La muerte de un ser querido siempre es un proceso difícil, el día de hoy Zulema Holguín Sánchez nos comparte desde Chihuahua un conmovedor cuento.

Ese día lo supe. Me acerqué nervioso y con el mismo miedo de siempre; había empezado semanas atrás, cuando él enfermó. Los días tórridos eran abrumadores, sobre todo porque antes de la noticia no teníamos la noción del tiempo tan presente, como todo, supongo, el hecho de creer que las cosas seguirán de la misma forma te hace vivir en una especie de letargo.

Eran las cinco de la madrugada, y ese viernes, por fin, después de tantas noches en vela pude dormir un poco, fue tan profundo el sueño que después pagué el precio; el del alma, porque papá murió y no tuve tiempo de despedirme.

Me acerqué a su cama, la cobija cubría parte de su cuerpo. El miedo se sumó a mi nerviosismo y a la torpeza que se desprendía de ese malestar; no era algo que pudiera controlar. Los sentimientos son como los genes: no importa si los quieres o no, simplemente suceden.

Estaba a pasos de la cama. A través de la ventana pude ver como el agua se evaporizaba tras la lluvia y la puesta de sol, por un instante mis ojos se cegaron por la luz y al voltear pude apreciar con claridad la obstinada frente de mi padre. Estaba inerte, con los labios aperlados y los ojos cerrados, parecía que dormía, al menos en ese momento imaginé que lo hacía. Luego lloroso murmuré:

—Papá, está fresco afuera —dije con la esperanza de escuchar su voz, y al no recibir respuesta experimenté un indigno desaliento.

—Papá, llovió —repetí sollozando mientras pensaba en que la vida es un sutil contrario: algo paradójico con lo que convivimos a diario, y algo que no logramos aceptar con total serenidad. La influencia de la muerte está presente en todo ser vivo, cuando nos alcanza nos vemos obligados arrojar un cuerpo a un hoyo húmedo o seco. Y el deterioro del cuerpo nos recordará que la vida es una frágil inconsistencia: somos frágiles, y a veces más fuertes. Magnífico u horrendo destino que con sus altibajos es capaz de glorificar o condenar un ser a su incontrolable reburujo.

Papá no contestó y ahogado en llanto decidí acercarme. Lo vi, ahí, con el cuerpo débil, tan débil que no podía levantarse o articular palabra. Tan frágil que necesitaba reparar el sueño y después de ello tendría la oportunidad, como siempre, de hablar con él. Papá era fuerte, una persona respetable y hasta cierto punto temible, por esa razón no podía aceptar que ya no estaría más con nosotros.

Papá enfermó meses atrás; no de cáncer, ni de alguna enfermedad que pudiera estar relacionada con algo tangible que pudiera estar deteriorando su organismo. ¡No! Papá murió de un dolor agudo en el pecho, algo que al principio fue imperceptible, silencioso, pero que tuvo la fuerza suficiente para trastornar su deseo de vivir. Papá murió de hambre; no de la que nace en el estómago, sino de aquella que se esconde en el alma. Papá no supo a tiempo, que a veces, eso se cura con arte.

Empezó con una tristeza que parecía pasajera, después de la muerte de mamá. Mis ocho hermanos y yo, casados y con hijos supusimos que él, acostumbrado a la soledad, estaría bien solo. Pero la vecina comentó que tenía tiempo sin ver al viejo salir a la calle, o a la tiendita de la esquina, que era la que frecuentaba. Ya ni siquiera lo veían sentado en el balcón; observando las personas, el cielo o los pájaros como era su costumbre después del almuerzo.

Cuando lo visitaba, me contaba sus historias: de cómo encadenaba una ilusión con otra a través de lo que observaban sus ojos para aferrarse a algo que lo mantuviera con vida, pues a su edad ya no queda mucho por hacer, decía con sus ojos vidriosos mientras soltaba una carcajada para disfrazar un poco el amargo comentario.

Intenté llevarlo a casa, pero papá se aferró a su hogar, al testigo de sus vivencias imborrables, y claro está; a los recuerdos de mamá. Él nunca mostró sus sentimientos, y cuando murió mamá no lloró, sólo lanzó una mirada al féretro con un gesto que no se pudo comprender. Más tarde, sentados en la tierra recién removida me dijo:

—Es triste, saber que a uno no le tocará conocer, ni lamentar, ni llorar su propia muerte. Tu madre ya lo sabe, pero lo qué no sabe, es cuánto dolor deja su eterna ausencia, y eso, es más lamentable.

Después, las palabras de papá resonaron una y otra vez en mi mente, sobre todo el día en el que él murió; si papá estaba consciente del dolor que dejaba la partida de un ser amado, ¿por qué no nos evitó ese pesar? Supongo que la depresión fue más fuerte que su amor por nosotros, o al menos, creo que su dolor lo fue.

Recuerdo la mañana lluviosa en la que papá se fue con mamá. Para mí es un consuelo saber que quizá están juntos, pero a cambio dejaron un dolor profundo. Tan profundo que al principio parecía un campo incultivable, donde la alegría y la paz no podían brotar; era un paraje desértico que, con el paso de los años se pudo cuartear para que el sentimiento contrario pudiera filtrar de a poco su magia, restableciendo el equilibrio perdido, para seguir con mi vida, ahora incompleta, pero a fin de cuentas sé, que ya puedo avanzar.

Acerca de la autora

Zulema Holguín Sánchez. Originaria de Balleza, Chihuahua. Nació el 9 de agosto de 1992 y estudió la Licenciatura en Filosofía y Maestría en Educación Superior en la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACH). Ha publicado en revistas como: Perro negro de la calle y Lunáticas MX. Actualmente se encuentra ejerciendo como profesor cátedra en la Universidad Tecmilenio.