Llegó a visitar la casa después de diez años de haberla abandonado. A gritos, se asomó a cada una de las habitaciones. Primero pasó por la de la abuela, pero solo dio con la enorme cruz que ella tanto había venerado en vida, tan pulcra como siempre. Después a la de Nana, la prima, que parecía más el recinto de una amargada académica que el reposo de una estudiante de preparatoria. La casa, en fin, estaba vacía. Pero, como si se tratase de un museo de cuyo recorrido se veía obligado a completar porque la entrada no fue nada barata, revisó, por no dejar, su habitación, que ya no era su habitación sino un cuarto de cachivaches polvorientos. Entonces pensó que habría encontrado sus cosas tal y como las dejó, intactas en honor al consuelo, de haber muerto antes de abandonarlos. Solo le faltaba la zotehuela.

Se dispuso a fumar sin nadie en casa, augurando que así no le observarían más tarde aquel nuevo vicio, si es que diez años ya no eran suficientes para considerarlo un hábito. De modo que fue a la zotehuela a comprobar, si acaso, aún guardaban la caja de cerillos dentro de los lavaderos. Allí, dicho de paso, a todos en casa les nació el gusto por fumar.

Comprobaría también si acaso, y para colmo, aún encontraría a las golondrinas. Y, en efecto, vio a una pareja de ellas llevando paja y lodo al mismo largo tubo, anexado a la misma esquina de la pared, y bajo el mismo tejado de lámina que vio nacer, alrededor de treinta años, a seis generaciones de aves. Por lo que, pese a que no se le daban bien los cálculos más rudimentarios, Ramón imaginó que la pareja debía ser tanto el vestigio de la sexta generación como el brote de la séptima.

Trataron de ahuyentarlas más de una vez de la casa; en ocasiones, la mayoría en realidad, sin éxito, pues la firmeza de los inusitados huéspedes lograba mermar la perseverancia de los caseros. La paja, y sobre todo el barro y la caca, resumían el conflicto: de no ser por la ropa tendida bajo el constante bombardeo de desechos, nadie se habría opuesto a la estancia de las golondrinas. Estas arribaron a la par que Ramón y los demás se mudaron a la casa. Él todavía era un niño cuando escuchó por primera vez a su entonces joven madre decir que las golondrinas eran el presagio de un venidero matrimonio; y cuando también la escuchó quejarse por primera vez del barro y la caca.

La idea de sacar la caja de cerillos por sí mismo lo emocionó; antaño, había recibido un manazo cada vez que lo encontraban husmeando en los lavaderos, temiendo a que el niño se quemara o, Dios no quiera, fumara a escondidas. Sin embargo, lo único que atraía la entera curiosidad del pequeño Ramón era el exterior de la cajita.

Gruñó tímidamente, como si el juicio de las golondrinas importara, cuando sintió un cartón húmedo y arrugado dentro de los lavaderos. Pero el pequeño paisaje del Popocatépetl, intacto en la portada de la caja, lo calmó. Aquellas ediciones desaparecieron apenas un año antes de que dejara la casa; de modo que era la primera de su tipo que veía en una década entera. Se contentó todavía más con los pocos cerillos que estaban en buenas condiciones. No obstante, el mal estado de la caja lo inquietó.

Pronto caería la lluvia y la noche; el frío, sin embargo, se adelantó, y las golondrinas se arrinconaban dulcemente sobre los pilares de lo que sería el próximo nido. Encendió el cigarro tras fracasar la fricción de los dos primeros cerillos contra la lija destartalada. Luego se sentó sobre un bote de pintura que volteó boca abajo, junto a los lavaderos, y despidió un tibio humo cuya voluta dirigió su mirada al tubo enmohecido que sudaba gracias al rocío aún persistente de la anterior llovizna. Alzó la mirada: las golondrinas gorjeaban.

A inicios de los noventa, priorizaron que la familia no se quedara en la calle. Bárbara, su madre, ingresó como profesora en la misma preparatoria que el tío Mario abandonó para trabajar en la central de abastos. La abuela cooperó regresando a las primarias a vender papas y chicharrines fritos con la ayuda de su antiquísimo triciclo de carga. Por último, vendieron los regalos de bodas, los muebles nuevos y, con la mano en el corazón, los cochecitos coleccionables que tanto celaba el difunto.

Bárbara, apoyándose en los últimos ahorros, luchó por no perder la casa que los dos habían comenzado a pagar recién casados, con el hijo en brazos, la familia dependiendo de ellos, y deudas que poco a poco olvidarían tras innumerables suspiros. Ante el posible arrepentimiento de los anteriores dueños, reunieron el dinero lo más pronto posible y resolvieron cancelar las remodelaciones del primer acuerdo. Entonces se mudaron a una casa en peores condiciones de la que dejaron. Pero era la casa que el difunto había escogido, y, más importante, suya.

Cuando clavaba la enorme cruz de madera en la habitación de la abuela, el tío Mario vio por la ventana a una golondrina trabajando, tres metros arriba y bajo un tejado de madera casi podrida, en un hueco sustentado por el blanquecino tubo que conducía la lluvia del techo a la coladera. Llamó a los demás y lo siguieron a la zotehuela para comprobar, si acaso, la casa aún podría ser hogareña. Una vez todos allí, otra golondrina, que llevaba varitas en las patas y lodo en el pico, se unió a la faena.

—Alguien aquí pronto se va a casar —dijo Bárbara sonriente y mirando a Mario.

Comenzó a atardecer. La abuela, cansada, se marchó a los rezos. Mario, ensimismado, vaciló entre la cólera y la intriga. Ramón, boquiabierto, bajó los ojos junto con la paja y las varitas sobrantes que descendían directo a los lavaderos. Bárbara, por otra parte, contempló al par de aves que brincaba a lo largo de la superficie del tubo. Después una de ellas danzó volando y aleteando en torno a la otra, que, sentada en el tubo y sacando el buche, le respondía a gorjeos. De pronto, y por primera vez en largos meses, Bárbara sollozó, pues aquella, la voladora, había partido perdiéndose entre las lejanas nubes coloradas.

Entonces la paja y las varitas aterrizaron colgándose de los lavaderos como una enredadera. Durante la distracción de mamá, bastó un empujón de Ramón para que se oyera un crujido y, acto seguido, se derrumbara la mitad del lavadero, dejando al descubierto una caja de cerillos, así como un par de cigarros, dentro de un rudimentario cajón de madera.

La caída del enorme ladrillo resonó en toda la casa. La abuela gritó hincada desde su habitación, a la par que Bárbara brincó del susto, pero no reaccionó, y a la par que Mario llevó al sobrino a sus brazos de un solo salto. Después de las caras verdes y pálidas, el llanto del niño y la madre y lo regaños, Bárbara sacó la caja de cerillos y un cigarro como si no hubiera un acto más natural y obvio que fumar en aquella situación.

Ese sería el recuerdo más lejano de Ramón.

Al final del primer mes, Mario contribuyó por primera vez a las remodelaciones —que Bárbara empezó, austeramente, la primera semana—: cambió el tejado de madera podrida por uno de sólida lámina, arregló los lavaderos y, de paso, reforzó y barnizó el cajón de los cerillos y los cigarros.

—Nomás le estás consintiendo el vicio a tu hermana —dijo la abuela mientras tendía la ropa en los tendederos recién instalados diagonalmente a lo largo de la zotehuela.

Bárbara y el niño contemplaban en cuclillas el ingenio del hermano y tío, que había impermeabilizado el cajón de los escurridizos lavaderos. Esto y el gorjeo de las golondrinas la arrullaron regresándole parte de la beatitud que creía perdida hacía meses. Tan bonito el cajón, tan bonito el niño, bonita abuela. Bonitas las golondrinas. Bonita vida.

Entonces un escupitajo de caca cayó en uno de sus pies; después, a grandes gotas, llovió barro en la ropa recién tendida. No es que ignoraran que los animales comen, cagan y viven sucios, pero solo entonces asociaron esto con sus golondrinas, que ya andaban, rechonchas, bajo el nuevo tejado de lámina.

—Estás arreglando la casa más para las golondrinas que para nosotras —le reprochó Bárbara entre risas a Mario.

Durante los primeros meses, la abuela le aconsejó a Bárbara que tuviera cuidado con el cigarro, que los niños aprenden rápido, que esos hábitos son pequeños vicios. Cierta mañana, Ramón despertó a los tres porque había oído más de un pío pío. Debido a que Bárbara creía que los pájaros celaban bastante a sus crías, no se acercaron mucho. Pero Mario divisó desde el umbral a los marcianitos sacando la cabeza del nido, y cargó al sobrino para que lo viera con sus propios ojos. Bárbara, que bajó adormilada y descalza a la zotehuela, sacó las cajas con cuidado de no asustar a las aves; pero, a la par que friccionó el cerillo, su pie se trastabilló con un bulto esponjoso y carnudo. Ramón gritó y ella dejó el cigarro en los lavaderos para relevar a Mario.

—Esas cosas pasan —le dijo con voz dulce al niño, y le pidió a Mario que enterrara el pájaro en el jardín. A pesar del terror, Ramón, intrigado por el inaudito suceso, acompañó a su tío. Bárbara regresó a fumar, y se hizo una vez más a la idea de asentir callada a las mismas advertencias de la abuela.

Pero al restregar el pie contra el lavadero, el recuerdo de las tiernas plumas incrustándose en su planta, huyendo del frío cuerpo que hizo crujir, se impuso en ella con cada jalón al cigarro. Luego miró a las golondrinas de arriba, tan campantes y gordas. Contra sus propios pronósticos, contestó dando un último y largo jalón al cigarro:

—Usted a lo suyo.

Desde entonces inició una constante hostilidad entre nuera y suegra. Pasaron de la triste pero armónica intimidad de huérfila-viuda a la agridulce cordialidad, de esta al odio tácito, que finalmente se rompió cuando Bárbara se refirió a ella como una carga.

La tarde del 31 de abril, escucharon un chillido de metales proveniente de la calle, al cual le prosiguió un peculiar hedor que inundó la casa. Aterrada, Bárbara pensó que un indigente los había invadido; pero una parte del hedor se hizo familiar anunciando que se trataba de la abuela. Bañada en salsas y pedazos de papas fritas y lagrimitas, la octogenaria arrastraba el antiquísimo triciclo destruido. Y sin abrir la boca, se encerró en la zotehuela pese a los ruegos de Bárbara, Mario y el niño por atender sus heridas. De modo que les dio la espalda y se pasó las próximas horas contemplando ensoñada a las golondrinas, que acicalaban a las crías ya emplumadas, a días de ser arrojadas para volar, hasta que el dolor de las rodillas la obligó a sentarse y recargarse contra los lavaderos.

Fumó, cigarro tras cigarro, el resto de la tarde. Y, sin previo aviso, sus cansados centinelas apenas pudieron seguir el veloz paso con que abrió la puerta de la zotehuela, caminó con el cigarro a mano hacia su habitación y se encerró a llenar la casa de humo y de rezos.

—Ya no se me permite regresar a las primarias —habló sin cuidado más tarde desde la habitación. No quiso explicar qué había ocurrido.

La abuela, eventualmente, reservó sus palabras a lo esencial: sí, no, con permiso, hola, adiós; también, de cuando en cuando, a rezos, plegarias y confesiones. Comía en la habitación, fumaba en la habitación y, más novedoso, dialogaba sola en la habitación. Al poco tiempo, Bárbara se arrepintió de su hostilidad. Y cuando de veras se volvió una carga, no le importó nada.

Para entonces la disputa con las golondrinas había empezado. Cierto día, pese a los reclamos de los compañeros, uno de los alumnos de Bárbara se apiadó de ella al final de clases: llevaba excremento en la espalda del saco.

Mario, a petición de su hermana, instaló un contenedor bajo el tubo del nido, para limpiarlo cada tres días, cual pericos australianos. Pero los deshechos crecieron a la par que las crías, y el artefacto, superado por el esfuerzo digestivo de las aves, amanecía tirado cada mañana. Reacomodaron los tendederos, se acostumbraron a lavar el patio tres veces al día, y Bárbara se exilió con los cigarros a la esquina contraria al nido. Exhausta de que el mismo alumno se apiadara de ella cada tres días, se cuestionó por fin tanto esfuerzo y sus motivos. ¿Por su propia superstición? ¿Por Mario? ¿O por el niño? Habría un poco de verdad en todo. Por no dejar, le pidió a Ramón, sumando algo de argumentos, algo de sentimentalismo, que la ayudara dejando partir a las aves.

Esa misma tarde, Ramón esperó a que la abuela terminara de fumar y cerrara la ventana de su habitación, por si la asustaba, o ella a él, cuando les pidió disculpas a las golondrinas de parte de mamá, del tío Mario y de la abuela. Así se pasó media hora, con un montón de aves, y eso por instinto, que apenas se percataban de su existencia. Por fin una de ellas abandonó el nido, dejando una fugaz sombra que lo dirigió a dos cajas de cerillos hasta entonces ignoradas en los lavaderos. De esta manera, Ramón descubrió jacarandas que trascendían cartón, fósforo y azufre; y una enorme iglesia barroca, admirada por diminutos pueblerinos que se paseaban en una calurosa plaza, donde la única sombra que los amparaba era la del inmenso pequeño ser que, a su vez, los admiraba boquiabierto.

A su modo, Ramón entendió porqué el tío había construido un compartimiento tan extraño. Entonces metió la mano en el lavadero pero, antes de que abriera el cajón, sufrió el primer manazo, jamás olvidado. Y no se le permitió más la zotehuela.

Días más tarde, previo al amanecer, Ramón se levantó de la cama y caminó de puntillas, como un ladrón, a ver la nueva caja de cerillos; cada cinco días Bárbara cambiaba la vieja por la nueva. Se escabulló entre la penumbra y el olor a mierda y a tierra mojada y a cigarros y a lavanda y a fa, tentó los lavaderos y sacó una caja húmeda y arrugada, y, con los primeros albores de la mañana, divisó una estatua griega y un tren revolucionario, sin embargo, deformes y cacarizos. De pronto, un débil suspiro, proveniente del cuarto de a lado, llegó a él. Entonces amaneció.

La funeraria se llevó a la abuela tres horas más tarde. Mario, forzosamente, se encargó del papeleo y, forzosamente, prepararía la casa para el velorio. Bárbara, por otra parte, se sentó durante todo el día con Ramón en la cama de la abuela, en medio de los muebles viejos y del calor aún persistente en los zarapes, las sábanas y los cojines; ambos abrazados bajo la sombra de la enorme cruz de madera. Agudizada su memoria por la esencia a tabaco, Ramón reflexionó sobre los gritos y el llanto, y el cálido albor que le reveló el nido abandonado.

—Moncho —dijo una niña—, ¿a qué hora regresan papá y la tía?

—No lo sé, Nana. Puede que hasta noche.

Nana se mecía en la silla de la abuela. La humedad de los muebles viejos agradaba a su cosquilluda nariz; y, con la ayuda del tufo innato de las paredes y el par de palos pegados, tan grandes como ella, descifraba a la mujer que apenas conocía por esporádicas anécdotas, o fotos. ¿Cómo esa mujer, blanca y negra y parda y a veces de colores, tan elegante y de otro mundo, se relacionaba con ella? Lo meditaba balanceándose en la silla. Luego volvió a su lectura; cambió de página y reanudó la conversación con su primo.

—¿Por qué se la viven todos los días en la calle?

—Están viendo lo del último pago de la casa —respondió Ramón.

—Pero si esta casa es nuestra.

—No esta, boba. A la que se van tú y tu papá.

Nana frunció las cejas y cambió de página. Entonces dijo:

—Pero yo no me quiero ir —comentó la niña.

—Pero no te vas —aclaró Ramón—: cinco minutos y estás de vuelta en la silla de la abuela.

Nana se rio y volvió a cambiar de página. Entonces preguntó:

—¿Y las golondrinas? ¿Me llevo todas, o mita y mata, Moncho?

—Te las regalo —contestó Ramón.

Las golondrinas regresaron al tubo a casi un año del deceso de la abuela. Ramón creía que eran las crías de las anteriores; Bárbara no. Fueran quienes fueran, los hermanos acordaron llenar el hueco con largos ladrillos de unicel, los cuales, pese a las expectativas de Bárbara, funcionaron, pues las golondrinas abandonaron el tubo, desconcertadas ante el artefacto que se interponía entre ellas y su ciclo de vida.

Bolita por bolita, los pajarracos lograron hacer otro hueco en el unicel a lo largo de dos meses, y aun tuvieron el ingenio de utilizar el resto como base del próximo nido. Se rindieron con esa generación. La siguiente a esa, recurrieron a los golpes, pero se arrepintieron en cuanto vieron cuán efectivo era el método. Mario conoció a la mamá de Nana poco después. Y cuando Ramón preguntó qué harían con la siguiente generación de golondrinas, Bárbara dijo que dejarían en paz a las pobrecillas.

Los hermanos, en efecto, regresaron a casa en plena noche. Nana corrió y saltó hacia papá, y le preguntó si se llevarían a las golondrinas con ellos. Mario le contestó riendo: «Todavía es muy pronto, Nana». Él y la niña se marcharían la siguiente semana. La siguiente a esa, Ramón se graduaría de la universidad. Y luego quién sabe.

Mario hizo gestos y, en seguida, chupó un limón bañado en sal. Ramón, por no dejar, imitó los gestos del tío, y chupó otro limón. Bárbara no tardó en colorarse, y chupó otro limón. Nana los miraba confundida desde la habitación de la abuela; bostezó y cambió de página.

—Insisto en que es muy pronto, Mario —reprochó Bárbara con una voz trémula y aguardientoza, pese a que solo había pasado un minuto desde que dejó el vaso tequilero. Tosió, y luego continuó—: Está peor de lo que estaba esta casa cuando nos mudamos. Además, tú y Nana tienen sus habitaciones aquí. Y si te preocupa ella…

—No es eso —interrumpió Mario—. La casa ya está pagada, y en unos días instalarán la electricidad. Sé que no es mucho, pero es nuestro. Y mientras más rápido nos mudemos los tres, solo será cuestión de tiempo para que estemos bien instalados.

—No, sí es eso —contradijo Bárbara—. Ella no pertenece aquí. No me mal entiendas: quiero que pertenezca aquí. Sabe que esta casa es tuya, y por lo mismo de ella, pero parece un fantasma entre nosotros. Dime, ¿por qué solo Nana y tú están aquí?, ¿en dónde está ahora?… Y para acabar, no se lleva bien con las golondrinas…

Mario guardó silencio y evitó los ojos de su hermana. Ramón, ante la vulnerable pero inquisidora mirada de la madre al tío, sufrió ese silencio. Nana, por otra parte, cambió de página.

Entonces, con una voz aún más trémula, un rostro aún más colorado, y unos ojos que batallaban contra el fluir de sus lágrimas, Bárbara pidió:

—Al menos deja a la niña aquí hasta que su habitación esté lista.

Pero Mario mantuvo su mutismo, y metió las manos en el interior de su chamarra —cuyo estrujamiento fue el único ruido que salvaguardó el bochornoso silencio—, sacó los cigarros y le ofreció uno a su hermana. Bárbara lo tomó por el filtro, y tampoco dijo nada. Luego el tío le tendió la cajetilla al sobrino.

—No, él no —dijo tajantemente Bárbara, y los hermanos se fueron solos a la zotehuela.

El cigarro se cebó y Ramón guardó la colilla en un pedazo de kleenex. Se levantó del bote y lo regresó a su lugar. Había caído la noche. El frío decreció. Y la lluvia, arrítmica, iba del aguacero a la llovizna. ¿Cómo lo recibirían? Su madre, seguro, pensaría que alguien había invadido la casa. Nana correría y saltaría a él, o se quedaría callada, ladeando la cabeza con los ojos cerrados, las cejas fruncidas y un puchero, hasta que le pidiera perdón por tanto tiempo. El tío, quién sabe.

Volvió la mirada al nido: aún le parecía coherente que alguna de las golondrinas perteneciera a la descendencia original. Algún pleito familiar tendrían allí arriba, pues se aleteaban bruscamente la una a la otra, y sus gorjeos se parecían al chillido del antiquísimo triciclo de la abuela, que en paz descanse.

Tras diez años, no se sintió seguro de pertenecer a la intimidad de aquella pelea; tampoco de sí mismo ante la soledad de toda la casa. ¿A quién le pertenecía la casa sino a ellas? A ellas y a las golondrinas. Sería mejor irse, regresar, tocar la puerta, abrazar, besar, pedir disculpas. Sí. Se levantó del bote, guardó los cigarros y pidió perdón a las golondrinas por su imprudencia.

Había dejado, sin embargo, las puertas abiertas. Entonces se paseó por la casa de nuevo, cerrando una, dos, tres, cuatro, cinco… No, seis, seis, y no cinco. La sexta puerta, que no vio sino entonces, estaba apenas abierta, escondida detrás de un pasillito donde ropa vieja, manteles de cocina, herramientas, cajas de juguetes, cajas de cerillos, y cajas dentro de cajas, es decir, los cachivaches sobrantes del cuarto de cachivaches, apenas dejaban paso. Encogió la barriga, caminó de lado y se introdujo en el estrecho y polvoroso camino.

La habitación del tío Mario, como debía de ser y no de otro modo, estaba intacta.

Nana despertó a todos porque había oído más de un pío pío. Ramón, molesto, se dio la vuelta en la cama, pero Bárbara le quitó las cobijas y le dijo que sintiera lo que era que unos píos píos los despertaran a las dos de la mañana. Nana se asomó a la ventana: la noche era rasa, y la luz intermitente de un helicóptero le dio la ilusión de una estrella. Hacía frío. Se abrigaron, bajaron y, una vez en la zotehuela, Bárbara cargó a la sobrina para que viera el nido, que ahora estaba separado por tablaroca del resto del lugar; Ramón las observaba titiritando.

—¡Iugh! —exclamó Nana.

—¿Qué? —preguntó Ramón.

—Pisaste popo —contestó la niña.

Ramón se revisó el tenis: se trataba, sin embargo, de un montón de cartón hecho casi pasta gracias a la humedad de los lavaderos y, sí, la caca. Lo único que le hizo saber que era la caja de cerillos fue la portada, que mantenía, apenas, su forma rectangular, y cuya pintura y paisaje, o lo que sea que hubo allí, había desaparecido dejando nada más que una ventana anunciando un vacío.

De esta manera, Ramón fue el único de los tres que no brincó del susto.

Una tras otra, las puertas de la calle se abrieron. Los vecinos, tan confundidos como Bárbara, Ramón y Nana, se miraron unos a otros, pero nadie dio razón de por qué montones corrían hacia la lejana esquina de la calle, ni de por qué allá otros más aventurados se movían como locos en medio de un alboroto que parecía, a esa distancia, propio de unas hormigas que han perdido a su reina en medio del destello de una lupa.

 —¡No vayas! —le gritó Ramón a Bárbara, que se había disparado directo al alboroto sin decir nada. Entonces cargó a la niña y corrió detrás de su madre. Durante el trote de su primo, Nana buscó la estrella, pero solo encontró nubes esparcidas.

La noche, pensó Nana, era ceniza.

El rumor se había corrido; desde las calles anexas, los vecinos marchaban, iracundos y expectantes, hacia el origen del molesto bullicio. Ramón cruzó la avenida con ellos, a unos pasos de Bárbara, pero todos se amontonaron a su alrededor, formando una procesión donde quedó atrapado y perdió a su madre. De modo que protegió a Nana, pidió permiso, se escurrió, saltó, pisó sin querer un par de pies apantuflados, y, finalmente, se puso de puntillas y divisó, al frente de la procesión, la cabeza flotante de Bárbara.

Antes de que se le ocurriera conjeturar con los vecinos qué había sucedido, y antes de que prestara atención y entendiera la verdadera razón del alboroto, y siquiera antes de que tocara el hombro de su madre, el piso brincó, las ventanas vibraron, las alarmas de los coches se activaron, y una nube de polvo se extendió a lo largo de la calle como un diente de león, enharinando, de paso, a las hormigas y a los curiosos.

Como pudo, Ramón cubrió a Nana; como pudo, se cubrió a sí mismo y, como pudo, batalló por abrir los ojos luego de la confusión: en el epicentro del estruendo, una arenosa neblina persistía, envolviendo destellos y sombras ebrias. Había perdido de nuevo a Bárbara.

La noche, pensó Nana, era parda.

La nube trascendió, las sombras dejaron de ondearse y cobraban forma; así se revelaron ante la procesión mujeres en tirantes y hombres sin playera, fatigados, resignados y, observaba Nana, cenizos. «Explotaron las ventanas», dijeron unos. «Tembló», corrigieron otros. «Los cables del poste chispearon», añadieron más. Después todos hablaron, surgieron las preguntas, las opiniones, las contradicciones y los insultos. Entonces un grito acalló el desorden, iluminó las casas que habían ignorado el alboroto y, como muchos pensaron, le destrozó la garganta a una anciana que se postró en rodillas y que rogaba a los cenizos, por piedad, que la dejaran regresar al sofocante discurrir del que la habían rescatado. «No hubo ruido —susurraron otros—. Apenas y nos enteramos porque las casas cayeron de un solo golpe».

De incógnito, Bárbara apareció sola en la orilla de la calle. Aunque sudaba y estaba sucia, traía consigo una serenidad ajena al desastre que dejaba atrás, donde las sirenas ya sonaban y uniformados de falsa solemnidad ya exigían orden y se unían a la faena. Mientras, ella se sentó sobre una banqueta agrietada, bajo un poste que imponía la penumbra en los escombros que la rodeaban; se tocó el cabello y se miró las manos y los pies durante un rato; luego miró al cielo, pero solo dio con un helicóptero que se perdió en la vastedad de la noche. Y así, ensimismada en el cielo, Ramón la encontró.

Aún con Nana en brazos, salió de la procesión abriéndose paso a empujones, y corrió efusivamente hacia Bárbara, pero la proliferación de los gritos y los llantos que lo rodeaban terminó por palidecer su desesperación. Desaceleró el paso y tuvo la incómoda certeza de que mientras más rápido estuvieran los tres juntos, más rápido, sin embargo, los tres participarían en el delirio que había dominado a la calle entera. De modo que bajó a Nana, caminó con ella a paso lento y se introdujeron en la penumbra, entre los escombros y la banqueta agrietada, donde Ramón supo que el tormento era real porque, en efecto, los había estado esperando tranquilamente con su madre, porque bastó una única mirada, de contundente ilación entre ambos, para que se pusieran en cuclillas, y después postrados, cabeza sobre hombro y hombro bajo cabeza, los tres se ciñeran solos en la inmensidad de la calle.

«La que quedó peor fue la del techo de lámina; de esa no quedó nada», comentó un lejano susurro.

La noche era roja, pensó Nana.

Una gruesa capa de polvo cobijaba a los muebles y la loseta. No era tan gruesa como para pensar que, en diez años, nadie se pasó por allí, pero sí lo suficiente liviana para darse cuenta de que el único rastro que había, por primera vez en mucho tiempo, era el de Ramón en aquel reencuentro. Dejó la puerta entreabierta, sacudió su ropa, volvió a encoger la barriga y, de paso, tomó una caja de cerillos. Durante el pequeño recorrido, escuchó una vez más los molestos gorjeos de las golondrinas, y pensó que de veras ya no era bienvenido.

Al salir del pasillo, sopló la caja para dispersar el polvo e imitó con los pulgares los gestos de un limpiaparabrisas sobre la portada. Poco a poco, un último paisaje, viejo y descolorido, se dibujó frente a sus ojos, y no supo si estaba aterrado o conmovido.

—¿Moncho? —dijo de pronto una vocecilla, que dispersó sus dudas y agregó alegremente—: ¡Moncho!

Nana se asomaba detrás de los barrotes de la escalera. En cuanto Ramón la saludó, ella saltó a él y dio abrazos y dio besos, pero, con la misma intensidad, y casi de mal augurio, también cerró los ojos e hizo el puchero.

—Nana —dijo otra voz desde abajo —, ¿quién anda arriba?

—¿Pues quién más? Moncho —contestó Nana—. ¡Moncho!

Sin aviso, Nana lo tomó de la mano y lo llevó a jalones a la escalera, que solo entonces, desde su regreso, involucraba un largo y bochornoso camino a lado de ella. Poco sabía de dónde se encontraba. Sin embargo, sí que sabía que esos pasos tan bruscos pesaban, o, más bien, que los años pesaban, que la casa era ajena y también puro bochorno, que le asustaba lo poco que conocía a quien lo había recibido con tanto entusiasmo, pero que le asustaba aún más lo bien que conocía a la vieja voz que se escurría desde abajo. Abajo, encontraría la cruz, de barniz opaco y madera apolillada. Nana, cómo no, lo obligó a saltar tres escalones de un solo paso. Y abajo, si se asomaba por la ventana, una coqueta zotehuela lo invitaría a pasarse por su rancia morada. Ramón sabía, acaso, cómo estaban las cosas allí. Los lavaderos, por ejemplo, habían sido jubilados por la lavadora; y así como los lavaderos, mamá había sido jubilada de la escuela y del cigarro a palos.

Por último, la misma voz, la de toda una vida, se escurrió de nuevo por los últimos escalones con un ¡ay! de por qué brincaban como escuincles. Un ¡ay! de haber tirado las cajas de cerillos a la basura en un patético descuido. El mismo ¡ay! que todo cambia.

Pero de pronto, abajo, estaba la cruz de la abuela, y la abuela, y la habitación del tío Mario, y el tío Mario, y Nana, y Ramón, y el siempre difunto padre, y mamá, y la zotehuela, y las golondrinas más gordas que nunca.