maliense Amadou Hampâté Bâ (1901-1991), quien trabajó toda su vida en la recuperación de la cultura oral africana. Desde joven comenzó a registrar todos los relatos orales que conseguía escuchar de los griots, un hecho que posteriormente lo llevaría al estudio del patrimonio inmaterial de los distintos pueblos que visitaba. Tras la independencia de Malí en 1960 fundó el Instituto de las Ciencias Humanas de Bamako en donde, desde 1966, inició su labor lingüística al elaborar un sistema unificado para la transcripción de las lenguas africanas. Aunque abordaremos en otra entrada algunas de las narraciones que recolectó pues considero imprescindible detenernos en ellas, me interesa remarcar el rescate que se ha hecho de dichas tradiciones y saberes ancestrales. Como afirmaba el propio Hampâté Bâ: “estos pueblos han desarrollado el arte de la palabra de una manera muy especial. A pesar de no estar escrita, su literatura no es menos bella. Cuántos poemas, epopeyas, cuentos […] se han transmitido así a través de los siglos, llevados por la memoria de los hombres de la oralidad apasionadamente enamorados del lenguaje y de la poesía”. Su entrega lo llevó a convertirse en miembro del consejo ejecutivo de la UNESCO en 1962, donde lanzó su más célebre frase que después se convertiría en proverbio de todo el continente:

En África cuando un anciano muere, una biblioteca arde – Amadou Hampâté Bâ.

Finalmente les comparto la presentación de Sibo Bangoura, griot procedente de Guinea (país del África Occidental), recitando Nan Fulie, poema musicalizado sobre la importancia de los griots en la historia del continente. La composición se acompaña del Kora, un instrumento de cuerda típicamente africano.


Bibliografía

Álvarez, Teresa. (2014). Amadou Hampâté Bâ y la reconstrucción de la identidad africana a través de la oralidad. Thélème. Revista Complutense de Estudios Franceses, 29(2), 265-280.

Conrad, David. (1992). Searching for History in the Sunjata Epic. History in Africa, 19(1), 147-200.

Joseph, George. (1992). African Literature. En A. Gordon y D. Gordon (Eds.), Understanding Contemporary Africa, (pp. 302-325). Lynne Rienner Publishers.


[1] Traducción propia. El poema original en lengua kiswahili fue transcrito al inglés e incluido en el libro The Swords of Kiringaya: the fight for land and freedom (Las espadas de Kiringaya: la lucha por la tierra y la libertad), publicado en Kampala, capital de Uganda, en 1975. Para leer el poema en inglés:https://africanpoems.net/protest-satire/what-happened-in-olenguruone/

[2] Recinto comunitario de ganado.

[3] Yatta fue un lugar árido del África oriental en donde las personas se veían obligadas a comer lo que pudieran recolectar del monte.

[4] En las lenguas africanas, los griots son conocidos con distintos nombres: jeli en las áreas noroestes de África, jali en las áreas del sur, guewel en wolof (lengua originaria de Senegal y Gambia), gawlo en pulaar (lengua hablada por la etnia fulani desde Senegal hasta Camerún y Sudán), entre otros.

[5] Esta traducción del yoruba al inglés fue incluida en la antología de poemas tradicionales Yoruba Poetry (1970) editada por el profesor alemán Ulli Beier.

[6] Traducción propia. Para leer el poema completo en inglés: https://africanpoems.net/gods-ancestors/ogun-god-of-war/