Uno de los temas que he tocado en esta columna es el de los mecanismos que nos llevan a idealizar ciertos productos culturales o, en el caso contrario, a rechazarlos. Ya he hablado de temas como la piratería y los autores idealizados por el canon; hoy toca hablar del arte y el significado de belleza.

¿Qué es lo bello? y ¿todo es arte? Son preguntas que busco responder a los márgenes de la estética clásica. No busco definir la belleza sino ponerla en los límites que el arte posmoderno y el marketing le han impuesto.

“La salvación de lo bello es la salvación de lo vinculante” (109, Chul-Han) es la oración con la que termina el libro La salvación de lo bello de Byung Chul-Han. Cuando el autor habla acerca de salvar lo bello hay una serie de cuestionamientos filosóficos que lo preceden para llegar a tal sentencia y pensamiento. ¿Lo bello de verdad necesita ser salvado?, ¿por quién? El filósofo coreano está de acuerdo con Heidegger cuando este afirma que la belleza es un fenómeno de la verdad que va más allá de la contemplación. Este argumento es uno de los puntos de partida de la definición de lo bello en nuestra sociedad porque la experiencia artística nos encara con el propósito de mostrarnos alguna parte escondida en nuestro ser, derrumba las barreras de nuestra persona; lo pulido en lo bello elimina esta experiencia.

Han entiende lo bello, dentro los parámetros de una sociedad que basa su vida en el consumo, como aquello que no ofrece interpretación, decodificación, ni pensamiento. Esta definición de lo bello es una muestra de lo pulido en la cultura del me gusta en donde “los aspectos negativos se eliminan porque representan obstáculos para la comunicación acelerada” (12, Chul-Han).

Lo negativo no existe en esta cultura porque hace daño y cualquier muestra de negatividad es absorbida para convertirse en algo consumible y degustable. Lo feo nos da una posibilidad de liberación al mostrarnos los límites en lo siniestro y terrible, esto desencadena en crisis existenciales, lo pulido evita eso y al evitarlo hace que el hombre no se pueda reconocer en sus límites. “Hoy, el yo es muy pobre en cuanto a formas de expresión estables con las que pudiera identificarse y que le otorgaran una identidad firme” (26, Chul-Han). Partiendo de este punto los hombres sólo se agradan a sí mismos, la experiencia artística ya no les permite identificarse en otros porque no hay un silencio de reflexión. La estética moderna es “estética de la complacencia, que confirma al sujeto en autonomía y autocomplacencia en lugar de conmocionarlo” (30, Chul-Han).

La idea de la verdad en el arte se desvanece en la posmodernidad. Frederic Jameson nos dirá que lo bello ya no tiene ninguna pretensión de la verdad. El fin de la historia dio paso al fin del arte, es así como la cultura paso a ser una economía enfocada en las mercancías y una extensión del poder del Estado. Así como el fin del arte se refiere a un cambio de consciencia en lo que es el arte (podemos tomar como postura la de David Hume al afirmar que es arte lo que se denomine con ese nombre) y este sólo se realiza en función de quien lo mira, premisa formulada por Duchamp, así el fin de la historia no se refiere al tiempo sino al espacio de quienes la habitan.

La obra “Girl With Baloon” del artista callejero Banksy se autodestruyo al momento de ser subastada por 1.3 millones de dólares. Se consideró el inicio del arte instantáneo y se especuló que la obra aumentaría su valor luego de ser destruida. ¿Qué tanto vemos de la filosofía de Han y de la sociedad del espectáculo en este contexto? La obra desde un principio adquirió su valor artístico en la medida de su valor mercantil, la cultura del “me gusta” de la que Han habla. El acto desagradable de destruirse es absorbido por el espectáculo, como industria del entretenimiento se vuelve consumible lo que ya no existe, la destrucción de la obra. Ese es el punto de vista desde una perspectiva mercantil y fetichista del objeto.

La obra en el momento de su destrucción.

Byung Chul-Han habla de lo bello como fuerza generadora generadora: “la creciente estetización de la cotidianeidad es justamente lo que hace imposible la experiencia de lo bello como experiencia de lo vinculante” (109). Lo vinculante es aquello que funda duración y se hace eterno. La destrucción de la obra es la crítica burlesca de Banksy a la sociedad consumista, es en la destrucción donde su obra encuentra la vinculación con lo eterno, pero eso no evita que se salve del consumo. Un artículo publicado en la BBC se pregunta “¿Cuál es el significado de esto en el contexto de una subasta?”. La respuesta no es sencilla, pero me atrevo a firmar que busca la autonomía de la obra perdida en su valor mercantil. Las subastas y los museos le quitaron esa autonomía al arte, son ellos los que deciden qué es arte y miden su valor en razón de su costo. A través de la belleza hay un acceso a lo inmortal porque lo bello actúa de forma activa y generadora, no pasiva y consumidora. El que Banksy decida destruir su obra es el acto de amor más grande en una época de consumo, nos dice que su obra no perecerá en los valores del mercado, vivirá en lo eterno de lo sublime, a pesar de su incorporación en lo espectacular.

Guy Debord nos define el espectáculo como el eterno sueño en donde el ser se ha degrado en un tener y el tener en un mero parecer. La lógica del espectáculo se basa en la seducción del espectador y en convertir lo espectacular en una experiencia más real que la vida misma. La imposición comercial en el arte lo orilla a refugiarse en la seducción espectacular (57, Gubern). Tal vez esto también nos ayude a entender los propósitos de Banksy, la destrucción de su obra es también parte de un espectáculo que nos ofrece una salida a lo comercial pero que falla porque “cualquier iniciativa de desorden cultural tiende a ser domesticada por la rentabilidad” (57, Gubern).

Román Gubern en su libro El eros electrónico habla sobre la repulsión del espectáculo a la diversidad, opino lo contrario. La diversidad es lo que de verdad fortalece al espectáculo ya que la seducción “consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta, en proponer más para que uno decida más, en substituir la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la pluralidad, la austeridad por la realización de los deseos” (19, Lipovetsky). La seducción y la posibilidad de ofrecernos más posibilidades de elegir es lo que mantiene al espectáculo en el poder, el sujeto busca sentir más, la contemplación de la obra de arte ya no satisface sus deseos, necesita desmitificarlo, quitarle la resistencia para poder convertirlo en información y así no pueda esconder nada ante sus sentidos.

El arte posmoderno ya no busca esa intención de conectar con el otro, esto es el resultado del fin de la historia. El arte ya no busca ser algo más allá del arte y el lugar de lo Sublime ha llegado a su fin cuando se disolvió la vocación de alcanzar lo Absoluto. En lo bello y lo sublime sólo existe el sentimiento del sujeto, no representan algo distinto ya que son absorbidos en su intimidad. Byung Chul-Han reclama “devolver a lo bello una sublimidad que no quepa interiorizarla, una sublimidad desubjetivizante; se trata de revocar la separación entre lo bello y lo sublime” (38, Chul-Han). Es decir, retomar la conciencia de finitud en el hombre a través de lo bello natural; la belleza que habla a través de la naturaleza. El hombre debe dejar de agradarse a sí mismo y lo bello digital que sólo tolera las diferencias consumibles.

Gombrich en su Historia del arte nos dice que la belleza no está vinculada al arte. Si entendemos lo bello como aquello que tiene orden, perfección y resulta agradable a la vista humana, es evidente que el vínculo no existe, sólo en la estética clásica. El arte tampoco es perfecto, tal como lo declara Winckelmann. En la posmodernidad el arte ya no busca esa distinción entre lo bello y lo feo, todo lo que se denomine arte puede serlo. Sin embargo, distintos factores, como los que explique en los párrafos anteriores han hecho que el arte se convierta en mero valor mercantil y los medios masivos de comunicación han sabido aprovechar esto.

Tal como lo dice Danto en su libro Después del fin del arte cualquiera pude ser artista y cualquier cosa puede ser arte, pero no estoy de acuerdo. Cuando Han habla de rescatar lo bello, se refiere a rescatar la consciencia interior que el arte logra remover en nosotros, la atopicidad en la experiencia estética nos revela aquello que nos falta. No hay arte en lo que no perturba el interior humano y creo que sí no lo hace es mero entretenimiento pornográfico. Sin embargo, este criterio es muy ambiguo porque recae en la subjetividad del espectador y al pensar que la estética puede ayudarnos caemos en un error: la estética no está al servicio de lo que se ha considerado arte, sino de cualquier creación humana.

El arte al servicio del espectáculo es sólo prostitución, deja de tener autonomía para servir a los intereses del otro. Los medios de comunicación han prostituido el arte, al mismo tiempo han moldeado el pensamiento y buscan decirnos que es lo que nos debe gustar y qué es arte bajo sus propios criterios mercantilistas.

Un hecho interesante que ejemplifica el párrafo anterior es la llamada época del oro del porno. El porno sólo busca la satisfacción inmediata. Los enfoques de los genitales nos muestran un cuerpo desmembrado sin identidad. La llamada época de oro del porno “porno chic” busco situar la pornografía al nivel de un producto artístico. Esta tendencia inicio con la Blue Movie de Andy Warhol y le seguirían películas como Garganta Profunda y Detrás de la puerta verde. La crítica las considero carentes de todo valor artístico. Hasta la fecha no encuentro ninguna diferencia entre el porno de internet y las películas mencionadas, si algún valor artístico tuvo el “porno chic” fue el de conmocionar la moral estadounidense en la época en donde las novelas de Henry Miller eran censuradas.[1]

Lo anterior no significa que todos los productos mercantiles sean malos. Tal es el caso de series como Breaking Bad o Game of Thrones que, debido a la historia, la fotografía y la calidad de argumentos, logran ser bellas. Dentro de las películas destaco estudios de animación como Ghibli que a través de técnicas propias del dibujo japonés logran crear historias que tocan temas universales de la condición humana. En la pintura destaco a pintoras mexicanas como Violeta Hernández que a través de sus pinturas logra retratar una vinculación erótica de la naturaleza con el cuerpo femenino.

El erotismo que Violeta Hernández retrata en pinturas como Atmósferas muestra una vinculación del erotismo con el deseo a través de elementos naturales. La artista nos da el silencio de la naturaleza para mostrarnos la metamorfosis del cuerpo femenino y de su disfrute erótico.

Atmósferas – Violeta Hernández

También destaco las obras de Roberto Ferri y Carlos Amorales.

Las pinturas de Ferri muestran un tema esencial del cristianismo, la lucha del bien y el mal. Una de sus obras que más me gusta es Salmacis y Hermafrodito, representación de la historia contada en Metamorfosis de Ovidio. La pintura es completamente negativa en el sentido filosófico de Han, lo distinto se encuentra y se une. Roberto Ferri retrata el momento preciso de la unión, ambos cuerpos están separados, pero en un instante estarán unidos para siempre, es este espacio el que deja libre la imaginación sobre cómo será el cuerpo resultante de la unión de estos dos seres, el misterio revela lo erótico. Aquí lo bello (el erotismo) se une con la noción de lo sublime (la creación absoluta).

Salmacis y Hermafrodito – Roberto Ferri

Las obras de Carlos Amorales muestran una desfragmentación de los objetos, tal representación puede recordar al cubismo, sin embargo, me resulta interesante debido a la movilidad de toda su obra y de la poca claridad que existe entre los límites de lo bello y terrorífico.

Carlos Amorales

Referencias

Danto, Arthur C. Después del fin del arte. España. PAIDÓS, 1999.

Debord, Guy. La sociedad del espectáculo. Archivo Situacionista Hispano.

Gubern, Román. El eros electrónico. México: Taurus, 2006.

Han, Byung-Chul. La salvación de lo bello. Barcelona: HERDER, 2015.

McNair, Brian. La cultura del striptease. Barcelona: OCEANO, 2004.

Yehya, Naief. Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral. Titivillus, 2004.


[1] La información la tomé del libro La cultura del striptease de Brian McNair.