Hace unos meses me prestaron una novela que estuvo confinada en uno de mis cajones por semanas; admito que su temática me provocó una particular sensación de malestar y me estuve negando a terminarla, hasta que finalmente me decidí unos días atrás. 

Una vez más, les pido que no me malinterpreten, porque no es que la obra sea mala, todo lo contrario. Aún así, hablar de ella sin quitarle tanto de su gracia era un trabajo que aún no estaba lista para tomar. Hoy les escribo sobre La dependienta, la que quizá sea una de las novelas más famosas de la era contemporánea japonesa. 

Sayaka Murata ganó el premio Akutagawa hace ya varios años por esta novela y fue gracias a ella que se dio a conocer de este lado del mundo. Lo anterior es poco sorprendente, pues su tema central es tan viejo “como la edad de piedra” (diría uno de sus personajes). 

Keiko Furukura, nuestra protagonista, es utilizada como un caso (a veces caricaturizado) de anormalidad, esto dentro de una sociedad que privilegia la productividad tanto económica como humana; de ahí el tremendo malestar que llegué a sentir en más de una ocasión. 

El inicio de la historia se ve marcado por la niñez de Keiko, un tiempo en que ella se percata de que no es igual a los demás niños. Aún más chocante es el descubrimiento de que la lógica humana no es extensible a todo y que para ser un humano adecuado se requieren de ciertas características que ella no posee. 

Las situaciones que a veces escalan a un nivel monstruoso a ojos adultos, me parecieron bastante comunes, pues los niños tienden a cuestionar el estatus quo; por ejemplo, cuando Keiko pregunta por qué no pueden comerse al pajarito muerto de parque, si de todos modos comen pollo, la explicación que le brindan carece de lógica. Es ahí cuando ella se cuestiona sobre la naturaleza de los sentimientos humanos y, es también cuando su familia comienza a preguntarse si ella está mentalmente sana. 

Esta sanidad mental está directamente relacionada con su comportamiento social, es decir, su familia desea que sea capaz de relacionarse con otras personas y cumplir las expectativas que la sociedad pone sobre nosotros como seres humanos. Keiko comprende que no es “normal”, porque su lógica opera de manera distinta. Al verse incapaz de tener amigos, decide encontrar un trabajo, encontrándose con quien, para mí, es el personaje principal de la novela: la tienda de conveniencia. 

Keiko encuentra en el konbini un lugar dónde ser normal, porque todo depende de un manual. La rutina de acomodar mercancías, limpiar, saludar a los clientes y cobrar, era lo que ella había deseado por años, porque nadie la cuestionaría sobre ser diferente a un humano promedio. Esta situación de comodidad se prolonga hasta que su cuerpo comienza a envejecer y, una vez más, se vuelve extraña a ojos de los demás. 

Sus compañeros y familia comienzan a preguntar por qué sigue trabajando por horas en un konbini, quieren saber si conseguirá un novio pronto, ¿cuándo se casará?, ¿tendrá hijos? y de ser así, ¿cuándo? Al igual que en su infancia, su vida se vuelve tema de preocupación social. 

Furukura sentía que su nacimiento como ser humano había ocurrido al volverse dependienta, porque fue en ese momento que comenzó a ser reconocida por los demás. Su familia había dejado de preocuparse demasiado e incluso tenía la oportunidad de convivir y “aprender” de otros humanos. Digo “aprender” porque Keiko comienza a apoderarse de ademanes y formas de hablar que observa en sus compañeros dependientes, pues sabe que de esa manera encajará mejor; sin embargo, es incapaz de entender lo que existe detrás de los sentimientos que copia. 

La mitad de la novela se ve marcada por la llegada de Shiraha, un hombre que tampoco encaja en lo que la sociedad determina normal. Su relación con la protagonista llega a escalar hasta encontrarse viviendo juntos. Keiko se sorprende al darse cuenta que tener un hombre viviendo en su casa le otorga normalidad momentánea, porque conforme la situación se asienta, nuevas preocupaciones surgen a su alrededor. 

Sayaka Murata pone el dedo en un lugar sensible; nos apunta y cuestiona sobre nuestra aparente necesidad de meternos en la vida de otros y convertirlos en alguien “normal”. Esta descripción que Shiraha hace de Keiko es también una recriminación: 

[…] eras demasiado rara: una solterona de treinta y seis años probablemente virgen que trabaja por horas en un konbini, que día tras día se desgañita saludando a los clientes y que, a pesar de que parece gozar de buena salud, no tiene la menor intención de buscar un empleo estable. Eres un bicho raro, por eso nunca te han dicho nada. Porque les dabas miedo (p.125). 

Qué nos importa a usted y a mí que una mujer decida no formar una familia, qué nos importa el trabajo que elija y cómo decide vivir su vida. Bueno, parece que a todos nos importa demasiado y por eso lo señalamos.  

La autora nos muestra que la normalidad es en realidad una cuestión de perspectiva. Keiko se esfuerza por ser normal, por encajar en la vida de los demás, pero se queja por no ser lo que otros esperan de ella, sin embargo, se encuentra a sí misma aferrada a su propia normalidad, que es la que vive dentro del konbini (que a su vez sigue siendo una sociedad normada). Se niega a seguir las reglas sociales, pero decide basar su existencia en un manual de acción, proporcionado por la empresa a la que le sirve. Una paradoja que recorre toda la novela. 

Creo que es suficiente con mi plática. Si quieren saber cómo Furukara sobrevive en un mundo que intenta obligarla a seguir sus reglas y cómo es que el Konbini protagoniza la novela, tal vez sea bueno que intenten leerla y aprender de ella. Al final de cuentas, me parece a mí, todos somos dependientes en alguna tienda, intentando encajar con otras piezas para sobrevivir.