Las personas y los recuerdos siempre se llevan en el corazón, el día de hoy A.T. Ambrini nos comparte una emotiva historia.

2/03/21

La radio marca los minutos de la vida de uno y esa madrugada no había sido la excepción. No había dudas. Todavía era temprano pero el tiempo había sido interminable, las horas se volvieron viscosas, los segundos no llegaban y el reloj parecía inútil, como si se hubiera atado a una pesadilla sin final.

Afuera hacía frío y adentro más.

Carlos lo tuvo frente suyo, lo miro desde arriba, le tocó las manos que caían en silencio, el cabello y los dientes que todavía brillaban. Las uñas ya no volverían a crecer. Tenía un moretón rojo en el cachete izquierdo y observó un tatuaje de duende a la altura del hombro.

Hizo una mueca y se colocó los lentes. Antes de hacerlo, los sopló dos veces seguidas y limpió con un pañuelo; sabía, a pesar de que su memoria se achicaba, que ese pañuelo se lo habían traído de un viaje de la república de los niños; volvió a sonreír con el océano de lágrimas que se reprimían gracias a los anteojos que era como un dique. Recordó el dique Roggero, recordó las tardes de pescas o cuando se quedaban sentados ante la inmensidad del silencio, observando el agua pálida como un espejo sucio que brillaba gracias a la luz de la luna. Le quedaron grabadas varias palabras de la primera vez que fueron, pero la más importante: gracias.

Federico no conoció el mar ni tampoco lo conocería. Carlos tragó saliva amarga y bufó por dentro su vida de pobre.

No perdió el tiempo, la radio le hacía compañía, necesitaba acostumbrarse. Tomó envión y limpió las manos con un trapo mojado, las vio más chicas, se percató de que hacía mucho tiempo que no las tocaba, que el olvido no tuvo rencor. Cerró sus ojos y entonces lo vio en lo oscuro, cruzando las calles juntos o colocándole algún curita y Merthiolate en una raspadura. Entonces cuando la imaginación tomó vuelo propio, también se acordó de cómo usaba ese corte de pelo en forma de tazón que le incomodaba o cuando lo llevaba a algún cumpleaños y lo esperaba a pocas cuadras matando el tiempo sentando bajo la sombra de un sauce llorón.

Limpió la nariz con algodón, estiró las mejillas por dentro, los labios estaban morados. Había pelitos sin afeitar que cortaban como navajas, así que rozó sus dedos en los cachetes. Carlos quiso que el tiempo se congele o que vuelva para atrás o que esto no haya sucedido.

En la radio sonaba Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, Carlos sabía que era su banda preferida. No conocía ni que canción era, pero se sentía parte de ella, su imaginación lo llevó a ser parte del pogo con Federico.

Lo abraza, no quiere soltarlo. 

También se acuerda las madrugadas sin dormir esperando detrás de la puerta para asegurarse de que llegara bien. Cosas que esconden los padres, reflexiona, piensa. El pan caliente y el mate cocido por las mañanas.

Carlos siente que gritan un gol, se muerde los labios y con su cabeza que acepta lo irremediable, antes de que el reloj marque las siete y entren los amigos, compañeros y allegados. Cierra los ojos.

La mesa larga hecha de cemento alisado, un mate pequeño, un repasador carcomido por los retazos del tiempo, un televisor grande que desborda la mesa ratón y de fondo se escucha Fútbol de Primera, se muestran los goles de River, Federico grita los de Francescoli, empuña su camiseta que le queda grande y sonríe. Carlos retiene esa sonrisa inmensa para que no se le escape.

Antes de cruzar la puerta y que Luis, su patrón y el dueño de la casa funeraria, lo estreche en un abrazo, se mira en el espejo del baño. Contiene las lágrimas, sabe que en algún lado estará la sonrisa de su hijo y que hoy fue la noche más larga y difícil de su vida.

Acerca del autor

Alejo Tomás Ambrini (29 años), vive en Argentina, si te ha gustado su trabajo puedes seguirlo en IG: @alejoambrini