La literatura tiene el poder de crear interesantes escenarios con lo más cotidiano, el día de hoy Victor M. Campos nos escribe un interesante cuento desde CDMX.

A la abuela Esperanza

Dos jicarazos de agua tibia. Así comienzas. Se te enchina la piel mientras deslizas el jabón entre los cabellos ralos. La espuma, indecisa, al fin levanta. Esa sensación del cabello enjabonado entre los dedos te gusta pero no te das cuenta. Estás muy metido en tu cabeza. Tratas de recordar cuándo fue la última vez que te bañaste a jicarazos. En casa de tu abuela, aunque había regadera, estaba prohibido usarla. No quedaba más remedio que llenar el lavabo y bañarte con una jícara. Crees que ha pasado mucho tiempo desde entonces. Un poco de jabón te escurre por la frente y se mete en tu ojo derecho. El ardor te arde y sueltas un par de groserías. Te inclinas sobre la cubeta de veinte litros, tanteas el borde y metes las manos; te enjuagas la cara. Tu frente ha ido ganando terreno. Mucho, quizás. El nacimiento del cabello cada vez está más lejos de la línea original. Y es precisamente ahí, en esa línea ahora difusa, donde la espuma del jabón se entristece por no poder dejarte ciego otra vez.

¿Te acuerdas del día en que desobedeciste a tu abuela? La regadera no, te dijo, pero no le hiciste caso. Abriste las llaves y de golpe se te vino encima un chorro de agua que muy pronto empezó a bufar de tan caliente. Diste un salto hacia atrás y luego ya no hallaste la forma de cerrarle. No tuviste la oportunidad de aprender los giros o medios giros necesarios para hacer que el agua saliera tibia. La abuela, mandando a volar el alambrito que cerraba la puerta del baño, se te echó encima como chorro de agua hirviendo y te soltó un sermón de aquéllos.

La piel chinita te trae de vuelta.

Te tallas el cuello, los hombros y el pecho; la barriga y los brazos. De la espalda sólo alcanzas a tallarte la parte baja, allá por los riñones, antes de que la espuma se corte. Es necesario que enjuagues el estropajo así que de nueva cuenta tanteas hasta hallar la cubeta. Del interior, sacas agua con la jícara; con la otra mano buscas el depósito de la taza. Encima pones la jícara y agarras el estropajo que está sobre tu pie derecho: lo agarras y lo hundes, una y otra vez. Encuentras el jabón en donde siempre está el jabón: te agachas, con dificultad, y lo recoges del suelo. Te truenan las rodillas.

Recuerdas que vivir en las faldas de un cerro era subir y bajar calles bien empinadas y que tú lo hacías sin que tus rodillas se quejaran. El agua tampoco se quejaba: simplemente no le daba la gana subir. Entonces había que aguantar a la abuela de peor humor, mirar cómo tomaba el teléfono y a gritos pedía la pipa. Pero no todo estaba tan mal: también podías mirar las piernas de las vecinas que andaban en shorts acarreando el agua; mirar cómo se iban juntando los tambos y las cubetas afuera de la casa hasta que la manguerota, uno a una, los desparramaba. La pipa subía a vuelta de rueda. Parecía que nunca iba llegar. Disfrutabas imaginando que algún día la pipa no podría, que se iría para atrás y se estrellaría en alguna casa. El agua derramada convertiría la calle en un inmenso tobogán por el que podrías bajar, a toda velocidad, sentado en el agujero de una llanta. En aquellos tiempos te venían a la cabeza mil maneras de vivir la vida. Hoy sólo tienes recuerdos, dolor de rodillas y esa nata comiéndose tus ojos.

Deslizas una mano enjabonada entre las nalgas. Luego le llega el turno a las ingles, a tus güevos, al pene. El estropajo talla tus muslos y rodillas; te tallas los tobillos y, con dificultad, te estiras pero no alcanzas los pies. Igual que a tu abuela, unas cosas asquerosas te han salido en las uñas de los pies. Son hongos. Pero la imagen que tú tenías de ellos era otra: coloridos, de gran cabeza y tallo estilizado que había en tu videojuego favorito. Un plomero bigotón se comía esos hongos y ganaba fuerza y tamaño. No se le pudrían las uñas de los pies. Para ti la vida es un juego que desde hace mucho ya no quieres jugar. Aquí no hay superpoderes, princesas que te esperen en algún castillo, ni hongos de colores que te den fuerzas para seguir.

Lo que hay es bañarse con lentitud, tantear el espacio para hallar los objetos, recordar el tiempo en que el mundo tenía agua limpia y muchos colores. Lo que hay es esa cubeta con agua a punto de morir. Cinco, seis, ocho jicarazos y ya te has enjuagado. Giras la cabeza a tu alrededor y por más que buscas no ves la toalla ni ves nada. Descubres que el grano de luz que te quedaba se ha ido por la coladera. Puta madre, dices entre dientes. Tu cuerpo suelta vapor y aroma a flores marchitas.

Puta madre, dices otra vez.

*Gastón Bachelard

Acerca del autor

Victor M. Campos nació en la CDMX en 1976, es Licenciado en Docencia del Arte, por la UAQ, con un pie en la maestría en Intervención social, Cultura y Sociedad. Cuentista publicado por el Fondo Editorial de Querétaro en 2005 y 2006; y por un bonche de revistas electrónicas más. Imparte talleres de escritura y es parte del Colectivo Punto Ciego que desarrolla proyectos de investigación a propósito de la discapacidad visual.