Hay veces en que la realidad supera la ficción, el día de hoy Sebastián Trujillo nos comparte un cuento desde Berlín, Alemania.

Estaba bajo el puente. Cargaba en la espalda el pesado maletín. Dos cartones en cada mano. Los extendió en el asfalto y echó su cuerpo encima. Liberó su espalda. Tiró de la cremallera y sacó una frazada para cubrirse de pies a cabeza.

Vibraba de frío, por los carros que cruzaban arriba de su calavera. Sobraba licor. Tres dedos de whisky robado. Bebió. Luego quebró la botella. El estallido de cristales hizo ladrar a un perro negro que lamía un charco. Conservó el pico de botella.

El día de mierda. La noche peor. De fantasmas fríos como la intemperie. Cerró los ojos añorando que el ambiente desapareciera. Volvió a cubrirse el rostro cortado.

Era guapa. Veintisiete años o algo así. Había abierto el ropero. Eligió el vestido de matrimonio y viuda. Se quitó el uniforme y se metió en él. Desfiló frente al espejo. Elegante, movía sus piernas largas y trigueñas como la miel.

Descendió a la estancia de visitantes. Cogió el whisky. Regresó a la habitación. Se sirvió un trago y se acostó en la cama. Suave, blanda al hundirse. Terminando de beber se frotó los dedos en el coño. Tembló de un entristecido placer.

Pensó en el enfermo amor hacia el marido muerto. Atractivo como cualquier mujer lo hubiera deseado. Violento como para odiarlo eternamente. Gimió. Gritó. Otro trago. Reduciendo la botella a los tres dedos de contenido.

Ebria, sucumbió al sueño. Dejó su húmedo sexo al natural. El vestido recogido en el ombligo y las tetas apuntando al techo.

Estacionó el auto en la terraza adornada de pinos. Miró al cielo y quedó hechizada ante el rojo fuego del ocaso. Entró en la casa. Arrojó el bolso en el sofá. El gato, con aspecto de lince, reventó el silencio maullando y frotándose la vida en sus tobillos.

Subió las escaleras. Empujó la puerta de su alcoba. Creyó que iba a derrumbarse. Se acercó sigilosa. Con el animal enredado en sus pisadas. Lanzó los zarpazos. Rasgó cara, tetas y coño.

—¡Ay! —gritó— Es usted. Yo. Señora…No es lo que imagina. Se revolcó por el ardor de las heridas.

— ¿Qué cliché tan repugnante es este, sirvienta de mierda? — Se miró las uñas sucias de piel ajena.

—¿Cómo te atreves a profanar mi vestido, la memoria de mi marido? —continuó la viuda— ¿Olvidaste lo que hemos hecho por ti, Flor maldita?

—No. No lo sé —dijo Flor, tapándose la vagina. Melancólica—. Supongo que estoy loca.

—¡Puta!

—Sí ¿y qué?

Entonces le propinó un puñetazo a su patrona. Se sintió aliviada de lo que hicieron por ella. De humillaciones por cuchillos mal lavados. Del bebé en el vientre matado a patadas por el patrón. Porque así era su estilo. Penetrar como un monstruo que eyaculaba violencia.

La dejó escupiendo sangre por nariz y boca. Bajó a la primera planta. Abrió el maletín y de prisa lo rellenó de libros. De buenos libros. Pateó la puerta y se largó corriendo. Corriendo. Corriendo hasta esfumarse en el camino.

Después fue la instantánea de su hija prostituta. Del hijo vagabundo durmiendo bajo cualquier otro puente de la ciudad. Atiborrando las tripas con basura de los cestos. Al abrir los ojos, deseó arrancárselos. No comprendía cuáles imágenes resultaban más aterradoras. Si las de adentro o las de afuera. Daba igual. Se durmió, temblando de espanto y soledad.

La despertó el ruido de un borracho meando a su lado. El vestido de novia ensangrentada se la puso la dura. Forcejeó para que se la chupara de gratis. Pero Flor era fuerte. Lo suficientemente fuerte como para dormir bajo un puente. Se defendió con el pico de botella.

De nuevo se largó. Abandonado al hijo de puta con los huevos amputados, tirados en el suelo como pedazos de nada. Escapando, recordó el sueño o pesadilla de la noche fría. Su madre, sirvienta y esclava de ricos, indicándole desde la muerte hacia donde debía dirigirse ahora que ya no tenía ni siquiera dónde estar.

***

Acababa de violar a su secretaria. Era abogado. Llevaba una camisa de cuello blanco. Bebía whisky y montaba los pies en el escritorio de su despacho. Estaba a punto de morir y no quería arder en el infierno. Salió de su oficina. Llamó el ascensor. Cerrándose las puertas, guiñó el ojo a la secretaria que prudentemente lloraba.

Flor yacía en la puerta del edificio. Leía Fahrenheit, de Bradbury. Le gustaban las revelaciones encontradas. Vio a Hernán, el abogado, encendiendo el cigarrillo. Se reconocieron, naturalmente.

—¡Padre! —gritó Flor, con el índice dividiendo el libro por la mitad.

—Carajo —dijo Hernán— te advertí que no aparecieras aquí. Que no me llames de esa manera tan vulgar.

Revisó cada centímetro de su errante existencia. Apretó su brazo y la alejó de la fachada del edificio, como escondiendo la vergüenza.

—¿Por qué llevas esa ropa?

Respiró hondo.

—Perdí mi trabajo de sirvienta. Vivo bajo un puente.

Hernán era devoto de los raros discursos de la iglesia católica. Sintió el dolor de su corazón infartando de nicotina. Escuchó el lamento de la muerte en sus oídos. Tenía que redimir el olvido y las trampas que tejió para nunca perder.

Recordó el sitio donde acudía a violar sirvientas, como la madre de Flor, que preñaba de bastardos que no reconocería con su apellido pirata.

—Haré un milagro —dijo con la mirada en el cielo—. Pero cuando muera, no te exhibas a reclamar lo que no te pertenece. No me llores.

—Jamás.

—Así me gusta. La herencia es para mis hijos de verdad.

Le entregó una llave. Detuvo un taxi.

—¿A dónde? —preguntó el taxista.

Guardaron silencio. Hernán detalló las nubes dibujando demonios. Se tocó el pecho dolorido.

—¿A un motel? —bromeó el taxista, serio.

—No —dijo Hernán—, a aquella colina que ves en lo profundo del horizonte.

—¿Y qué hay allá? —preguntó la Flor bastarda.

—Un rancho pa que vivas.