La música cambia personas, crea historias y se vuelve parte de nosotros. En esta ocasión Karla Denisse Quiñones Acosta nos comparte desde Cuba un interesante cuento.

Ilustración: Mujer-canción; por Patricia Trujillo Blanco. (La Habana, Cuba). 2021

Esta es la historia de una canción en la voz de una mujer antigua.

Cantaba mucho, siempre, al punto de que Carmita era su nombre y canción, su apellido. Quien pasara por la calle no podía imaginar que detrás del portón oxidado a media cuadra, residía una señora entrada en años, muy avanzada en años; pero jamás vieja. Detrás del portón se extendían sus dominios. Un patio profundo, casi selvático y una choza de madera al final de un caminito de piedras. Al fondo, en la frontera con el resto de las casas, se alzaba una imponente ceiba.

Carmita tenía muchos gatos, ni ella sabía cuántos; muy a menudo sospechaba que los que ya estaban, llamaban a otros y les contaban que allí había dónde comer. Se podía comer de las manos de una señora entrada en años. No solo los gatos comían, una niña también; de las manos de Carmita, que recogía los higos del suelo cuando se precipitaban del árbol. Si no eran higos, era entonces arroz con leche, natilla de vainilla, cualquier cosa dulce.

—Mi niña —le decía—, en mis tiempos mozos encendía la radio y me pasaba horas tarareando y planchando vestidos, hasta quemé unos cuantos. ¡Cómo me regañaba mi mamá después!

La madre de Carmita se llamaba Juana. Juana, la cubana. No es cierto, solo Juana. Carmita tenía una foto de ella fija en la pared, colgada de un clavito también fijo a la madera de la choza. Cuando la miraba (muy seguido), sacaba a bailar a un compañero invisible y se movía lentamente. Entonaba muy alto una canción y señalaba, al mismo tiempo, los tramos de sus piernas. Decía:

Mañana por la mañana, te espero Juana a tomar el té. Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta, el pie. La punta, el pie, la rodilla, la pantorrilla y el peroné. Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta, el pie.

Esta es la historia de una canción en la memoria de una niña.

Su abuela hablaba mucho con Carmita, la vecina de los mil gatos. Una señora de pelo blanco, muy vieja, que alternaba los días entre un vestido naranja y otro azul, los dos por debajo de la rodilla. Era de tamaño recortado; quizás lo era más por la ligera joroba de su espalda.

Un día la niña cruzó al patio de Carmita, para hacerle compañía. Caminó por un sendero de piedras hasta la entrada de su choza de madera. Alrededor era todo naturaleza, puro bosque. Casi no daba el sol. Un reino de bichos y arañas peludas, con toda certeza. Al final, en el patio de la choza, había una ceiba que tenía rostro. Aquella ceiba podía observar, vivía. Le sobresalían protuberancias que bien podían ser sus párpados, su nariz y sus labios. Claramente, un rostro. Sin embargo, pronto perdió protagonismo, de la misma forma en que se solapa una historia sobre otra; porque Carmita compartió aquel día uno de sus postres. Regalo divino. Las dos, dentro de la choza, comieron hasta saciarse. Se hizo costumbre aquel espacio conjunto; después del dulce seguía una melodía vieja que cantaba la señora. La niña recuerda haberle preguntado una vez, con auténtica curiosidad:

— ¿Quién es más vieja, Carmita? ¿Tú o la canción?

—Ninguna de las dos.  Lo viejo la gente lo bota, mi niña. Tanto la canción como yo, las dos somos antiguas. ¿Ves? El tiempo nos da valor.

¡Cuánta razón la de aquella mujer antigua y su canción! Tenía un amplio repertorio; pero la mejor de todas era una que cantaba mientras miraba el cuadro de su madre, delicadamente, como si le refiriera cada palabra y la extrañara con los gestos. Lucía muy graciosa, así de pequeña. Mostraba sus piernas y decía:

Mañana por la mañana, te espero Juana a tomar el té. Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta, el pie. La punta, el pie, la rodilla, la pantorrilla y el peroné. Te juro Juana que tengo ganas de verte la punta, el pie.

Un día inevitable se extinguió su canto. Intentó llamarlo con la voz deshilachada y las piernas inmóviles, desde la choza de madera. En su lugar, atrajo parientes lejanos, que se la llevaron y se olvidaron de sus gatos. Todo aquello lo vio la ceiba, desde el fondo. Dejaron los higos tumbados en la tierra y la foto de la madre colgada en la pared. La casa se quedó profundamente dormida.

A todas estas, aún no se sabe bien si era la canción quien cantaba a la mujer, o la mujer quien cantaba a la canción. A la niña, no tan niña en estos días, le gusta pensar que se trataba de un solo ente, una forma híbrida, única en su especie, que se avista una sola vez en la vida. Resulta imposible recordarla sin cantar; y eso es lo más importante. No ha sido catalogada por la ciencia; porque no hubo ciencia en el ser de la mujer-canción. Solo música.

Acerca de la autora

Karla Denisse Quiñones Acosta, (La Habana, Cuba). Nacida el 30 de octubre de 1998. De profesión Licenciada en Turismo, y vinculada desde niña al refugio divino del arte de la escritura. Merecedora del Premio de narrativa para niños en el Evento Literario Encuentro Debate 2015, organizado por la Casa de la Cultura Roberto Faz del municipio de Regla, en La Habana.

Ganadora, en el mismo año, del Premio Especial a Tallerista más joven del 41° Encuentro Provincial de Talleres Literarios, auspiciado por el Centro Provincial de Cultura Comunitaria de La Habana. Posteriormente, merecedora de una Mención en el concurso Parnaso Estudiantil del Festival Internacional de Poesía de La Habana (2016). Premiada, con el primer lugar en género cuento, en el concurso infantil “Por los caminos de Guane. Entre mariposas y colores”, del Instituto Cubano del Libro.

Publicado en 2021, uno de sus cuentos para niños en la “Antología de cuentos infantiles Pequeños Gigantes”, conformada por la escritora Andreyna Herrera y auspiciada por la Red de Escritores y Escénicas Potosí-Bolivia.