El ser humano tiene esa terrible capacidad, casi castigo, de la autopercepción. Pienso que a veces es tanto el miedo que tenemos de conocernos a nosotros mismos, que decidimos empezar a ver más allá: cómo es el lugar que nos rodea, cómo se configura la lengua con la que nos comunicamos, cómo son los mares y quiénes habitan en sus profundidades más oscuras… Después vimos hacia el cielo y nos fuimos tan lejos que llegamos al Todo y a la Nada. En esa infinidad, encontramos varios dioses y después volvimos a mirar hacia abajo para encontrar nueve círculos en el infierno. Tanto era el miedo que sentíamos por enfrentarnos a nuestro yo que empezamos a inventar historias del pasado, buscamos significados en los planetas y en las estrellas, danzábamos entre fogatas para ver más allá de lo que en ese momento teníamos. Tanto era el miedo que nos teníamos que agotamos las posibilidades de ver y tratar de entender hasta lo que no se ve, que tuvimos que empezar a pensar en nosotros.

En la tradición del budismo zen, constantemente se hace referencia al concepto del rostro original. “¿Cuál era tu rostro original antes de nacer? No hay una respuesta en específico para este koan[1], pero al menos nos invita a reflexionar desde nuestra nula formación budista: ¿Cuál es nuestro rostro? El del ayer, el de hoy, tal vez no el de mañana pero ¿cuál es? Tal vez nuestro rostro es el todo para definir quiénes somos: la expresividad de los ojos, la capacidad de nuestra boca para emitir sonidos, el rubor de nuestras mejillas… El rostro es aquel que hace que el otro tenga la capacidad de leernos, de indagar un poco más allá de nuestras meras palabras que, casi siempre, son vacías.             ¿Estaremos acaso delimitados por nuestra cara? Es verdad que por más que dos personas se parezcan, nunca serán totalmente iguales.

Si el rostro es aquel leal traicionero, ¿de qué manera podríamos evitar que el otro nos conozca más allá de lo que queremos que vea? Es obvio que no podemos arrancarnos los ojos (a menos que seamos Edipo que, irónicamente, al conocerse a sí mismo no tuvo otra alternativa) o borrarnos nuestros rasgos faciales, pero sí podemos ocultarlos. Y es gracias a las máscaras, que podemos encontrar un refugio para ignorar esa noción del yo y moldearla a nuestra conveniencia.

No se sabe con precisión cuándo fue que las máscaras surgieron, pero sí hay registro de su existencia desde las primeras civilizaciones. Los usos han sido diversos, así como las representaciones y los diseños. Muchas veces, su utilidad era para el entretenimiento como en el teatro griego o en el teatro Noh japonés. Otras veces, su función recae más en aspectos ceremoniales y religiosos, una especie de unión entre el ser que representa la máscara y aquel que la porta.

La máscara ha estado presente en todas las formas de expresión artística. Dentro de la tradición de la lucha libre, la máscara se emplea para defender el honor de la identidad anónima. Pienso también en el caso específico de The Legend of Zelda: Majora’s Mask, la transmutación del cuerpo y la posibilidad de tener diferentes identidades a través de las máscaras que aparecen dentro del videojuego, en las que Link logra sentir el dolor y los sentimientos de aquellos a los que representa.

Una obra que aborda todo esto sobre el yo y la autopercepción es, Confesiones de una máscara, novela escrita por Yukio Mishima en 1949. El mismo título parece tener una trampa (en japonés, el significado es el mismo 仮面の告白 Kamen no kokuhaku), pues, ¿qué es una máscara sino algo premeditado? ¿Cuánta veracidad puede haber en lo que te dice una máscara? Esta novela que suele ser considerada como autobiográfica plantea diversos temas bastante complejos sobre la niñez y adolescencia del protagonista y es un constante descubrir y redescubrir del yo, dejando a un lado todas las máscaras que se nos impone usar.

Dentro de la fotografía, me parece bastante interesante el trabajo de Charles Fréger. Nació en Francia en el año de 1975 y parte de su obra se ha centrado en retratar la vestimenta tradicional o que se usa en ocasiones especiales dentro de  varias culturas. En lo personal, su libro Yokainoshima (Isla de monstruos, 2016) me parece de lo más interesante, pues el fotógrafo viajó a Japón para recuperar y documentar todas estas máscaras que se usan en festividades centenarias más allá del teatro. Monos, diablos, ogros, todo eso y más podemos ver en las geniales fotografías que se presentan en esta obra.

Las máscaras están presentes en cualquier tipo de arte, sí, pero también en nuestras vidas cotidianas. Desde una perspectiva más cercana, considero que vivimos todo el tiempo ocultando nuestro rostro en dos tipos de máscaras: los cubrebocas y los filtros de las redes sociales. El miedo a exponerse ya sea a un virus o a una expectativa de lo que se supone que somos, perdura. Estamos en una negación constante de nuestro yo, de los límites más externos y palpables de nuestra identidad: el rostro.[2]

Por último, las máscaras de falsedad que cargamos desde siempre, son de las primeras que debemos empezar a deshacernos. Estamos rodeados por máscaras y parece hasta algo inevitable. ¿Hasta cuándo aceptaremos nuestro rostro original y nos desharemos de todas esas capas de falsedad y comodidad? ¿Hasta cuándo nos permitiremos ser, en verdad, nosotros mismos? Olvidémonos un momento del mar y del cielo, dejemos de tratar de encontrarnos en los astros y en el arte, refugiarnos en un rostro falso y premeditado, y comencemos a perderle el miedo a los espejos.


[1] Problemas que se resuelven dejando atrás la racionalidad.

[2] Disclaimer: no estoy en contra del uso de cubrebocas.