Muchas veces la realidad supera la ficción, el día de hoy Jhon Ánderson Cerón nos comparte desde Colombia un interesante cuento.

Muchos días después, frente a la pandemia del coronavirus, el profesor de inglés había de recordar aquella tarde remota en que el gobierno lo obligó a vivir en cuarentena.

San Agustín era entonces un poblado de tres mil casas de arena y cemento construidas a la orilla de una quebrada de aguas contaminadas que se precipitaban por un acueducto de piedras toscas y enormes como huevos de chulo. La pandemia era tan reciente que para entenderla había que ponerse tapabocas.

Todos los días por los meses de marzo, abril y mayo— un grupo de soldados y policías instalaban sus retenes a las afueras del pueblo, y con grande alboroto de megáfonos y comparendos anunciaban los nuevos decretos.

Primero anunciaron el aislamiento obligatorio. Un político corpulento, sin barba montaraz y manos de bondad, que se presentó con el nombre de «ingeniero», hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo denominaba covid–19. Fue de casa en casa y de vereda en vereda llevando consigo gel, tapabocas y mercados y todo el mundo se espantaba al ver que niños, ancianos y extranjeros podrían ser los primeros contagiados.

Los corazones de la gente crujían por la desesperación de ser infectados, y como locos se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de las ayudas mágicas del «ingeniero». “Los virus tienen vida propia —con decidido acento pregonaba el político—, todo es cuestión de despertarles el ánima”.

El profesor de inglés, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el avance de la ciencia y la magia, pensó que era posible servirse de aquel virus para desentrañar lo humano en el pueblo. El «ingeniero», que era un hombre sabio le previno, “para eso no sirve” —le dijo.

Pero en aquel tiempo el docente no creía en la sinceridad de políticos, así que cambió sus libros y todo su dinero por un centenar de covids–19.

Aldonza Uror, su mujer, que contaba con aquellos libros para fortalecer el desmedrado patrimonio cultural del municipio no consiguió disuadirlo: “muy pronto ha de sobrarnos salud hasta para desenterrar los muertos” —refunfuñaba el docente.

Durante varios días se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Contagió —uno a uno— a los habitantes del pueblo, e inclusive, lo mismo hizo con los extranjeros. Llevó consigo mil toxinas, y recitando en voz alta el conjuro de doña Tina, los contagió con su desgracia.

Lo único que logró crear fue una pandemia asociada a tos y estornudo cuyo sonido se semejaba a la resonancia hueca de un pulmón lleno de flemas.

El jueves volvió el «ingeniero»; esta vez llevaba más mercados y una vacuna del tamaño de un tambor, vacuna que exhibió como el último descubrimiento de los rusos y los gringos de Norte América.

Se sentó al lado de una contagiada, y con ella misma exhibió el poder de su antídoto. Mediante el pago de mil auxilios cada viruciado se vacunaba y milagrosamente se veía curado de su dolencia. “La ciencia ha eliminado las desgracias —pregonaba el político—, dentro de poco el hombre podrá librarse de la muerte sin siquiera ponerse tapabocas” —orgullosamente se decía.

El mesiánico político hizo una demostración pública de su gigantesco remedio; se puso un montón de covids en su lengua y gracias a su improvisado remedio logró arrebatarles la vida.

El profesor de inglés, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de su ingenua empresa, concibió la idea de jamás utilizar la vacuna como sinónimo de cura. El «ingeniero» otra vez intentó prevenirlo, pero terminó por aceptar su derrota.

Aldonza volvió a desesperarse de consternación, y gracias a su rabia dio por terminado tres años y medio de felicidad compartida al lado de su entrañable marido, y como digna mujer lo dejó errar con su equipaje de covids y locuras, lo dejó que por el tormento de cien días de soledad felizmente muriera… muriera de amor, de humillación y de covid-19.

Acerca del autor

Jhon Ánderson Cerón Apache, natural del municipio de San Agustín, departamento del Huila (Colombia), de vocación docente (Licenciado en Lenguas Modernas Inglés–Francés y Magíster en Ciencias de la Educación).

De formación literaria empírica y pulida, a través de los años, por experiencias vivenciales que han ido puliendo y creando un estilo propio de narración poética. Mi producción literaria se inspira en el amor como eje central del humano vivir.

Escritor de cuentos, poemas y novela, a su vez divulgador y gestor cultural del municipio de San Agustín (Huila).