¿Quién fue la primera persona que tuvo la gran idea de escribir un diario? Tal vez fue alguien que se sentía muy solo y no tenía a quién contarle lo que pasaba en sus días más humanos, o tal vez alguien muy egocéntrico que creía que su vida era la más genial e interesante de todas, o tal vez alguien que tenía problemas de memoria y necesitaba registrar cada uno de los días hasta su muerte o hasta que olvidara también que escribía un diario. En fin, que la escritura del diario parece ser algo completamente humano, que a veces sirve de terapia o como un ejercicio para reflexionar al final del día sobre tus acciones. Un ejercicio bastante íntimo, una especie de secreto y al mismo tiempo revelación, sin las intenciones de ser leído y escuchado más que por sí mismos.

Escribir un diario es una manera de significar nuestros días y de buscar cierta trascendencia en ellos. Como todo ejercicio de escritura en general, requiere de disciplina y concentración, además de perder el miedo al rememorar todos los sentimientos y pensamientos por los que pasamos en menos de 24 horas. Supongo que escribir un diario no es algo para todos, pues si bien todos lo podemos empezar, puede que no lo continuamos y tal vez es por la falta de sentido que nuestras vidas tienen. A manera de anécdota, recuerdo que la primera vez que intenté escribir mi diario lo único que decía era: “Querido diario: hoy fui a la escuela”. Tal vez, en eso entonces, mi vida no era más que eso, o yo no quería ver más allá de eso.

A pesar de que el diario se supone que no debe ser leído, hemos pecado y hemos leído los secretos y confesiones más profundas de muchos, como aquellos diarios que incluso hoy en día son parte de la literatura universal: los diarios de las cortesanas de la época Heian japonesa (794-1185), como el de Izumi Shikibu o el de Murasaki Shikibu; el de Ana Frank, que registró todo lo acontecido desde 1942 hasta 1944 durante la Segunda Guerra Mundial; los de Kafka, los de Pizarnik, los de Anaïs Nin… En fin, que incluso en la intimidad más personal podemos encontrar grandes obras literarias, pues pareciera que al final la vida no es más que literatura. También en la cultura popular nos han obligado a ser testigos de otros diarios, como con las películas Diario de una Pasión (2004) o El diario de la princesa (2001), y el diario que ha tenido más impacto en la juventud latinoamericana desde hace 20 años: el que escribió Beatriz Pinzón Solano.

“De nuevo la vida me dice que el amor no es para mí, que es un sentimiento que tengo que enterrar. Nadie me va a dar la oportunidad de demostrar cuánto puedo amar”.

Es gracioso cómo los escritores (que son personas reales) escriben su vida y la apreciamos como literatura, y personajes ficticios (que no son personas reales) escriben sus vidas ficticias, pero las sentimos muy cercanas a nosotros. Nosotros, esa es la palabra que sigue el hilo de la columna de hoy. ¿Cómo escribimos nosotros nuestros propios diarios? En la Segunda Guerra Mundial, e incluso en el tiempo de la Reina de Genovia, todavía no había este auge de las redes sociales (no cuenta Metroflog). Estas nos han orillado a registrar nuestro día a día sin darnos cuenta, por ejemplo, con Facebook y estas notificaciones de “Hace 5 años…” ¿Quién diría que lo que publicamos hace 5 años llegaría a tener una relevancia alguna para nuestro yo del presente? También en Instagram y sus historias, a veces uno siente que si no subes nada, ese día no tuvo relevancia o significado alguno para ti. Y realmente puede que sea así, que ese día haya sido el más insignificante pero como todo el tiempo estamos en busca de crear significados, cualquier cosa puede ser pertinente: una canción que represente tu estado sentimental actual, una salida espontánea con tus amigos, la película que viste por la tarde o el café que tomaste al desayunar. Pareciera que sin todos estos registros efímeros de momentos aún más efímeros, no existimos, y sólo la imagen y la palabra pueden llegar a salvarnos. De esa manera, nuestros diarios han pasado de ser totalmente escritos, a también ya ser construidos a partir de fotografías; de ser un secreto íntimo y privado a una noticia pública.

Bien lo dijo en algún momento Aristóteles: el ser humano es un ser social. Y tal vez esta frase ha sido parafraseada muchas veces, sacada de contexto otras tantas, y utilizada con fines académicos y pedantes para tener validez frente otros argumentos el resto de veces, pero las redes sociales sólo han llegado a rectificar sus palabras. Tal vez los diarios ya no son tan íntimos como solían serlo antes, tal vez ahora vivimos en una negación constante de nuestra individualidad y soledad que por eso nos esforzamos más en compartir y gritar que aquí estamos, que también vivimos y queremos socializarlo. Tal vez nuestros diarios ya no se centran en el pasado, sino que los escribimos pensando en el futuro, para voltear al ayer y crear esa sensación de que tal vez todo era mejor o que tal vez “hemos progresado”.

La columna de hoy no la he empezado con preguntas, pero sí quiero cerrarla con ellas. ¿Cómo queremos recordar nuestras vidas y de qué forma vamos a darles significado? ¿Registrando todo lo que nos pasa nos ayudará a encontrar algo? ¿Y es mejor callarlo para nosotros o gritarlo para los demás? Sea de la manera de que sea, nuestros días estarán rodeados de palabras y fotografías, y eso es inevitable, y es gracias a ellas y a su registro, personal o público, que podemos encontrar significados que pasaron desapercibidos en algún momento.