Hemos tenido guerras por territorio, guerras por oro, guerras por diamantes, guerras por petróleo. ¿De qué crees que tratará la próxima guerra? Sé que vas a decir: comida. Sí, será por comida, pero no puede haber comida sin agua – Khumalo, 2015, p.73.

Y tiene razón. De acuerdo con el ‘Informe sobre el Estado del Clima en África de 2019’ (una publicación interinstitucional, coordinada por la Organización Meteorológica Mundial, que reduce las tendencias climáticas actuales en ese continente) el aumento en la temperatura ha dado lugar a fuertes y numerosas sequías, plagas e inundaciones en diferentes zonas de África que han tenido efectos devastadores en la producción de cultivos, lo que amenaza la seguridad alimentaria e hídrica de miles de sus habitantes, así como la vida de incontables especies (p.5). Tan sólo ese año fue el más caliente registrado en todo el continente, con una media de lluvias menor al promedio en el sur y totales de precipitación muy por encima de lo esperado en el norte (2019, pp.6-7). Ante este panorama, los efectos del cambio climático y la extracción desmedida de los recursos naturales se han dejado sentir también en la literatura que se escribe actualmente en África, con referencia a las migraciones masivas en busca de alimento, la preocupación sobre la vulnerabilidad y el limitado acceso a los recursos y el visible incremento de las desigualdades sociales. En la música, el cine y las letras africanas (ensayos, poemas, cuentos y novelas) se abordan y denuncian las consecuencias de los distintos desastres naturales que han arrasado esas tierras. Por ende, desde hace tiempo deseaba dedicar una de mis columnas a la relación que la producción artística del continente ha establecido con uno de los temas más urgentes de hoy en día: la crisis medioambiental. En esta entrada, pues, me enfocaré particularmente en la situación del agua en el África. Y quiero abrir con las palabras iniciales de un ensayo de Azu Nwagbogu, director de la Fundación de Artistas Africanos (AAF), incluido en la antología Water No Get Enemy de 2012 que intenta generar consciencia sobre el agua en cuanto a su uso, disponibilidad y escasez paradójica en un mundo constituido en más de un 70% por agua.

Calentamiento global, energías renovables, los sin hogar, autistas, malaria, africanos ciegos, africanos sordos, africanos incapacitados, africanos muertos de hambre.

Africanos, en general, que sufren de abuso y malversaciones por “benefactores” que trabajan para ‘aliviar la situación’ mientras viven y viajan como superestrellas. Ahora, agregue a esa lista, el agua: el último foco de atención del mundo y nuestra próxima gran escasez.

Nwagbogu, 2012, p.16. [1]

Con esta fuerte crítica Nwagbogu denuncia, entre otras cosas, las pronunciadas desigualdades en el acceso del agua potable. Datos tan alarmantes, provenientes de organizaciones como la ONU, estiman que sólo en ese año, 2012, 66 millones de personas que vivían en Nigeria, su país de origen, carecieron de este recurso (p.17). El autor señala una y otra vez la indiferencia de los gobiernos que no se encuentran directamente afectados por esta problemática cuando, en realidad, la escasez del agua y el cambio climático son temas que nos conciernen a todos (y cuyos efectos se dejan sentir de forma desigual en distintas partes del mundo). Ahora, esos anormales y amplios periodos de sequía se han reflejado también en su literatura para niños. Por ejemplo, como ya había mencionado en mi entrada anterior, el libro ¡Esto es África! País a país de Atinuke (2019) retoma algunas de las consecuencias de la crisis ambiental en dicho continente: la paulatina reducción del lago Chad, que fuera alguna vez uno de los más grandes del mundo, ha perdido más del 90% de su superficie. La situación ha devastado a la población de los alrededores desde hace cuatro décadas, ya que el Chad era la principal fuente de agua y comida (pesca) para los habitantes del Sahel, lo que ha originado migraciones masivas entre pueblos separados ahora por hectáreas de desierto. Entre las diversas causas de esta crisis se reconocen el manejo insostenible del agua (pues hace unos años se rastreó un aumento desmedido en la extracción de agua para una agricultura y una ganadería industrializadas, además de un consumo en la zona nunca antes registrado por parte de desplazados que se instalaron en la orilla del lago huyendo de un terrorismo exacerbado por la falta de acceso a los recursos naturales) y su evaporación debido al incremento en la temperatura. De ahí que, ya desde sus obras infantiles, los africanos busquen advertir a los más pequeños sobre los impactos negativos que las industrias han tenido sobre la naturaleza y las distintas problemáticas que este hecho ha propiciado. Así, al describir a la República de Chad, las palabras de Atinuke, dirigidas a niños de 8 años, no matizan la gravedad de la situación:

Chad lleva el nombre de su lago más grande, el lago Chad. Hace mil años era el lago más grande del mundo. Hoy es mucho más pequeño y se encoge todavía más a causa del cambio climático.

Atinuke, 2019, p.62.

Reducción del lago Chad entre 1972 y 2001. Fuente: UNEP.

Aunque la disminución del lago Chad ha motivado huelgas por parte de activistas ambientales como la nigeriana Adenike Oladosu en el marco de la COP25 (la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2019) quien, mientras los fotógrafos perseguían a Greta Thunberg, citaba datos de la propia ONU respecto a la menor proporción de CO2 emitido por toda África en comparación con otros continentes y que, sin embargo, resulta el más afectado hasta el momento (los graves incendios del Sahel debido a los amplios periodos de sequía y los devastadores ciclones como Idai de 2019 que arrasó Mozambique son sólo pruebas de ello), los problemas con la escasez de agua continúan a lo largo del territorio. Siguiendo la literatura nos trasladamos a Burkina Faso, un país del África Occidental. Aquí, la situación del agua es todavía más crítica y eso se ha reflejado también en sus obras para niños. ¿Y cómo podría ser de otra manera? El nivel de violencia y la falta de alimento y agua han generado un incremento del 1200% en el número de personas obligadas a huir de sus hogares tan sólo en 2019 (OXFAM International), con cerca de 1.9 millones que necesitan urgentemente acceso al agua potable. Y es que en un país donde este recurso escasea y el salario no llega al euro diario, una botella de litro y medio de agua puede costar 1.5 euros. Por si fuera poco, el grupo más vulnerable es el de las mujeres ya que son las principales encargadas de buscar y transportar el agua en caminatas diarias de un mínimo de 5 km, en tierras controladas por distintos grupos armados, para abastecerse. Es justamente la situación que Georgie Badiel quiso plasmar en The Water Princess ‘La princesa del agua’ (2016), libro para niños en donde relata un día de su infancia en Burkina Faso. Las palabras iniciales de Badiel sirven para presentar a la narradora, su versión infantil, la princesa Gie Gie:

Soy la princesa Gie Gie. ¿Mi reino? El cielo africano, tan cerca y tan lejos. […] Puedo domar a los perros salvajes con mi canto. Puedo hacer que la hierba alta se meza cuando bailo. Puedo jugar con los vientos a las escondidas.

Pero no puedo hacer que el agua venga a mí. Ni puedo hacer que el agua sea cristalina. No importa cuánto se lo ordene.

Badiel, 2016, pp.3-7.

Badiel, 2016, pp.10-11.

El cuento narra la travesía de Gie Gie, acompañada por su madre, hasta el pozo más cercano donde se reúne con otras mujeres y niñas que también han recorrido varios kilómetros para obtener agua: “algunas han viajado más lejos que yo, sólo para regresar a casa cuando el sol se ha ido a la cama” (pp.22-23). El calor cada vez más intenso sólo permite que algunas ollas recojan la poca agua polvorienta que queda, la cual debe ser racionada para su uso (preparar alimentos, lavar ropa, beber, etc.):

Mamá trae una última taza que ha guardado sólo para mí. “Bebe, duerme, mi princesa. Mañana viajaremos de nuevo.”

Maman”, digo, mientras cierro los ojos. “¿Por qué el agua está tan lejos? ¿Por qué el agua no es clara? ¿Dónde está nuestra agua?”

Badiel, 2016, p.35.

Ya en la literatura para adultos, los cuentos sobre dicha problemática proceden de países muy diversos y evidencian las particularidades económicas y sociales de cada región. Sin embargo, todas resaltan y denuncian un incremento en las desigualdades, en los niveles de violencia y en el número de desplazados ante la falta de agua causada tanto por el cambio climático como por los procesos industriales insostenibles (en donde lo único que importa es producir más y más). De igual forma, el extremismo que arrasa el continente, particularmente a la zona del Sahel en donde se encuentran los últimos vestigios del lago Chad, se explica en parte con el impacto terrible que la disminución del recurso hídrico ha tenido sobre la población local: sin medios de subsistencia, sin comida ni agua, la gente lucha por proveer a su familia convirtiéndose en blanco de reclutadores terroristas que ofrecen seguridad alimentaria. Analistas como Robert Muggah del Instituto Igarape en Brasil aseguran que la reducción de las fuentes de agua son “puntos álgidos de violencia” en zonas como las del Sahel porque estas comunidades batallan con la merma de sus cosechas, la carencia de bebida y el aumento en la pobreza. No obstante, deseo comentar brevemente un último relato que se aleja un poco de esta región. Proviene de Sudáfrica, otro país que enfrenta en la actualidad una crisis en el agua. Desde 2018, algunas de sus urbes como Ciudad del Cabo, la segunda más grande del país, agonizan por la falta de suministro de agua. Y es que, como advierte Friederike Otto (la subdirectora del Instituto de Cambio Ambiental de Oxford), Sudáfrica comprende históricamente un área con altos riesgos de sequía y se esperan aún más a medida que el planeta se calienta. Ya hay regiones del país en las que no ha llovido en cinco años, aldeas enteras que llevaban 3 meses sin agua en 2019, sumado a la cuenta regresiva para el ‘día cero’ en Ciudad del Cabo, el día en que finalmente los grifos dejarían de proveer agua a sus ciudadanos (pues su principal presa, la Theewaterskloof, tenía sólo el 12.5% de su capacidad y se había convertido en un enorme desierto). En dicho marco, no sorprenden las palabras iniciales del cuento “Ink” ‘Tinta’ del escritor sudafricano Mark Winkler:

Algunas noches sueño con caminar bajo la lluvia que nunca he visto. Cae caliente sobre mi piel desnuda, pero cuando despierto mi almohada sólo está empapada en sudor…

Winkler, 2016, p.3. [2]

Su protagonista, una cartógrafa que trabaja sobre los antiguos planos de una ciudad distópica, recuerda lo que en ese momento ya son sólo viejas leyendas de “una tierra que vivió antes de que se convirtiera en polvo, que pescó en el mar antes de que éste retirara sus olas y permitiera que el desierto reclamara para sí mismo su parte inferior” (Winkler, 2016, p.4). En esta nueva Sudáfrica, caracterizada por una carencia total de agua, el paisaje es desértico y su población apenas evoca lo que esas tierras solían ser. Angela, con un interés por los mapas viejos, intenta redescubrir los ya extintos cursos de agua que abastecieron la ciudad y reconstruye en pinturas cuevas de montañas verdes que hace tiempo albergaron murciélagos, pantanos que alguna vez reprodujeron jejenes y mosquitos, bosques por los que bajo su sombra caminaron en una época remota sus antepasados. Como ella misma reflexiona:

Después de que los pantanos se secaron, dicen los ancianos, los insectos se extinguieron y los murciélagos murieron de hambre. En las cuevas que alguna vez gotearon agua, sólo las estalagmitas y estalactitas dan testimonio de ese lejano pasado, incluso cuando se desmoronan hasta convertirse en polvo.

Winkler, 2016, p.6. [3]

No me alcanza el espacio para abordar todos los relatos que quisiera (del cuento del escritor sudafricano Fred Khumalo, “Water no get enemy” (2015), sólo logré agregar el contundente epígrafe que abre esta entrada). Tampoco retomar la literatura que abarca las inundaciones y ciclones que son otro de los efectos que se han dejado sentir en África a causa del cambio en el clima. Espero poder hacerlo. Pero deseaba escribir algo que en el marco de nuestras actuales problemáticas sobre el agua en México (en las que no me extenderé aquí pues la columna es respecto a África), nos hiciera percatarnos de que la crisis hídrica no se trata de un fenómeno aislado, sino que se manifiesta en distintas regiones a partir de diversas variables. Su impacto se ha dejado sentir hasta en la literatura (incluida la escrita para niños), uno de los medios de resistencia más antiguos que conozco. Alguna vez cantó Fela Kuti, el legendario pionero de la música afrobeat (una combinación de música yoruba, jazz y funk de la década de los 70’s), que el agua no tiene enemigos. Pero, como señalaron en 2017 varios medios de comunicación sierraleoneses tras el desastre ocasionado por las insólitas inundaciones y deslizamientos que asolaron el país, parece ser que desde hace décadas las grandes industrias, con su ambición y producción insaciables (aunadas a la falsa idea capitalista de consumo como medida de éxito y bienestar), le han declarado la guerra. Y si ganan, perderemos todos.


Bibliografía

ABC. (7 de noviembre del 2019). La sequía en el sur de África como aviso al resto del mundo.

Atinuke. (2019). ¡Esto es África!: País a país. Planeta.

Badiel, Georgie. (2016). The Water Princess. Based on Georgie Badiel’s Childhood. G.P. Putnam’s Sons Books for Young Readers.

BBC Mundo. (27 de febrero del 2018). Por qué el lago Chad, uno de los más grandes del mundo, ha perdido más del 90% de su superficie en cuatro décadas.

Chikezie, Chukwu-Emeka. (4 de septiembre del 2017). ¿Tiene enemigos el agua? Puede que en Sierra Leona sí… Equal Times.

Europa Press. (18 de junio del 2018). Lago Chad, ¿un lago que desaparece o evoluciona?

Gerretsen, Isabelle. (12 de marzo del 2019). El aumento del extremismo se debe al cambio climático, aseguran expertos. Expansión.

Hernández, Belén. (18 de diciembre de 2019). La nigeriana que quiere salvar el lago Chad. El País.

Khumalo, Fred. (2015). Water No Get Enemy. En N. Mulgrew y K. Szczurek (Eds.), Water: New Short Fiction from Africa (pp.71-82). New Internationalist.

Larrosa, Lidia. (2 de junio del 2016). Donde el agua es oro. El País.

Nwagbogu, Azu. (2012). Essay. En T. Olu y C. Singh (Coords.), Water No Get Enemy (pp. 15-18). African Artists’ Foundation.

OXFAM International. (2019). La crisis del agua en Burkina Faso: una lucha por cada gota.

Winkler, Mark. (2016). Ink. Books Live Sunday Times.

World Meteorological Organization. (2019). State of the Climate in Africa.


[1] Traducción propia.

[2] Traducción propia.

[3] Traducción propia.