Hemos revisado ya varias formas teatrales del Japón, todas ellas muy antiguas y particulares; cada una se ha mantenido en sus bases a lo largo del tiempo y se han utilizado para hablar de diversos temas, adquiriendo matices que las han ayudado a destacar entre las demás.

Hoy hablamos de otro eslabón en esta cadena de formas teatrales (mi favorita, de no ser por el Rakugo): el kabuki. Muchos historiadores marcan el surgimiento del kabuki durante el siglo XVII, ya entrados en el periodo Edo, pero lo cierto es que podemos encontrar vestigios mucho antes; aún así, ateniéndonos a la documentación, Javier Vives nos remonta a los inicios del 1600, cuando algunas ordenes budistas realizaban danzas itinerantes en busca de recaudar fondos para los templos. Estas danzas/farsas/canciones relataban historias entre cortesanas y samuráis, llegando a convertirse en una de las formas favoritas de entretenimiento de la población.

En sus inicios, estas danzas eran ejecutadas tanto por hombres como por mujeres, pero cuando la actuación de las mujeres dio paso a la prostitución y, en busca de mantener el orden público en la ciudad, en 1629 se le prohibió al sexo femenino actuar en obras teatrales, esto, como ya sabemos afectó a varios círculos, aunque ese es un tema al que volveremos cuando les hable del Ukiyo.

Ocurre entonces, que los papeles que antes eran ejecutados por mujeres pasan a ser actuados por jovencitos que podían pasar fácilmente por damiselas, ¿la cuestión?, que la homosexualidad no era un problema entre el público así que los jovencitos tuvieron el mismo destino que las mujeres. Así, en 1652 se prohíbe la actuación de jovencitos, esto con el fin de mantener el orden, no por una causa de índole moral; para este momento todos los papeles deben ser ejecutados por hombres adultos, una tradición que ha permanecido hasta ahora.

El papel de la mujer se realiza en gran medida gracias al vestuario, pero los actores también utilizan movimientos específicos y modulan su voz, esta peculiaridad del kabuki se denomina onnagata (lit. forma de mujer, como mujer, a la manera de una mujer). No es complicado diferenciarlos del resto, su maquillaje y vestuario son básicamente los de una cortesana. La extravagancia de estos personajes se refleja en los colores y los cambios de vestuario durante la obra.

Además del onnagata, existen el estilo aragoto (de aramushagoto, lit. guerrero imprudente o estilo brusco); estos personajes encarnan la brusquedad, la determinación y la rudeza. Distinguirlos es bastante simple, usan un vestuario bastante complejo, su maquillaje tiene base blanca, con rayas de diferentes colores (para definir mejor las facciones y gestos) y sus diálogos se sienten muy elocuentes.

Un tercer tipo de personajes son los wagoto, hombres jóvenes de naturaleza delicada, casi siempre amantes de alguna cortesana o chica de la ciudad. Su forma delicada los pone en un nivel diferente de los onnagata y los aragoto, porque en el kabuki no se trata solo de personajes femeninos contra masculinos, sino de formas de expresión del espíritu y las emociones. El vestuario de los wagotoshi (actores que utilizan el estilo wagoto) es bastante simple, un kimono y maquillaje blanco sin mayor adición.

Un papel a veces marginado es el del ayudante, generalmente llamado kuroko (lit. chico oscuro o chico de negro) que entra en escena para apoyar en los cambios de vestuario, el reacomodo de las vestimentas o movimientos de elementos de escenografía; estos ayudantes visten completamente de negro, pues están hechos para ser invisibles. Su intervención puede ir un poco más allá, pues se les entrena para que, en caso de algún inconveniente, puedan sustituir a los actores principales.

Una pintura de un actor estilo onnagoto, cuyo vestuario es arreglado por dos kuroko.

Vimos ya, en otras formas teatrales, que el teatro japonés se define en sus movimientos lentos o prolongados (llamados mie) que permiten la apreciación de la acción, claramente se diferencia también en que no se usan máscaras (en el sentido más estricto), sino maquillaje y pelucas y, por supuesto en la conformación de su escenario, sumamente elaborado en función de sus necesidades.

Algunas otras peculiaridades tienen que ver con algunas características adoptadas del y el Bunraku, especialmente el uso de música en vivo, algunos tipos de escenarios y la forma más pausada de los movimientos. Retornaremos a estas relaciones en la segunda parte de esta entrada.

La temática de las obras, por su parte, tiene dos vertientes principales: temas históricos (jidaimono) y temas populares o domésticos (sewamono); hay un tercer grupo que consta de danzas folclóricas a veces sin uso de la voz (shosagoto).

La interacción de los personajes en escena se basa en el diálogo, compuesto casi siempre de frases de 5 y 7 sílabas, muchos de los cuales se alargan al final para mantener la tensión o la incertidumbre. Algunos personajes tienen tonos de voz específicos de acuerdo a su estilo de actuación; está también el movimiento, vertical y pausado, igual que en todas las otras formas teatrales; la música o los coros, que intervienen en muchas obras para contar parte de la historia o dotar de mayor profundidad a ciertas escenas.

Como vemos, el kabuki tiene mucho de qué hablar, especialmente porque sus características parecen una suma de otras formas teatrales, pero a la vez tiene autonomía. En la segunda parte de esta columna abordaremos algunos aspectos estéticos del kabuki, así como sus relaciones con otras formas de hacer teatro en Japón. Mientras tanto les dejo aquí un extracto de una obra de kabuki, para estar en el mismo canal al volver a encontrarnos.

Referencias: Vives, Javier, El teatro japonés y las artes escénicas (2010). Satori.