La música siempre trae diferentes experiencias y sensaciones, el día de hoy Sebastián Osvaldo nos comparte desde Argentina un interesante cuento.

Tomé los auriculares. Estos eran otros, unos nuevos que me consiguió mi compañero de cuarto. Me asomé por el marco de la puerta para cerciorarme que todos estuvieran dormidos. Tuve que elegir un tema nuevo esta vez, con el anterior no pude llegar ni al comedor antes de que me interrumpieran. Puse play y mi cuerpo empezó a moverse solo, como si yo fuera el títere de las notas musicales. Mis primeros pasos fueron por el pasillo. Palpé las paredes mientras que los pies se deslizaban por la alfombra. La melodía acompañaba mis latidos, como cómplices. Al llegar a la escalera di saltos y giros precisos, pero silenciosos, siempre apoyando la planta del pie correctamente en los escalones menos ruidosos. Al llegar al comedor, justo en el estribillo, me deslicé como una serpiente por el cerámico. Por momentos giré sobre mí misma como un trompo, buscando la mejor posición para no tropezar con los muebles. Logré filtrar mis dedos por el vidrio hasta alcanzar las llaves. Las apunté hacia la cerradura como si fueran un pájaro que vuela entre los árboles. El bronce había comenzado a girar y en el momento preciso en que sentí la briza de esa noche de verano, me sujetaron del brazo con fuerza. El portazo hizo temblar las paredes. Me quitaron los auriculares y me arrastraron de vuelta a la habitación. Quizás debí intentar con una canción diferente.

Acerca del autor

Sebastián Osvaldo es profesor de teatro de Argentina, trabaja en escuelas y publicó una serie de micro-relatos en una antología publicada por la editorial Niña Pez.

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