En anteriores columnas he hablado sobre la representación y la literatura testimonial, sin embargo, hay un tema que pocas veces he tratado y que resulta de mucha importancia para entender las manifestaciones culturales en la literatura testimonial y en la representación de los otros, hablo de la contracultura.

Contracultura, antropología, etnografía y literatura son temas ligados que nos permiten tener un panorama de la construcción de la diversidad en México. La percepción de la diversidad en el país ha estado marcada por una experiencia colonial que mediante diferentes sistemas de dominio y de explotación hace que la cultura del colonizado sea vista como algo inferior.

En un principio la labor del antropólogo se vio marcada como el aparato que permitiría conocer la diversidad racial y cultural para poder homogeneizarla en una realidad mestiza. Sin embargo, esa diversidad está permeada por condiciones de violencia institucional, pobreza e injusticia y cuando el antropólogo da cuenta de ello se buscan todas las formas para invalidar su discurso. Andrés Medina Hernández, en su artículo La línea difusa: etnografía y literatura en la antropología mexicana, da como ejemplo de la desacreditación del discurso el libro Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. El libro mostraba las condiciones de pobreza en la que viven algunxs mexicanxs y la violencia sistémica bajo la que son sometidxs. Esto generó una discusión política que llevó al libro a ser cambiado de la sección de antropología a la de literatura, como si al convertirse en discurso literario perdiera toda credibilidad.

Hay otros casos como el de Fernando Benítez en Los indios de México donde se le celebra como un gran texto literario a pesar de que su discurso está “atravesado por el racismo, el romanticismo, la nota exótica y el plagio de textos etnográficos, así como por distorsiones amarillistas que manipulan aspectos específicos de las culturas indias” (28)

La literatura marca su carácter de aparato ideológico en esos aspectos. Mientras a unos les sirve para posicionarse como lxs intelectuales de buenas intenciones que visibilizan problemas sociales a través de los testimonios, para otrxs es una forma de desacreditar el discurso, lo literario no tiene valor como verdad dentro de lo social.

Uno puede pensar que aquello era una cuestión de la literatura de mediados del siglo XX ya que ahora tenemos novelas como Paradais y Temporada de huracanes de Fernanda Melchor o Los niños perdidos de Valeria Luiselli en donde hay una verdadera representación y reclamo a las injusticias, pero estos libros nacen en la cuna de una propaganda editorial masiva en donde no hay una verdadera búsqueda por adentrase en la conciencia de los sujetxs que representan sino exotizarlos ante la mirada de otrxs y seguir contando una historia única: la de la marginalización y la pobreza. La historia única es muy peligrosa en ese sentido ya que sólo nos permite conocer una cara de lxs que son representados y si bien la literatura de mediados del siglo XX perpetuó esa historia no creo que sea necesario seguirla contando sin tener un verdadero panorama de la situación representada.  

Aquí entran las historias que nacen de la contracultura y la contracultura en sí misma. Mientras Octavio Paz en El laberinto de la soledad desacredita y condena la realidad de los pachucos al llamarlos inútiles, grotescos y que en ellos sólo existía la voluntad de no-ser. José Agustín argumenta en La contracultura en México que aquella visión sólo es producto de la mirada y “el desdén de aristócrata y mentalidad de maestro lasallista” (39). Sólo existía una percepción exterior, una mirada que sólo observa desde afuera. Se condena toda cultura que nace desde la periferia, cultura que surge del sujeto colonizado y que sólo es aceptada cuando el discurso institucional quiere que así sea.

Ulises Carrión en Lilia Prado Superestrella, a través de la exposición en Holanda de las películas de Amanda del Llano (actriz de películas producidas en México en la época de los 50), demuestra que el poder político impone los símbolos de una cultura en otra pero existe la posibilidad de manipular los medios de comunicación para contrarrestar los efectos del poder político. Es así que con esta exposición Carrión entiende que Amanda del Llano no es una actriz de segunda, en todo caso México sería un país de segunda, al igual que otros países subdesarrollados, por no poder posicionar su cultura a través de los medios de comunicación y el poder político.

La cultura es vista desde dos puntos: la institucionalizada y aquella que surge de la periferia (periferia también es un término que surge de lo institucional para desacreditar las diferentes expresiones). No se puede afirmar que exista una alta y baja cultura, quienes lo hacen tienen una visión muy sesgada y me atrevo a decir eurocentrista de la diversidad en su propio país. La cultura es todo el conjunto de expresiones que surgen en un lugar de acuerdo con las distintas realidades que experimentan lxs individuxs.

Es por eso que el término contracultura me resulta fascinante, José Agustín lo entiende como una forma de resistencia a la cultura dominante y mientras exista resistencia existe diversidad. No creo que sea posible homogeneizar la cultura, como en un principio lo busco la antropología, pero sí es posible resistir y existir.

Referencias

Agustín, José. La contracultura en México. México: DEBOLSILLO, 2017.

Carrión, Ulises. Lilia Prado Superestrella y otros chismes. México: Tumbona Ediciones, 2014.

Medina, Andrés. La línea difusa: etnografía y literatura en la antropología mexicana. México: UNAM, 2007.