En columnas anteriores he tocado temas sobre la representación de las identidades periféricas. En esta columna quiero apartarme un poco de esos temas y con el motivo del día del libro, celebrado el viernes pasado, quiero hablarles un poco de aquellos libros que, de alguna u otra forma, han cambiado mi forma de ver el mundo.

Federico García Lorca, en un discurso que dicta en septiembre de 1931 con motivo de inaugurar la biblioteca de su pueblo, dice: “Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro.”[1] Y hay una gran verdad escondida en esas palabras, alimentar no sólo el cuerpo sino también el espíritu. ¿Cuántos no hemos leído un libro e inmediatamente después de terminarlo sentimos una gran satisfacción por las nuevas perspectivas que hemos adquirido? En mí caso me ha ocurrido muchas veces, pero también ha sucedido lo contrario, me lleno de tristeza, los libros me han roto. Esos dos sentimientos son buenos, significa que no somos indiferentes a las sensibilidades de otros. Cada libro, canción, película o serie que disfrutamos se queda con una parte de nosotros. No concibo un mundo en el que no haya productos culturales que toquen lo más profundo de nuestro de ser.

Por eso decidí enfocar mi columna en este tema, porque parece que siempre hablo de todo lo que no me gusta de la literatura, del marketing y de las editoriales, sin embargo, pese a lo que se crea, me considero un amante de la literatura. Las letras me acompañaron cuando más solo me sentía, cuando esperaba a mi madre a que saliera de sus cursos y cuando me costaba hacer amigos. Aún recuerdo el primer libro que leí: Alicia en el país de las maravillas.

Alicia es un libro que me ha acompañado toda la vida. En cada etapa de mi vida que lo leo, hay una nueva lectura; el libro no es el mismo porque yo no soy el mismo. En la primaria me parecía un libro muy raro y creo que uno de los capítulos con los que más me identificaba era el de la caída por la madriguera. En el capítulo Alicia olvida que está cayendo por un agujero que parece no tener fin y comienza a pensar en nimiedades como la latitud y la longitud. Hoy creo que eso en mí no ha cambiado, sigo distrayéndome con cualquier cosa.

Matilda es el segundo libro que me marco de una forma muy especial ya que fue mi primer acercamiento a los libros que inspiran películas. Yo era muy fanático de Matilda, la veía cada que la transmitían en el Canal 5 y cuando pasé a la primaria me encontré fascinado al descubrir que la película venía de un libro. Lo pedí prestado en la biblioteca, no aguantaba más el momento de llegar a mi casa y leerlo porque pensaba que tendría cosas que en la película no pasaron. Y así fue.

Recordar estos libros me pone a pensar en la dura situación que pasaba por aquellos años. Me gustaría abrazar al niño que fui y decirle que, aunque todo parezca estar mal, todo es pasajero. Que estaremos bien y que nunca deje de ser cómo es ni de hacer lo que le gusta. Siempre será reconfortante y doloroso mirar el pasado y darle un abrazo al momento más triste de nuestra alma.

Y así estuve bastante tiempo, entre libros y películas (que emociónate sería realizar este ejercicio, pero con las películas que más amo). Conocí distintos autores y en la secundaria leí El vampiro de la colonia Roma y Teleny, dos libros que abrirían mi conocimiento hacia el mundo de la literatura con personajes principales homosexuales. De este tipo de libros mi favorito y que leí mucho tiempo después, en la preparatoria, es Confesiones de una máscara de Yukio Mishima. Que les puedo decir de este libro, todo y nada. A la fecha sigue siendo uno de mis favoritos porque lo leí cuando me encontraba en una de las etapas más confusas: la de la aceptación de mi geidad. Luego ya no me importo lo que dijeran de mí, aunque todavía hay muchas máscaras que ir quitando poco a poco.

No quiero que esto parezca una historia de mi vida contada a través de los libros. Creo que una lectura que influyó mucho en lo que escribiría esta semana fue El infinito en un junco de Irene Vallejo. En el primer capítulo habla sobre como Alejandro Magno cargaba a todas partes con un tomo de la Iliada. Aquel libro era su mayor influencia, dormía con el y lo guardaba como el mayor tesoro porque muchas de sus actitudes eran tomadas directamente de los personajes de Homero. Entonces, esta semana he pensado mucho en como los libros han direccionado mi vida, como he tomado cada uno de ellos y he formado mi persona con base en lo que leía. Me di cuenta de que constantemente creo mundos de ficción, supongo que todos lo hacemos, con expectativas de como me gustaría que fuera mi vida: sí, la ficción ha sido mi mayor salvadora.

Y es por eso que me he identificado mucho con distintos personajes, algunos de ellos son: Alicia, la cual crea un mundo en su cabeza debido a que estaba aburrida esa tarde; Beatriz Pinzón Solano, la asistente de presidencia que constantemente tiene fantasías de lo que ella quiere realizar pero no se atreve; Selma de Dancer in the dark, una película que cada que veo siento que me asfixio como la protagonista en el momento de su ejecución.

No quiero hacer esta columna mucha más larga porque aún falta otra parte importante de la literatura en conjunción con mi vida: los libros que me llevaron a comprender la imposibilidad de representar las voces ajenas en el discurso.


[1] Discurso de García Lorca en el siguiente enlace: https://www.ersilias.com/discurso-de-federico-garcia-lorca-al-inaugurar-la-biblioteca-de-su-pueblo-fuente-vaqueros-granada-septiembre-1931/