¿Cuándo muere una persona, al dejar de funcionar su cuerpo o al ser olvidada? El día de hoy Juan Ángel Espinosa nos comparte desde Tamaulipas un emotivo cuento.

A Salvador Boyzo

Yo fui concebido en luna maciza y nací en luna maciza. Por eso, a mis casi cien años sigo fuerte. Muchos dicen que la madera es buena, pero es la luna. Ella nos rige a todos. Mis hermanos murieron jóvenes, cada quien a su antojo, en edad y forma distinta. Fuimos trece, fabricados del mismo árbol, pero solo quedo yo.

Mientras el anciano hablaba, todos escuchaban, o al menos fingían hacerlo, para evitar su furia, y por ende, la exclusión de la herencia escondida. Se ignoraba dónde podría estar oculta; sin embargo, todo apuntaba al terreno pegado al margen del río. El hombre se hizo del solar con el único derecho de llegar primero, y el tiempo se encargó de legalizar la propiedad. En los metros cuadrados al que solo él tenía permitido entrar, había sembrados plátanos, naranjas, mandarinas, calabazas, maleza dejada a propósito y un ahuehuete formado bajo los cuidados del viejo. Según el consenso general, el tesoro enterrado constaba de monedas de plata y oro, armas, billetes antiguos y demás alhajas cosechadas durante años por el líder de la familia, en aquella travesía realizada por la República, desde la península de Yucatán hasta la frontera norte. Su afán de conocer mundo lo llevó a cruzar al país vecino, a nado, sino la aventura no existiría, comentó en una ocasión. De joven desempeñó los más variados oficios, desde agricultor hasta albañil. Por último se dedicó a la jardinería. El trabajo que más le llenó de orgullo fue en el aserradero, donde se encargaba de manipular y transportar los troncos de los árboles caídos. Alcanzó renombre como capador de cerdos, habilidad aprendida de manera empírica, para beneplácito del ego. En su débil memoria, estaba el recuerdo de haber costeado su casa de adobe con los ingresos de la emasculación porcina.

El recorrido por el país comenzó tras la muerte del padre y la nueva relación de la madre. El niño recriminó la decisión materna, mas las súplicas no fueron atendidas, sentenciándose así, el destino que lo llevaría a convertirse en un hombre forjado entre la necesidad y el dolor. Su carácter se endureció hasta volverlo un tipo hosco, muchos dirían despiadado, al cual el valor del hombre se medía por la fuerza de los brazos y del aguante en la bebida. Para con la mujer, el único interés no abarcaba más allá de la cocina y del lecho, donde él desfogaba rencores y el poco amor albergado en su corazón herido. Los prejuicios fueron heredados a la prole, tanto hombres como mujeres desarrollaron la falsa creencia de sentirse superior a los demás, por consecuencia, se vanagloriaban en la humillación y la ofensa del débil. El poder ejercido fue en decadencia conforme las generaciones crecían y los años se le cargaban al cuerpo y al espíritu. Los nietos no bajaban la mirada ante la presencia del dictador, como alguna vez lo hicieron los padres. Incluso el yugo filial fue desapareciendo, al grado que los hijos ya no soportaban la cantaleta de las aventuras, repetida hasta el cansancio, en un ciclo infinito plagado de monotonía. Por eso optaban por dejarlo solo, donde aprovechaba para rememorar una juventud vibrante, en donde fue el mandamás, y ahora se le consideraba un estorbo, como las flores secas olvidadas por años, en un rincón perdido de cualquier vivienda.

Una tarde donde el sopor de agosto invitaba a dormir; el patriarca se mecía en un chinchorro improvisado como hamaca, situado bajo dos frondosas palmeras. Con un pedazo de periódico antiguo, ahuyentaba los insectos que empezaban a rondarlo. Mientras descifraba el sueño de la noche anterior, oía el ajetreo de la familia en las actividades cotidianas. Debido a la edad, en muchas ocasiones mezclaba realidad con ficción. Evocaba vivencias de un tiempo donde fue feliz, escuchando las historias del padre, colmándole la imaginación con remedios mágicos, amores clandestinos, coplas de valientes y tragedias inverosímiles, placebo para solventar el cansancio producido por el duro trabajo, obligado ante la carencia de la familia. En el punto álgido de la ensoñación, una fugaz brisa le acarició el cuerpo, recitándole palabras solo inteligibles para él. Se levantó de la silla y comenzó el trayecto, a tientas, la cansada vista solo le proyectaba sombras. Por eso nunca se movían los pocos muebles del hogar, para que la costumbre le condujera los pasos. La hija mayor le preguntó hacia dónde iba, ahorita vengo, fue la respuesta. El evento no les extrañó, era común que diera esas caminatas, a costa de los años y la reuma. Cuando llegó la noche y no aparecía, salieron a buscarlo. Un amigo de toda la vida se lo topó en los linderos del pueblo, hacia allá se dirigieron, pero no lo encontraron. Varios vecinos juraron verlo vagar por las incontables brechas de la ranchería. Iba como sonámbulo, concordaron. Por todas partes miraron la silueta andar con paso perdido. Jamás contestaba. Después de dos días de búsqueda, la curandera del poblado se les acercó. Les confesó que el viejo anduvo recogiendo sus pasos y ya había terminado. Encontraron el cuerpo recostado en el ahuehuete. Al comunicarles la fecha del deceso, el primogénito afirmó: murió en luna maciza, como le hubiera gustado. Nadie lo replicó y se marcharon en silencio, era momento de preparar los ritos funerarios.

Con los años la familia olvidó al jerarca. Los hijos, los nietos y después los bisnietos se abocaron a encontrar la herencia; sin embargo, esta permaneció oculta. Cada miembro de la dinastía fue muriendo. El último de la estirpe decidió vender las propiedades. Era otra época, la vida del campo ya no era suficiente. El nuevo dueño tenía la consigna de traer la modernidad. Suplantaría el adobe por ladrillo, abogaría por la llegada del ferrocarril y una caseta telefónica, para enlazarlos con el resto del país. Entre derrumbes y excavaciones apareció el tesoro: un pequeño cofre de madera hecho por manos inexpertas. La mítica herencia no era más que fotos, dientes infantiles, mechones de cabello, pedazos derruidos de cordones umbilicales y otras baratijas de valor meramente sentimental. Los obreros vaciaron el contenido en la hoguera usada para quemar basura y solo conservaron el tallado. El viento anormal que se dejó sentir esa noche esparció las cenizas. Cada pavesa susurraba un recuerdo, y al desbaratarse, las andanzas del patriarca se desvanecían entre ladridos de perro, humo de tabaco y viejas farolas, luces que alumbraban los caminos de un mundo condenado a morir.

Acerca del autor

Nacido en Ciudad Madero, Tamaulipas. Licenciado en Psicología Organizacional. Ha colaborado en las revistas El Recuento del Cuento, El Barco de los Cuentos, ambas de Tampico, Tamaulipas, en  La Cigarra, Arte y Cultura, de Ébano SLP y en la Revista Literaria Pluma, de Buenos Aires, Argentina.

Ha publicado en las antologías Enlazados 69, Relatos desde el Encierro, Soberbia, Hoja en Blanco y Miscelánea literaria mundial Agua Vital. Próximamente participará en las antologías de Editorial Ariadna y 360 días de historias de la Revista Literaria Pluma.