¿La muerte es el inicio o el final? Esta noche Jhon Ánderson Cerón nos comparte desde Colombia un interesante cuento.

El dedo índice —de su mano derecha— estaba tembloroso, asustado y frío. Tenían el mismo temor y seguridad que tuvo el dedo, sin saber cuál, de quien un domingo desgraciado accionó aquel mortal y pesado fusil.

Sin soltar el peligroso artefacto de la muerte, y con el dedo índice medio paralizado, logró tender la cama, arreglar la almohada y colocar un crucifijo viviente sobre el cielo raso de su alcoba —justo en el lugar en donde pretendía verlo por última vez—. Ordenó lo que nunca estuvo en desorden y al lado de la foto de su Ángel, mientras coreaba una hermosa canción, colocó pastel y vino. Se santiguó con la mano izquierda ya que su derecha estaba asustada; fría.  Alcanzó a llorar ¡sólo un mar! y para no llorar más —ad portas de decir «ya»— tomó aliento para regalarse un instante de vida, instante que le permitió recordar las últimas palabras de su extinto Ángel:

«Chao negro, me voy y no sé cuándo vuelva, tengo que ir al campo a llevar una purina y diez kilos de maíz ¡tengo unos pollos que de esta navidad no pasan!».

Así recordó aquella profética despedida; aquel singular «adiós».

¿Será que imploró perdón por su vida? —se preguntaba.

¿Qué sentiría al momento en que las mortales y relampagueantes balas atravesaban su cuerpo, su alma… su vida?

¿Qué sería de los pollos sin su purina y sin su maíz?

En un lenguaje que solamente un moribundo entiende, comprendió que su ser querido jamás volverá y como tal no habrá nueva ocasión para celebrar su cumpleaños. Para sí mismo se hizo a la idea de que su Ángel es un frío y difunto recuerdo y como ser no viviente será el encargado de presentarlo ante Dios o ante el diablo —¡eso es lo de menos! — lo importante es que gracias a su calculado plan podrán volver a estar juntos.

Las tres falanges, de su dedo índice, no aguantaron el estado de prolongación de la muerte, y como acto de rebeldía comenzaron a encogerse y pretender —por sí mismas— darse la fatal orden. Se secó sus lagrimeantes ojos y al ver el enojo de su crucifijo viviente le dijo «Yes» a su mortal propósito. Se sintió un ruido, un estruendoso ruido semejante a la estruendosa voz de su Ángel alegre, grosero y gritón. Su cráneo dejó de ser cráneo y su cerebro, junto al millar de neuronas, se esparció por la parte izquierda de la alcoba, mojó la almohada y algunos pedazos gelatinosos e hirvientes salpicaron al enojado crucifijo. Su cuerpo loco, tambaleante y brincón le permitió vivenciar y sufrir lo que su Ángel sufrió.

Al cabo de pocos segundos estaba al lado de su ser querido. Juntos comenzaron a celebrar un cumpleaños angustiosamente aplazado; devoraron pastel y se saciaron de vino y como nota musical —en la cercana lejanía— se escuchó un happy birthday to you.

Como almas Dantescas caminaron por senderos divinos y bellos; cruzaron ríos de aguas cristalinas cuyo frescor tenía la propiedad de curar la sed de vida, él —como niño inquieto— bebió un poco. Al llegar a la orilla del infinito, y con permiso de la serpiente, se sentaron a comer manzanas «prohibidas»; Adán y Eva se unieron al festín, lo mismo hizo Caín y Abel; hablaron de tantas cosas que en la charla se les terminó la eternidad. Volvió a escuchar sus consejos y sintió el agrado de poder volver a cumplirlos. Su Ángel le pidió cuidar a «la Blanca» y lo felicitó por amarla tanto. Se abrazaron como nunca o siempre lo hicieron y volvieron a caminar por senderos más infinitos y más bellos; caminaron tanto que nunca se sintieron menos cansados. Su caminata los llevó una olímpica montaña en la cual su Ángel se despidió, se despidió diciendo «Chao negro»; se despidió recordándole el eterno amor que desde el más allá le profesaba, se despidió haciéndole prometer —mediante un regaño eterno— no volver a intentar semejante locura, él —como siempre— prometió cumplir su mandato; cerraron el trato con los dos últimos tragos de vino y al son de «hasta el año…» Ángel Mauricio se fue… él también.

Al volver de su quimérica realidad se dio cuenta de que su ansiada muerte lo mantenía con más vida. Lo que nunca estuvo en desorden continuaba ordenadamente ordenado, aunque misteriosamente hacía falta la foto, el pastel y el vino. Entre el temblor de su moribundo cuerpo logró identificar a un dedo índice que fielmente esperaba la orden de accionar un Smith & Wesson plateado; lujoso artefacto de la muerte cuyo objetivo era ayudar a darle fin a esta historia, historia que gracias a mi Ángel —mi Ángel Mauricio de la guarda— aún no tiene final… tiene principio.

Hasta luego hermano.

Acerca del autor

Jhon Ánderson Cerón Apache, natural del municipio de San Agustín, departamento del Huila (Colombia), de vocación docente (Licenciado en Lenguas Modernas Inglés–Francés y Magíster en Ciencias de la Educación).

De formación literaria empírica y pulida, a través de los años, por experiencias vivenciales que han ido puliendo y creando un estilo propio de narración poética. Mi producción literaria se inspira en el amor como eje central del humano vivir.

Escritor de cuentos, poemas y novela, a su vez divulgador y gestor cultural del municipio de San Agustín (Huila).