Estoy total y absolutamente seguro que Dios no sería homofóbico. Prefiero ir al infierno antes que ir a un cielo homofóbico – Desmond Tutu.

Esas fueron las palabras del Premio Nobel de la Paz, Desmond Mpilo Tutu, ante la noticia del sacerdote africano que prohibió a un devoto homosexual ser padrino de bautizo de su sobrino por el hecho de «vivir en el pecado». Y es que la situación de la comunidad LGBT+ en África ha sido en extremo precaria en el último siglo, pues ha predominado una actitud homofóbica a lo largo de todo el continente: a junio del 2020, tan sólo 21 de los 54 países que lo integran habían despenalizado la homosexualidad,[1] mientras que los restantes contemplaban desde la condena de 10 años en prisión hasta la pena de muerte. En realidad, dicha persecución se ha agravado con el establecimiento de regímenes totalitarios en la región que, aunado a su fervor religioso, suelen justificar su actuar bajo el argumento de que ‘la práctica no es africana, sino costumbre de blancos’. Para Trifonia Melibea Obono, escritora, politóloga e investigadora en temas de género de Guinea Ecuatorial, país del África Central, este discurso constituye una excusa procedente de gobiernos tiránicos que no quieren resolver problemáticas sociales que evidencien la escasa legitimidad de su autoritarismo. Por tanto, sentencia: “la homosexualidad en África no la trajeron los blancos, la homofobia tampoco”, aunque si bien es cierto su veda política se decretó durante la época colonial. Ahora, a pesar de que existen casos indignantes como, por ejemplo, el de Roger Mbede (activista camerunés encarcelado en 2011 por enviar el siguiente mensaje de texto directo a otro hombre: “estoy muy enamorado de ti”), no deseo abordar en esta entrada únicamente las cuestiones negativas del asunto. En su lugar, intento (con todas mis limitaciones) señalar algunos logros que el colectivo ha alcanzado principalmente en el campo de las letras de este siglo, ya que resulta imprescindible escuchar a un sector que ha sido silenciado por siglos y que nos refleja en sus obras la heterogeneidad y la diversidad sexual que han caracterizado a la humanidad desde sus inicios. Como ya criticó el sudafricano Desmond Tutu: “un padre que le enseña a su hijo que sólo hay una orientación sexual y que cualquier otra cosa es maligna, niega nuestra humanidad y la suya también”.

En definitiva, la resistencia de dicha comunidad existe y apenas está siendo visibilizada en toda África. Sin embargo, antes de pasar a su situación actual me gustaría navegar brevemente por el pasado de estas tierras. ¿Sabían, por ejemplo, que la primera representación de una pareja homosexual proviene del continente? Pues sí, la primera pareja homosexual retratada de la historia es africana. La imagen en cuestión, protagonizada por Niankhkhnum y Khnumhotep, adorna la pared de una mastaba (cámara funeraria subterránea) de la ciudad de Saqqara, necrópolis y yacimiento arqueológico del Antiguo Egipto que data de hace 4, 000 años. De hecho, si bien se le han propuesto otras interpretaciones,[2] hasta el momento la más aceptada entre la comunidad académica es la relacionada con una lectura homosexual. Estas dos figuras fueron, en su tiempo, sirvientes reales del faraón Nyuserra de la quinta dinastía egipcia y, en la imagen descubierta por casualidad en 1964, se les muestra juntando sus narices en una actitud que manifiesta confianza y afecto. Este mutuo roce, sutil, era la máxima expresión de intimidad en el arte egipcio de la época y ha dado pie a nuevos debates sobre la orientación sexual de los encargados de oficios relacionados con la estética real (manicuros, peluqueros, etc.) en la Antigüedad. En dicha línea también se ha señalado, como prueba más de esta interpretación, una relación lingüística entre sus nombres, los cuales aparecen formando un sólo jeroglífico a la entrada de la tumba: por separado, Niankhkhnum significa “unido a la vida” y Khnumhotep “unido al estado bendito de la muerte”; combinados en un único jeroglífico ambos se leen “unidos en la vida y en la muerte”. De esta manera, se demuestra cómo las distintas orientaciones sexuales han estado presentes desde el surgimiento de las primeras civilizaciones del continente.

Niankhkhnum y Khnumhotep en una mastaba de la ciudad de Saqqara.

Ahora bien, en el campo de las letras de este siglo han emergido un gran número de escritores africanos que buscan en sus obras dar visibilidad al colectivo LGBT+ del que forman parte. Uno de los primeros en hacer pública su orientación sexual fue Binyavanga Wainaina, escritor keniano ganador del Premio Caine de Literatura en 2002 por su relato “Discovering Home” en donde critica la manera en que el periodismo extranjero y las organizaciones internacionales hablan sobre África (un tema que lo obsesionará toda la vida). Aunado a ello, su activismo en esta comunidad inició en 2014 con la publicación de un ‘capítulo perdido’ de su último libro. El título revelador de este apartado, “I am a homosexual, mum” ‘Mamá soy homosexual’, salió a la luz justo en la encrucijada de los debates sobre la aprobada ley anti-homosexual de Uganda y Nigeria; sin olvidar que en Kenia, su país de origen, la práctica es considerada delito y acarrea condenas de hasta 14 años en prisión. Por ende, las palabras con las que abre su texto, dirigidas a una madre muerta años antes, resultan desgarradoras: “Nadie, nadie jamás en vida ha oído esto. Nunca. No confié en ti, mamá”. De hecho, el libro completo, Un día escribiré sobre este lugar (2011), constituye sus memorias y nos presenta, además, sus espacios íntimos, su tierra. A pesar de esa inesperada muerte (pues falleció, lamentablemente, de un derrame cerebral antes de huir a Sudáfrica para casarse con su entonces pareja), su producción literaria es un referente para el colectivo LGBT+ africano porque secunda su reclamo por una mayor protección ante la violencia homofóbica que arrasa el continente. El propio Wainaina confesó al respecto en una entrevista de 2014 para el periódico El País que, tras su declaración pública, en cierto sentido sintió que se había convertido por primera vez en un ciudadano político real.

Otro referente dentro de la literatura LGBT+ africana es la ya mencionada Trifonia Melibea Obono, quien desde 2015 se dio a conocer tras la publicación de su relato corto “La negra” en la antología Voces femeninas de Guinea Ecuatorial. En los últimos años se ha perfilado como una de las voces más potentes de su país a causa de las fuertes críticas que realiza al sistema político-social establecido. Declarada abiertamente feminista y bisexual, su producción literaria (compuesta por títulos como La albina del dinero, Herencia de bindendee y La Bastarda) es una cruda representación de los estereotipos de género, la cosificación de niñas y mujeres en el continente y las actuales relaciones poscoloniales entre Guinea Ecuatorial y España. En tal sentido, uno de los temas que más aborda es la opresión que su colectivo enfrenta en todo el país. En sus propias palabras: “la homosexualidad está castigada en Guinea Ecuatorial por las tradiciones étnicas. La ley guarda silencio: ni condena la diversidad sexoafectiva, ni penaliza la homofobia. La población LGBT+ guineana no es ciudadana. El estado nos tiene en manos de nadie”. Su último libro publicado en febrero del año pasado, Yo no quería ser madre. Vidas forzadas de mujeres fuera de la norma, reúne la historia de mujeres lesbianas y bisexuales de Guinea Ecuatorial que son obligadas a parir contra su voluntad al ser víctimas de violencia intrafamiliar, violaciones e, incluso, debido a la presión social y el riesgo que representa el ser descubierta su verdadera orientación sexual. De esta manera, su obra permite un acercamiento no sólo al contexto social de Guinea Ecuatorial, sino también un vistazo a la intimidad de los fangs, la etnia mayoritaria del país a la que Obono pertenece.

Finalmente, quise detenerme en un cuento de Beatrice Lamwaka. Primero, por el espacio (no deseo que mi columna sea insoportablemente larga); segundo, porque el país de procedencia de la autora, Uganda, es uno de los más homofóbicos del continente. Desde hace años se han propuesto en el país leyes que introducirían la pena de muerte para las personas homosexuales, al modo de Sudán y Somalia (la más famosa fue el proyecto de ley “mata a los homosexuales”; en inglés, “Kill the Gays Bill” de 2009). La situación es tal que hasta la Directora de Amnistía Internacional para África Oriental, Joan Nyanyuki, sentenció en 2019: “es indignante que, en lugar de tomar medidas urgentes para despenalizar las relaciones homosexuales, el gobierno ugandés quiera que se ejecute a las personas homosexuales”. En dicho marco, la publicación del relato corto “El señor de la casa” de Lamwaka, incluido en la Antología Los deseos afines de 2014 (que aborda lo que supone ser queer en diferentes países del continente) es, de hecho, una muestra más de la resistencia, fortaleza y rebeldía de este colectivo. Beatrice, Secretaria General de la Asociación de Escritoras de Uganda (FEMRITE), nos transporta en su narración al pueblo de Alokolum, de donde es originaria, para compartirnos la historia de Lugul, hombre homosexual que llegó a la localidad muchos años atrás, antes de que el poblado se convirtiera en destino de miles de desplazados a causa de la guerra de Independencia de Uganda en 1962.

Esta historia es sobre ti, Lugul. Voy a contarla porque creo que merece ser escuchada. Mucha gente habló sobre ti, pero dejaron que tu historia se quedara enterrada con los muertos. La tuya no es la clase de historia que se narra junto al fuego y pasa de generación en generación.


Lamwaka, Cuento “El señor de la casa”, p.19.

En realidad, lo que distingue al personaje no es la exageración de ciertas actitudes y atributos considerados tradicionalmente femeninos en Occidente, sino más bien el hecho de que Lugul se encargue de actividades destinadas para las mujeres de forma única e irrevocable en África; entre ellas, la recolección de leña para el fuego y el transporte de agua. “Mi padre decía que los niños no debían acercarse a ti porque querrías enseñarles a cocinar, y que no sabías que por acercarte al fuego de la cocina se te quemaba el pene. Pero dijeran lo que dijeran, nada te impedía hacer aquello que más te gustaba” (p.21). Así, desde un inicio la autora cuenta que los pobladores solían llamar a Lugul de diversas maneras, todas ellas para diferenciarlo de los demás jóvenes: “algunos decían «Lugul es lapoya», un enfermo. Otros afirmaban que estabas poseído por los cen, los espíritus” (p.20). De este modo, resulta interesante cómo una pequeña Lamwaka, la narradora del cuento, comienza a cuestionar roles de género impuestos de los que se hace consciente a partir de la figura de Lugul. Por ejemplo, la niña empieza a preguntarse por qué el simple hecho de decir apwoyo (un tipo de agradecimiento) al momento en que una mujer te sirve la comida en la mesa no es considerado varonil por los hombres del pueblo (ya que éstos suelen burlarse de Lugul por hacerlo). Dichos debates internos la llevarán a reflexionar sobre en qué consiste la masculinidad, duda para la que no tiene respuesta:

Algunos decían que Regina no tenía escrúpulos y que pronto te haría un hombre. Otros decían que aunque tenías pene eso no era suficiente para convertirte en hombre. Nunca entendí lo que significaba aquello. Todavía hoy me pregunto qué significa.


Lamwaka, Cuento “El señor de la casa”, p.21.

Por su parte, otro logro de la comunidad LGBT+ en Uganda es la publicación de la primera revista queer del país, Bombastic Magazine, cuyo número inicial vio la luz a finales del 2014. Es impulsada por Kasha Jacqueline Nabagesera, activista, fundadora y directora ejecutiva de la organización Freedom and Roam Uganda, un grupo de defensa de la comunidad LGBT+ (y el único abiertamente lésbico del país). Por si quieren darle un vistazo al primer número de Bombastic Magazine.

Por último, quiero compartirles dos fotografías que me parecieron la mejor manera de cerrar esta entrada. Como he señalado innumerables veces a lo largo de mi columna, la homosexualidad en África está penalizada y conlleva un sin fin de peligros. Sin embargo, a pesar de todos los riesgos que representa, la comunidad resiste y lucha. Esa es justamente la imagen que quiero evocar. Por tanto, les traigo una muestra del trabajo de Eric Gyamfi (1990), fotógrafo ganador del Premio Foam Paul Huf (otorgado anualmente a un talento fotográfico menor de 35 años que fomenta el desarrollo artístico en este campo) en 2019. Ambas instantáneas pertenecen a su serie Just Like Us (2016), cuyo propósito es documentar la vida en las comunidades queer de Ghana, país de origen de Gyamfi, donde relaciones distintas a la heterosexual son ilegales. La primera, titulada Nana, Razak and Nana’s nephew clean in the morning, presenta a Nana (a la izquierda), un chef, y a Razak (a la derecha), un músico, que han vivido juntos cerca de dos años. La segunda, Shana and Ama at lunch, nos muestra a una joven pareja desayunando, ambas voluntarias en programas de ayuda a niños con diversas discapacidades de aprendizaje. Como puede apreciarse, dichas fotografías no se centran en la sexualidad de sus sujetos, sino en su intimidad, en la cotidianidad de su vínculo.

Nana, Razak and Nana’s nephew clean in the morning de Eric Gyamfi (2016).

Shana and Ama at lunch de Eric Gyamfi (2016).

Para conocer otras fotografías que integran la serie Just Like Us de Gyamfi.


Bibliografía

Amnistía Internacional. (11 de octubre del 2019). Uganda: el Parlamento debe rechazar el proyecto de ley que castiga las relaciones sexuales homosexuales con pena de muerte.

El Orden Mundial en el Siglo XXI. (21 de octubre del 2020). La protección del colectivo LGTB en el mundo.

Estapé, L. (8 de mayo del 2020). Los manicuros del faraón o la negación de la evidencia. El Obrero.

Iglesias, A. (19 de febrero del 2020). Embarazadas a la fuerza como remedio contra la homosexualidad. El País.

Lamwaka, B. (2014). El señor de la casa. En Hatchuel, M, et al (Eds.), Los deseos afines (pp.16-25). Editorial Dos Bigotes.

Murias, C. (2 de julio del 2018). «La homosexualidad en África no la trajeron los blancos, la homofobia tampoco». Pikara.

Parellada, G. (23 de mayo del 2019). Muere Binyavanga Wainaina, la pluma lúcida de la sensatez. El País.

Rojas, A. (11 de junio del 2019). La justicia de Botsuana despenaliza las relaciones entre homosexuales. El Mundo.

Solés, G. (31 de marzo del 2014). “Al salir del armario me he convertido en un ciudadano real”. El País.


[1] Algunos de los países africanos que han despenalizado la homosexualidad son Angola, Sudáfrica, Mozambique, Gabón, Botsuana y la República de Seychelles.

[2] Se ha propuesto también que ambos personajes pueden ser hermanos, incluso gemelos, aunque esta interpretación ha perdido fuerza debido a que en la cámara funeraria no se representan mujeres, ni se hace referencia a otras posibles parejas de los implicados.