Somos más que los reflejos que vemos en los espejos, más que nuestras descripciones, más que nuestros grados académicos, nuestro signo zodiacal y nuestro CURP. También somos más que las canciones que nos gustan, las películas que nos hacen llorar y nuestras alergias. Tal vez somos algo más allá de nuestros nombres y nuestra ascendencia. Más que los poemas que escribimos y nuestras derrotas amorosas. Entre tanta aparente grandeza y complejidad, incluso creo que somos más que la unión de todas nuestras partes. Si esto es así, ¿cómo nos representamos a nosotros mismo en nuestro propio arte? Más allá de plasmar nuestros sentimientos y nuestra interesante forma de ver la vida, ¿cómo nos vemos a nosotros? En columnas anteriores, ya hemos hablado acerca de cómo es retratar al otro, al ser amado, donde el sujeto fotografiado o descrito funge un papel pasivo en el hacer de la obra, pero en el resultado es cuando decide si se reconoce o no. Pero, ¿qué pasa cuando uno funge ambos papeles? El de retratarse a sí mismo y reconocerse en la obra, reintepretarse o calcarse. Pues sí, de eso quiero divagar un poco el día de hoy.

En las calles de Nueva York, más o menos desde 1950, una niñera salía los fines de semana a tomar fotografías de lo que fuera: rostros de todo tipo, edificios imponentes, escenas de su vida cotidiana. Sus fotografías no tenían nada que ver con lo laboral, pues era, tal vez, algo más allá de un pasatiempo, un estilo de vida. Así los años fueron pasando, muchos rollos fueron empleados pero casi nunca fueron revelados. No fue hasta el año de 2009, después de que la niñera murió al golpearse la cabeza contra el hielo después de caer en él y no quererse atender debidamente que esa persona hasta entonces sin nombre ni rostro ahora pasó a ser conocida mundialmente: Vivian Dorothy Maier (1926-2009).

Gracias a John Maloof, un director estadounidense y coleccionador (¿existe esa palabra?) de fotografías, es que más de 30000 negativos tomados por Maier vieron literalmente la luz al comprarlos en una subasta de un almacén. Entre esas miles de fotografías, se descubrió a una de mejores fotógrafas del siglo XX, pero tristemente después de que ella falleciera. Nadie se explica cuál fue su formación dentro del ámbito fotográfico, pero, sin duda alguna, es notoria la gran técnica y el buen uso de su cámara Rolleiflex que ella tenía. Como lo dije antes, sus fotografías retrataban en su mayoría a la vida agitada de los neoyorquinos, pero para mí, había algo incluso más genial. Entre todo ese gran acervo fotográfico, podemos encontrar muchos autorretratos de la fotógrafa. Dobles exposiciones, la sombra como reflejo del yo, juegos con los espejos, la manera en la que Vivian se retrataba tenía muchos estilos, y puede que esto también sea una metáfora de la fluidez de nuestro mismo ser. En sus fotos, ella siempre formaba parte de la escena, siendo rodeada por el entorno y el entorno viéndose plasmado en ella. El hecho de que fueran autorretratos no implicaba que su cara siempre estuviese visible, pues nuestro –yo- va más allá de esa careta con la que nos presentamos al mundo.  

Pero dentro de todas esas fotografías geniales, en las que uno trata de –verse representado a sí mismo-, Vivian nunca reveló las fotografías. ¿Sólo a mí me parece bien trascendental ese punto? En un inicio lo dije: ¿cómo nos vemos representados a nosotros mismos por nosotros mismos? Si te dedicas al autorretrato pero nunca llegas a ver esas fotografías reveladas o impresas, el ejercicio fotográfico va más allá del resultado y recae en el proceso en sí, de saber que estás siendo capturado, de saber que estás dejando una parte esencial de ti en este mundo aunque tú no lo puedas ver de una manera tangible.

Justo esas ideas del yo como parte del entorno, me hace pensar en la poesía de Shuntaro Tanikawa. Nacido en Tokyo en el año de 1931, su obra es muy extensa ya que desde los 19 años hasta ahora nunca ha dejado de escribir. Ha incursionado tanto en la literatura infantil y también en La Fotografía, aunque irónicamente no hablaré de eso hoy (pero tal vez sí después[1]). Sobre lo que quiero hablar hoy es de sus poemas sobre el yo.

En un inicio, en su obra Dos billones de años luz en soledad (1952), publicada cuando tenía 21 años de edad, Tanikawa se consideraba como parte del Cosmos, entendido como la inmensidad universal que nos rodea. Se acepta como un individuo que puede estar bien a pesar de la soledad, pues esta soledad no es vista como algo triste. Al final, todos estamos solos en este mundo porque somos una parte orgánica del todo y debemos aceptarnos como tal. Esa misma idea se repite en su obra posterior, como en su Soneto #62, escrito en 1953 “Porque El Cosmos me abraza con amor/ (despiadadamente, o a veces/ tiernamente)/ puedo estar solo por siempre”. También esta idea se presenta en obra más reciente, como en su poemario escrito en 2007, 私 (Watashi, que significa Yo). En estos poemas, podemos entender al Yo ya no visto sólo como la parte de un todo, sino de las muchas maneras en las que podemos volver a concebirnos a nosotros mismos. En el primer poema de esa obra,  Presentación, el autor hace una descripción superficial de lo que puede ser el yo.

“Yo soy un hombre viejo, corto de estatura y calvo

Por más de medio siglo

He pasado mi vida aferrándome a las palabras:

sustantivos, verbos, partículas postposicionales, signos de interrogación y similares

Ahora prefiero el silencio.”[1]

Pero él mismo sabe que, por mucho que nos describamos, nunca será suficiente, nunca nos veremos reflejados a la perfección ni siquiera en nuestras propias palabras, pues la identidad o nuestra esencia va más allá de –recordar nombres o no, nuestro amor por lo árboles o de nuestro astigmatismo-. Incluso la misma identidad puede resultar en una ambigüedad, como en el poema Yo soy yo, yo mismo.

“Yo soy aquel que sabe quién soy yo

estoy aquí ahora

pero tal vez deje de estarlo en un instante

incluso si ya no estoy más aquí yo soy yo, yo mismo

pero en realidad yo no tengo que ser yo.

Soy una planta un poco al menos

soy tal vez un pez más o menos

soy también un mineral con brillo opaco

a pesar de no saber su nombre

y por supuesto que soy casi tú.”[2]

Nosotros mismos somos una parte de un todo, y por eso mismo podemos llegar a confundirnos o reflejarnos en el otro, en el tú, o en las cosas más efímeras y, aparentemente, insignificantes de la vida. A veces como seres humanos, queremos explicar y entender cada detalle del universo y de lo que nos rodea, sin siquiera ponernos a pensar sobre quiénes somos nosotros mismos. Tal vez, tenemos el afán de explicar esos detalles del universo porque eso es lo que somos nosotros.

¿Cómo nos representamos a nosotros mismos? Con la poesía de Tanikawa y las fotografías de Vivian Maier, me queda claro que nunca habrá una misma manera de hacerlo. Ya seamos un reflejo repentino en algún espejo de la calle o un mineral con brillo opaco, nuestra concepción del yo siempre va a ser vista a través de un caleidoscopio: cambiante y confusa. Y ya lo he dicho también, pero si la creación artística (o no) en sí es un acto intimista, el representarnos a nosotros mismos a través de ella lo es más, al tratar de descifrar nuestra propia autoconcepción. Al final, debamos dejar de preguntarnos tanto y empezar a entender desde el silencio. Aceptarnos como una parte esencial de un todo o sólo como un pasajero desconocido sin nombre.

Y hasta aquí las divagaciones de hoy.


[1] Presentación  de Shuntaro Tanikawa. Traducción al español por mí, retomando la traducción al inglés de Takako U. Lento.

[2] Yo soy yo, yo mismo de Shuntaro Tanikawa. Traducción al español por mí, retomando la traducción al inglés de Takako U. Lento.