En medio de las tormentas que van y vienen, hemos vuelto a hablar de teatro en esta columna. Se pueden sorprender al notar que he tomado la decisión de empezar a hablar de teatro Nō (también lo llaman Noh) en lugar de finalizar la entrada sobre Kabuki y, mis intenciones no son otras que contextualizar algunos elementos que son comunes a ambas formas teatrales, para que, en el momento que finalicemos la entrada sobre Kabuki, todo esté muy claro. 

Así como la historia sobre las capitales niponas (un día se las contaré, es muy bonita), la historia del Nō se remonta a una leyenda, en que el dios sintoísta del templo Kasuga en Nara tomó forma de anciano y bailó bajo un pino (a ese pino lo llaman Yōgō), aquel suceso ocurrido entre los siglos VII y VIII perduró en la famosa escenografía del Nō, que siempre tiene un árbol de fondo. 

La leyenda tiene algo de realidad porque, al igual que ocurre con las demás formas teatrales de Japón, el Nō nace de las antiguas  danzas religiosas japonesas; Javier Vives nos remonta a 1374, cuando Kannami Kiyotsugu ejecuta una serie de danzas ante el shogun de la época, dando inicio a la tradición del Nō. Sería su hijo Motokiyo Zeami quien puliría aquellas danzas y convertiría a esta forma teatral en una de las más importantes de Japón, creando tratados para la ejecución de este arte. Fue él también quien se encargó de la escuela Kanze, la más notoria y sobresaliente en la historia del Nō, pues sigue vigente hasta nuestros días. 

Junto a Zeami estarían su primo Onnami y el hermano adoptivo de este, Zenchiku Konparu, quienes darían al Nō una extravagancia que les valería la gracia y protección del shogunato, desde los sucesores de Ashikaga hasta el clan de Nobunaga y el de Hideyoshi; esta protección le permitió al Nō sobrevivir a diversos movimientos sociales a lo largo de los años y así consolidarse como una de las forma teatrales más reconocidas de la era moderna. 

El teatro Nō, nacido de medio religiosos y espirituales, disfruta del vacío, ya sea presente en los movimientos lentos que después terminan en momentos estáticos, en los silencios prolongados que se rompen repentinamente e incluso en las máscaras, casi siempre simples y sin mayores coloraciones. 

El Nō retoma los vacíos y la aparente simplicidad de los movimientos artísticos que acompañaron su desarrollo (durante el periodo Muromachi), desde la pintura, pasando por las artes marciales hasta la ceremonia del té con su gestualidad y movimientos perfectos; pero fue sobre todo del movimiento zen que tomó sus mayores virtudes, convirtiéndose en un arte entendido a partir de lo austero y simple, lo sugerente más que lo que podía saltar a la vista y lo interior como forma de comprenderlo todo. 

Estas características se resumen para muchos en el Yūgen, un principio estético basado en lo misterioso, lo oscuro y lo profundo; Zeami lo definiría como “elegancia refinada”. 

De las prácticas religiosas se retomaría también el escenario, que asemeja una choza, no solo un espacio semejante a un ring, como sí ocurre en otras formas teatrales. En el sintoísmo las zonas de oración y de danza están separadas, son un ambiente casi exclusivo, de ahí que en el Nō tenga un espacio arquitectónico propio, semejante a una casa dentro del teatro mismo. En cuanto a la división del teatro, es complejo explicar todos los espacios, cada uno destinado a diferentes actividades tanto de actores como personal de apoyo; en todo caso aquí les dejo un par de imágenes para contextualizar. 

Bástenos con hablar de los tres espacios principales: el cuadrado central (que está techado) que representa a la tierra y donde actúan los humanos; el hashigaraki, corredor que transitan las almas para llegar al tercer espacio, llamado kagami no ma o sala del espejo, debido a que se encuentra tras cortinas de colores, representaciones de los elementos, además es ahí donde el actor principal  se pone su máscara de manera ritual. Este último espacio representa al más allá, donde residen criaturas como dioses, fantasmas y espíritus de todo tipo. Los integrantes del coro y los músicos se sitúan en los extremos del hashigaraki.

Las historias contadas en el teatro Nō (cargadas de formalidad y tragedia) van desde temas históricos, pasando por leyendas y, en menos ocasiones, temas literarios clásicos; al igual que ocurre en occidente, la trama se divide en tres tiempos y comienza con algún personaje secundario dando un preludio, para después dar paso al protagonista quien desarrollará la historia, casi siempre enlazada a algún tipo de redención. El lenguaje empleado por los personajes es más elaborado y cargado de modismos antiguos, lo cual le viene dado por su historia como arte dedicado a la aristocracia militar, ámbito que permitió su desarrollo en un tiempo en que muchas otras formas artísticas se perdieron; aún así, durante el periodo Meiji estuvo a punto de desaparecer debido a la abolición del shogunato. El papel que el Nō y el Kyōgen desempeñaron dentro del ámbito artístico los llevó a ser reconocidos como artes nacionales, pudiendo así adentrarse en la era moderna japonesa.

Ahora bien, un programa completo de Nō se compone de 5 piezas, entre las cuales se presentan 4 obras Kyōgen, una forma teatral de la que ya hemos hablado; si bien este Kyōgen es más bien cómico, pues se usa como una forma de menor seriedad que permite al público prepararse para la siguiente pieza. El uso de máscaras o trajes elaborados, que tienen lugar en el Kyōgen que se presenta de manera individual, casi nunca están presentes en los interludios del Nō. A la unión de ambos dramas se le denomina Nōgaku, pues como ya he dicho, el Kyōgen se presenta también por sí mismo. 

Así, hemos hablado ya de las generalidades del Nō, un amante del vacío desde el escenario hasta el movimiento, pero existen muchos más temas de los que deberíamos hablar, desde los personajes, la música, el vestuario y el uso de la máscara; pero todo eso lo trataremos en la siguiente entrada que cerrará este tema y nos permitirá, a su vez, terminar de hablar de Kabuki.