Parte 2

¿Cuántos niños habrán nacido con el mismo lunar que yo? El viejo me reconoció por esta mancha. En realidad no lo había visto hasta esa noche, pero ¿por qué estaba tan seguro? Chance y escupió lo primero que le vino a la mente, cualquier balbuceo que pudiera salvarle la vida. Eso tuvo que ser. Yo no… no soy de esos.

Cada paso me ardía terriblemente en las plantas de mis pies, tenía los zapatos destrozados. Detuve mi andanza en varias oportunidades, pues sentía la cadera desacomodada y quise regresarla a su lugar. Mis movimientos debían ser leves. Siempre que intentaba dar zancadas me retorcía del dolor. Si continuaba así no llegaría nunca a mi casa. Necesitaba con urgencia un raite, pero el paisaje inhabitado de la carretera se repetía cada minuto como si no avanzara; la imagen no dejaba de ser la misma, la misma grava, la misma tierra, el mismo asfalto, la misma hora. Podrías pensar que el tiempo sí tendría que haber avanzado, pero con todo lo que había vivido aquellos días no dudaba que se hubiera detenido. Por eso no quise ver hacia atrás, no habría soportado observar aquel bosque húmedo que se adueñaba de este páramo estepario. A pesar de no tener más energía no podía darme el lujo de descansar. No sé qué habría pasado si unas lianas me hubieran arrastrado de vuelta.

Lento pero constante el entumecimiento se apoderaba de mis músculos. No podría seguir mucho tiempo más. Todavía me faltaban horas de trayecto y sin una gota de agua nada podría hacer. Fue entonces cuando el rugido de un motor me espabiló. Contra mis deseos de no voltear di una ojeada al terreno que había quedado tras de mí. El bosque se vislumbraba en la lejanía, tan denso que cubría los albores de un sol intimidado por la vida vegetal. No quise dedicarle más segundos de mi vista, así que bajé la mirada en busca de la máquina que irrumpía el silencio. La encontré de inmediato, el problema era que se desplazaba con la potencia de una bala y quizás no podría verme. Alcé la mano sin pensármela mucho, cualquier cosa tendría que ser mejor que morir en estas condiciones. Dada la velocidad del vehículo, este se detuvo muy adelante. Retrocedió con cautela, así pude observarlo mejor. Se trataba de un Challenger negro. Las placas eran de otro estado. Bajó la ventanilla y a pesar de lo que pudiera imaginar, el sujeto parecía más bien un padre de familia cuarentón. Supuse que sería un típico caso de crisis de la mediana edad, aunque algo me decía que no debía bajar la guardia.

—Oye, chico, ¿te encuentras bien? ¿Adónde te diriges?

—Soy de la ciudad, basta con que me deje en el entronque y estaré bien.

—¿Seguro que no quieres pasar a que te revisen esas heridas? Oye, ¿el carro que se está incendiando allá atrás es el tuyo?

—Estoy seguro. Y sí, ese era mi coche.

—Uff, qué lástima, viejo. Súbete, te dejo donde quieras. También voy para la ciudad.

Como pude me senté. Bajó los seguros y volvió a incorporarse en la carretera. La música que escuchaba sonaba rara. No podía definir el género ni la banda, ni siquiera sé en qué idioma estaba la letra. Por suerte no estaba alto el volumen, podía dejar de poner atención y mirar solo el camino. En el retrovisor ya no quedaba rastro del bosque, lo que por fin me relajaba. Poco después de pagar la caseta retomó su plática conmigo.

—Por cierto, me llamo Zed, mucho gusto.

—Qué tal. Soy Abel.

—Abel, qué nombre tan bíblico.

—A mi mamá le gustaba ese nombre porque mi abuelo se llamaba así. Realmente no es una mujer muy devota.

—Bueno, igual es un gran nombre.

—Jamás había conocido a nadie llamado Zed. ¿Es usted extranjero?

—Es una excelente pregunta, la verdad es que no lo sé. Llevo tanto tiempo viajando que he olvidado de dónde vengo. Y por favor, no me hables de usted, yo me siento como de tu edad.

—Ya veo. Así que viajas mucho, ¿no? ¿Es por trabajo?

—Más bien es un estilo de vida. Cuando las oportunidades son escasas tienes que crear las propias.

—Bien dicho. Siempre he pensado lo mismo. Es lo que nos separa del resto de los cobardes.

—Y que lo digas, Abel. ¿Sabes? Creo que tú y yo podríamos llevarnos chingón.

—Sí… probablemente.

Perdí pronto el interés en la conversación. Me parecía anormal cada acontecimiento de mi vida desde que maté al señor. Volví a recordar su rostro aflojado por la muerte cuando lo metí en la bolsa. Esas palabras, te conozco, viniste aquí cuando eras niño, ese lunar es inconfundible cada vez resonaban con más poder en mi cabeza, su voz cobraba vida en mis oídos, no sé de qué me habla, viejo estúpido, muérase de una vez.

—Ey, ey, ¿estás bien, hermano?

—¿Eh?

Una lágrima mojó mi mano, estaba llorando nuevamente.

—Sí, estoy bien. A veces me pasa. Es un mal congénito —respondí mientras me tallaba los ojos.

—Claro, lo que tú digas. Oye, Abel, ¿en qué trabajas?

—Soy mecánico, ¿por qué la pregunta?

—Oh, nada, nada. Me dio curiosidad haberte encontrado a la mitad de la nada hecho polvo y con el auto en llamas. Suena como que hay una historia detrás.

—No, no hay historia. Solo malas decisiones.

—Bueno, tienes suerte de que yo tomara la buena decisión de recogerte.

—Creo que sí. Gracias.

—No me lo agradezcas, Abel, no todavía. ¿Te gustaría saber en qué trabajo?

—Pues, supongo que sí… Si tienes ganas de contar, adelante, te escucho.

—Me pagan por matar perros.

—Oh… ¿trabajas en una perrera?

—Para nada. Voy de pueblo en pueblo, agarro a batazos a todos los perros de la zona y luego me pagan por haber limpiado la ciudad, después me llevo los cuerpos y los vendo como carne barata a los taqueros.

—… ¿En serio?

—Jajaja, apuesto a que te engañé, ¿no es así? ¡No, viejo, por supuesto que no! Debiste ver tu cara, seguro pensaste que habías subido al auto de un maniático.

—Sí, creo que tienes razón. En mi estado no hay mucho que pueda hacer.

—Lo sé y eso es lo que me encanta. Tuviste que elegir entre quedarte varado en la carretera o arriesgarte a quedar a merced de mí. ¡Y aun así subiste sin dudarlo! Debes tener un temple de acero; lo cual te repito, tiene que venir de alguna historia. Vamos chico, cuéntame, qué estabas haciendo allá. Tan cerca de ese bosque monstruoso.

—Ya te dije, no hay nada que contar. Lo único que importa es regresar a mi casa o mi mamá se va a preocupar.

—Oh, claro, claro. No queremos preocupar a esa pobre mujer. De cualquier modo, el bosque no se va a ir a ningún lado.

El labio comenzó a temblarle, parecía que en cualquier momento entraría en un ataque de risa histérica. Parecía incluso que sabía quién era yo, de otro modo no entendía por qué le interesaba tanto saber mi historia. Pronto reconocí el paisaje, estábamos llegando a mi destino. Necesitaba bajar antes, cuanto antes posible. En el próximo alto, pensé para mis adentros.

—¿Te importa si cargo gasolina?

—No, no, adelante.

Se desvió un par de calles. Entró en una estación de PEMEX y platicó con el muchacho de servicio. Acerqué mi mano a la manija cuando noté que él metía la suya en el hueco derecho de su asiento. Asomó ligeramente el mango de una colt. ¿Cómo es que no había visto eso antes? El chico ni siquiera se daba cuenta, seguía recibiendo la orden. 500 pesos de premium. Solté la manija, él en respuesta guardó nuevamente su pistola.

Mientras el contador se actualizaba apagó la radio. Me miró de reojo, diciendo:

—Tranquilo, campeón. Todavía no llegamos, ¿o sí?

Negué con la cabeza, la cual no había dejado de dolerme desde el choque. Finalmente, el tanque estaba lleno.

—Gracias, carnal, quédate con el cambio —soltó uno de 1000 y arrancó, el muchacho solo pudo señalar el letrero que decía que no se aceptaban billetes de esa denominación.

—¿Adónde me llevas?

—A casa, ¿no es eso lo que querías?

—Hombre, solo déjame aquí.

—¿Cuánto traes?

—¿Qué? ¿Todo por eso?

—No, en realidad no, pero la gasolina salió cara, así que estaría poca madre que me eches la mano.

Saqué de mis bolsillos un par de billetes de 500. Los extendí y los tomó con una sonrisa chueca.

—¿Es todo? —preguntó con cierta condescendencia.

—Sí, es lo que traía que pude rescatar —mi corazón se agolpó gracias al miedo de que me esculcara.

—Claro, cómo vas a tener más, si tu coche se hizo añicos, ¿no es así?

—Exactamente.

—Dime, Abel, ¿y si decidiera registrarte?

—¿Qué podrías perder? Sabes que me duele un putero la cadera, estoy indefenso.

—Dejémoslo así. Me inspiras confianza, Abel.

Volvimos al camino. Me dejó en el entronque, tal como se lo pedí. Antes de proseguir, soltó unas últimas frases.

—Ya que ninguno de los dos dijo en qué trabajamos, voy a revelarte un pequeño secreto: yo ya sé cómo te ganas la vida, en realidad ambos pertenecemos al mismo mundo corporativo, nos deshacemos de la basura. Justo ahora voy por tu tío y será mejor que no intentes detenerme, porque estaría muy muy triste de tener que hacer algo que no quiero. ¿Entendiste? —Sacó de la guantera un folder sucio con nuestras fotografías—. También, te aconsejo que vayas con cuidado, en caso de que allá arriba se decidan por cortar ambas cabezas.

El taller de mi tío Marcelo quedaba a media hora de distancia. Aunque hubiese querido, no habría podido hacer nada. Al menos me quedaba el resto del dinero, lo que había podido guardar en mis calcetines. Me quité los zapatos, descubrí que buena parte de los billetes estaba manchada de mi propia mugre. De todos modos no importaba, quizás mamá lloraría al saber lo de su hermano, pero jamás le faltará techo o comida mientras yo tenga la fuerza en estas manos para eliminar a quien tenga la mala fortuna de estorbarle a los que pagan.

*

Al otro extremo de la ciudad, cerca de un bosque protegido, una mujer de mediana edad recibe una visita.

—Nacho, ¿eres tú? ¿Dónde te habías metido? Me tenías muy preocu…

—Buenas tardes, doña Inés. ¿Me equivoco?

Continuará