Hace unos meses comencé a tomar clases para aprender a catar vino. Algo que siempre me motiva a buscar el aprendizaje es conocer gente que tiene pasión por lo que hace. Mi profesora es una gran apasionada de la gastronomía y no sólo me ha enseñado sobre el mundo del vino, también sobre las relaciones entre la memoria y las emociones. Así es, mi primera clase no fue sobre tomar vino, aprender procesos técnicos de la elaboración o los nombres, difíciles de recordar, que reciben ciertos aromas como el de la tierra mojada, es decir, el petricor. La primera clase fue sobre recordar. Hablamos sobre la memoria y cómo creamos anclajes a partir de las experiencias degustativas. No era necesario memorizar que un vino Malbec de la región de Cahors tiene tendencia a los aromas especiados. Lo necesario era crear un anclaje de ese momento con alguna emoción o recordar que me hacía sentir el aroma a especias.

Recordé a mi abuela y a mi mamá cocinando desde la mañana hasta bien entrada la tarde-noche. La cocina era uno de los pocos espacios en los que se llevaban bien. No había pleitos en ese sagrado lugar porque tenían la creencia de que si uno cocina enojado la comida no iba a tener buen sabor. Así se pasaba la tarde, aventándose una maratónica para preparar chiles en nogada, mole, la cena de navidad, etc… Un sinfín de platillos preparados en un ambiente donde se manejaba un lenguaje que hasta hoy comienzo a entender. Porque no basta con sólo saber los procedimientos, es necesario entregarte a ese mundo para poder sentir la emoción del aroma que siempre suelta el primer hervor.

Entonces, un Malbec de la región de Cahors no sólo me sabe a especias y frutos rojos, también me recuerda a la efímera sensación de alegría que existía en ese ambiente familiar al que hoy sólo puedo regresar a través de los aromas. También me recuerda a que en se momento me di cuenta de lo increíble que es la memoria olfativa. Ya mucho antes había experimentado eso al comer un plato de lentejas con huevo que mi mamá me solía preparar de niño; ese día me solté a llorar sin saber por qué, como en El Viaje de Chihiro (2001) cuando la protagonista llora al comer una bola de arroz.

Lengua Partida (2021) de Ismene Venegas (1977) está escrito a partir de esta peculiar experiencia gastronómica: la de los anclajes que creamos a partir de los aromas y sabores. He aprendido que aromas y olores no es lo mismo. Nombramos aromas a todo aquello que nos resulta agradable y olor a lo que es incomodo desde el primer momento. Aromas son los momentos que ocurren en compañía de quienes amamos: el sentido del olfato percibiendo los momentos que, sin saberlo, nos marcaran de por vida. Al escribir esto me puse a buscar un libro que habla sobre el olfato y lo que posiblemente sean nuestras vidas pasadas. Es un nombre específico de la India hacía los aromas que nos conectan con alguna emoción, pero no lo recuerdo. Nunca he creído en la reencarnación. Ahora puedo especular que esos aromas son el recuerdo olfativo de aquellos momentos importantes a los que no prestamos atención.

Mientras desayuno a solas, ahora en mi casa, hilvano la historia que se asomo un día desde la memoria fragmentada de mi papá y que ahora que no está, sólo puedo reconstruir a partir de fotos que nadie tomó.

Ismene Venegas – 25

Venegas es egresada de la Licenciatura en Gastronomía por la Universidad del Claustro de Sour Juana. Publicó en 2018 Plantas nativas comestibles de Baja California junto con Paula Pijoan. Lo que podemos conocer de ella es a una gran apasionada de la gastronomía y la escritura.  Lengua Partida se divide en diez textos, que podemos llamar ensayos literarios, en donde nos adentraremos a los recuerdos de su memoria degustativa. A lo relacionado con su padre en la experiencia de la vida y la muerte. A la relación con su madre en la cocina. En estas experiencias Ismene nos da una reflexión melancólica dentro de la calma. Una escritura veloz con una gran carga de profundidad emotiva que logra activar nuestros sentidos y que nos hace saborear los platillos que prepara en cada uno de los ensayos.

La escritura de Ismene no sólo logra una experiencia extrasensorial que va del olfato al oído; como bien señala Karla Michelle Canett, en su columna Churrumaís con Limoncito, al hablar sobre los aspectos sonoros que rodean cada uno de los relatos. También despierta el amor por la investigación, al menos a mí me pasó eso al descubrir que el pollo tiene una parte conocida como ostión de pollo y que se encuentra en el muslo. Cuando leí aquello iba en el camión de camino a casa, al bajar compre un pollo rostizado para comer aquella parte por la que ya se me iba haciendo agua la boca. Fracasé en encontrarla. Espero saborearla en el siguiente pollo que compre, ahora uno fresco.

La narrativa de Ismene -me encanta como la desarrolla a través de la experiencia ensayística- es de lectura rápida, pero eso no significa que sea fácil. Hay una gran complejidad que logra a través del vínculo que hace entre la comida y las experiencias de vida. Cuando leemos como Ismene le sirve a su papá tortilla con huevo, después de que él ha sufrido un derrame cerebral, es imposible no comenzar a sentir este plato con cierta nostalgia, a verlo como el catalizador de la memoria de su papá. Es inevitable no pensar en aquella comida que ya no nos sabe igual simplemente porque su sabor y aroma estaban asociados a una persona, alguien que ya no está.

Uno resarce la historia, el pedacito que falta, la pieza chimuela del rompecabezas. No sé por qué no le pedí que me contará más de lo que recordaba del huevo con migas de la abuela Teresa. Siempre que la tortilla de ayer se queda en el tortillero me preparo el huevo con tortilla frita en el desayuno y no puedo evitar sentir la culpa de no haber preguntado más.

Ismene Venegas – 25

Durante la lectura hubo un constante sentimiento de soledad, pero también de compañía. No la que nos da estar con las personas, sino con uno mismo. La de entender aquellos pasajes confusos de nuestra vida para darles —o no— un significado. Tal vez no hay ningún sentido en las experiencias que nos acontecen, pero siempre podemos contar con que existirá una emoción, un sentimiento que nos conectará con la reflexión en sí misma de todo lo que nos apasiona y nos atormenta. El libro de Ismene es una plantilla de relatos que no ayudan a entender el porqué de las cosas, pero sí a comprender mejor lo que sentimos. También creo que la experiencia no se vive en soledad. La comida siempre nos acompaña.

Espero leer más de la autora en un futuro. Mientras tanto a seguir disfrutando de los aromas, del recuerdo familiar y la comida.

Anclajes, de eso se trata. De crear anclajes.

Fotografía en la portada: María José Jean Juárez