África está ahí para ser objeto de pena, de idolatría o de dominación. Tomes el ángulo que tomes, asegúrate de dejar la fuerte impresión de que sin tu importante intervención, África estaría condenada – Wainaina, 2005, p.21.

Y ya había declarado antes a modo de crítica: “Trata África como si fuera un sólo país. Hace calor y es polvoriento, lleno de praderas onduladas y enormes manadas de animales junto a gentes altas, delgadas y famélicas” (2005, p.19). Esta es, lamentablemente, una de las imágenes más recurrentes cuando la conversación gira en torno a África. Lo sé porque lo he escuchado innumerables veces en pláticas casuales y lo he leído en notas periodísticas e incluso en redes sociales. Por tanto, desde hace tiempo deseaba profundizar en la configuración que nos ha hecho mirar al continente de esta forma. Abordar algunos de los tan diversos estereotipos que rodean al África. Si bien ya había tocado dicho tema en entradas previas, cada vez me parecía más urgente retomarlo. Les explicaré el porqué. En los últimos meses me he topado a lo largo de distintas páginas con un sinnúmero de comentarios ofensivos (por decir lo menos) que invalidaban o se burlaban de las denuncias y reflexiones que académicos y autores africanos han realizado con respecto a la (pos)colonialidad, la representación del continente, el racismo vigente, la esclavitud y otros aspectos. Personas que jamás han vivido en un contexto similar los acusaban de victimizarse, de aferrarse a su pasado, de hablar de las mismas situaciones de siempre. Entre ellas, inclusive, algunas que en su momento apoyaron el combativo Black Lives Matter de la comunidad afroestadounidense y que ahora negaban la existencia de cualquier discriminación hacia África; los mandaban entre bromas a plantaciones de algodón, a cantarle a sus ancestros bajo un árbol y los culpaban de ‘no querer salir adelante’ (“son pobres y si continúan quejándose nunca dejarán de serlo”, dijeron). Quise contestarles pero no sólo desde lo que yo pensaba, sino a partir de lo que los propios escritores africanos han compuesto con base en sus experiencias. En cierta forma, esta es la respuesta. Y comenzará con las palabras que abren el poema “Safari” (2004) de la escritora nigeriana Toyin Adewale:

Cuando leí mis poemas

goteantes de fuego y alcantarillas,

me preguntaron, “¿no escribe usted

acerca de árboles y constelaciones?”

Con sus palabras, la autora encara uno de los principales estereotipos del continente: el África de los pueblos primitivos que conviven en armonía eterna con la naturaleza. Lo que Adewale señala aquí es la idea romántica que rodea al África como si fuera una única tierra habitada por grupos tribales (cuyas distinciones contextuales, culturales y lingüísticas son pasadas por alto) que sólo le cantan a las ‘bellezas de lo natural’. En efecto, diversos autores han criticado ya esta apreciación, al tiempo que intentan visibilizar textos que rompen con el mito de que los escritores africanos siempre hablan de ‘animales’ o ‘ancestros’. En su obra Cómo escribir sobre África del 2005 el escritor keniano Binyavanga Wainaina aborda también dicha idea, ampliamente extendida (“Usa siempre la palabra ‘África’, ‘oscuridad’ o ‘Safari’ en el título. […] También son útiles palabras como ‘guerrillas’, ‘sin tiempo’, ‘primordial’ y ‘tribal’, p.19), y aconseja de forma irónica a escritores extranjeros que, al hablar sobre el continente, nunca dejen de aludir al encanto natural de esas tierras (pues es lo que más capta la atención de la población no africana): “sus lectores se desilusionarán si usted no menciona la luz. Ah, y los atardeceres, claro. Las puestas de sol en África son obligatorias. […] Siempre hay un cielo inmenso. Los paisajes son importantísimos (África es la tierra de los Paisajes Imponentes, de los Espacios Salvajes y Enormes)” (2005, p.22). En ese sentido, retoma las representaciones típicas que conforman el imaginario sobre el continente: “tus personajes africanos deben incluir guerreros desnudos, sirvientes leales, adivinos, videntes y viejos hombres sabios viviendo en su hermético esplendor” (p.21), para; posteriormente, enumerar una serie de características atribuidas a estos personajes como, por ejemplo, la cercanía con la Madre Tierra y su nobleza idealizada (es decir, el tópico del buen salvaje).

Ahora, de vuelta a “Safari”, Adewale responde:

Y yo dije, “en esta tierra amamos con dolor,

hasta las melenas parecen látigos.

No puedo fingir que la sangre en mi boca

es salsa de tomate”.

En realidad, dicho poema señala otro aspecto de vital importancia. África ha estado inmersa por siglos en un sinnúmero de transformaciones sociales (invasiones extranjeras, diásporas, movimientos de independencia, etc.) y, por tanto, en situaciones de injusticia, desigualdad y violencia (tal cual ha sucedido en otras regiones que también han atravesado por una serie de cambios sociales abruptos, por ejemplo). Así pues, parte de su literatura ha fungido como un mecanismo para evidenciar estas problemáticas. No obstante, la postura adoptada por autores africanos dentro de sus obras no es de víctimas (como tanto se les ha acusado en comentarios de Facebook). En concreto, ellos usan la palabra no sólo a manera de denuncia, sino también como medio para trasmitir la memoria colectiva de sus pueblos. Aunque ya lo había abordado en una entrada anterior, es urgente recalcar que la literatura representa, para la mayoría de los africanos, un dispositivo para registrar su pasado y su presente. Esto no significa, sin embargo, que el peso que le otorgan a cada uno haya sido idéntico a través de los siglos, o que aborden siempre los mismos temas a lo largo del continente pues priman en él diferentes preocupaciones, contextos e intereses. Cabe recordar, en todo momento, que el África comprende una multiplicidad de matices, culturas, perspectivas y cosmovisiones distintas. Por ende, no debe ser tratado como si fuera una única civilización, reducción que también ha sido criticada ampliamente (en ese sentido, soy consciente de los peligros de la generalización y la enorme necesidad de abordar cada uno de los países y pueblos que lo integran de manera particular en próximas columnas). Ahora bien, lo ocurrido (a lo largo de su historia y en la actualidad) es y será para siempre parte de su gente. En consecuencia, el poema “Do Not Fear The Past” o ‘No temas al pasado’ de la autora tanzana Zuhura Seng’enge ilustra ese deseo de autoreconocerse, de apropiarse de su historia, de asumir su responsabilidad en ella y de reconstruirse a pesar de lo acontecido. Aquí un fragmento:

No temas al pasado.

Abrázalo

Deja que te enseñe la sabiduría de tu raza

Toma sus enseñanzas y vive de acuerdo con ellas

Reconoce la identidad que fue borrada.

No temas al pasado,

No lo odies.

No temas al pasado,

Aprende de él.

Deja que te enseñe,

Deja que te nutra,

Deja que te recuerde, quien eres.[1]

Incluso los propios escritores africanos se burlan de la postura que culpabiliza únicamente a Occidente por el contexto actual que atraviesa África. Así entonces, en el texto ya mencionado de Wainaina, el autor agrega nuevamente de forma irónica: “cuando hables de la explotación de África por los extranjeros, menciona a los comerciantes chinos e indios. También culpa a Occidente por la situación de África, pero no seas demasiado específico. Hablar generalizado es bueno. Evita que los personajes africanos se rían o luchen para educar a sus hijos” (2005, p.21). Fuerte y directo ¿no? Ahora, para diversos escritores la palabra se ha convertido también en un medio de resistencia, combate y denuncia. La intención es visibilizar sus problemáticas (como lo han hecho muchas otras civilizaciones y culturas a lo largo de la historia) y despertar al mundo, incluyéndose a sí mismos, de la indiferencia. En efecto, la poesía de Noémia es esencial aquí. Noémia de Sousa, apodada ‘madre de todos los poetas de Mozambique’, es un personaje clave en la historia y la literatura africanas. No sólo fue la primera mujer negra en publicar poemas de denuncia político-social en su país de origen, sino que también formó parte de la resistencia contra el colonialismo portugués que controló Mozambique durante más de cuatro siglos. Por ende, toda su producción literaria resulta una fuerte crítica al contexto que le tocó vivir (como lo hicieran Alda Lara en Angola y Nadine Gordimer en Sudáfrica, por ejemplo) y una abierta invitación a despojarse de la apatía. Su poema “Nuestra voz” constituye entonces una muestra de la fuerza que tiene la palabra en el despertar de su gente. Un fragmento:

Nuestra voz se irguió consciente y bárbara

sobre el blanco egoísmo de los hombres,

sobre la indiferencia asesina de todos.

Nuestra voz mojada por la cacimba[2] del sertón,[3]

nuestra voz ardiente como el sol de las malangas,[4]

nuestra voz atabaque[5] llamando,

nuestra voz lanza de Maguiguana,[6]

nuestra voz, hermano,

nuestra voz traspasó la atmósfera conformista de la ciudad

y la revolucionó.

Finalmente, quiero abordar brevemente otro de los estereotipos que rodean al continente que ya había comentado en entradas previas. Este es, pues, el de África como un territorio atrasado, ignorante y marginado. Un tema que he tratado en varias ocasiones y que, sin embargo, no podía faltar en esta reflexión con respecto a la configuración que hemos tenido durante años sobre el continente africano. Así entonces, para cerrar la columna retomaré por último otros de los textos y comentarios que escritores y artistas africanos han elaborado sobre dicha preconcepción. Si bien algunos los he incluido, por ejemplo, en mi primer entrada (como la canción del marfileño Tiken Jah Fakoly, Viens Voir (2007), que constituye un reclamo a la idea del continente como la cara por excelencia de la pobreza), las palabras del autor mozambiqueño Mia Couto son, en realidad, bastante directas en este punto. Citando un conocido proverbio africano, “Hasta que los leones no se inventen sus propias historias, los cazadores serán siempre los héroes de las narraciones de caza”, el escritor señala que es necesario cuestionar y cambiar la relación que otros continentes y países han establecido con toda África, creando una imagen del continente que amplifica y beneficia a la suya propia. El mismo Wainaina critica también esta noción de una forma irónica, como ya es costumbre en sus letras, dirigiéndose a los autores extranjeros: “recuerda que cualquier trabajo en el que la gente aparezca mugrienta y miserable será alabado como la ‘África real’ y eso es, precisamente, lo que tú quieres que se ponga en la contraportada de tu libro. No sientas malestar por esto: estás intentado ayudarles para conseguir ayuda de Occidente” (2005, p.21). En definitiva, a partir de las letras los escritores intentan deconstruir las distintas imágenes y los estereotipos que priman sobre el continente e invitan a repensar al África desde su enorme diversidad y su gran riqueza histórica, natural, lingüística y cultural.

Portada del libro Cómo escribir sobre África de Binyavanga Wainaina (2005).


Bibliografía

Adewale, Toyin. (2004). Safari (Rafael Patiño, Trad.). Festival Internacional de Poesía de Medellin.

Arreyes, Rodrigo. (2001). Cinco décadas de poesía recuperada en «Sangue Negro» de Noémia de Sousa (español). Revista Transas: Letras y Artes de América Latina.

Gómez, Diego. (24 de julio del 2020). Entrevista a Mia Couto: una conversación con el autor mozambiqueño. Letras Libres.

Seng’enge, Zuhura. (2018). Do Not Fear The Past. Badilisha Poetry.

Wainaina, Binyavanga. (2005). Cómo escribir sobre África (Aurora Moreno Alcojor, Trad.). Granta, (92), 19-22.


[1] Traducción propia.

[2] Vasija para recoger agua de lluvia o de manantiales.

[3] Región geográfica semiárida que se distingue por sus bajas precipitaciones.

[4] Planta de tallo corto y tubérculos comestibles que se cultiva en terrenos bajos y húmedos.

[5] Instrumento musical de percusión, similar a un tambor, de origen africano.

[6] Distrito de la provincia de Gaza en la zona meridional de Mozambique.