Las pocas veces

que he sido feliz

he tenido un profundo miedo

¿cómo iba a pagar la factura?

Solo los insensatos

-o los no nacidos-

son felices sin temor.

Cristina Peri Rossi

Hoy al asomarme por la ventana, lo primero que pensé fue: enfócate en la luz. Los nubarrones que parecían una premonición a una lluvia larga se colocaban frente a los rayos del sol, que estos a su vez, iluminaban a otras nubes que eran naranjas y cálidas. Así la columna de hoy.

En estos días, he hablado con muchos seres queridos sobre el miedo, y no sólo el que causan las películas de posesiones, sino también al miedo en sí de vivir. Miedo a decir lo que sientes, miedo a independizarse, miedo a la enfermedad…  miedo a la vida. Muchas veces preferiríamos limitarnos en ciertas acciones para ahorrarnos no sólo el esfuerzo, sino también la molestia de hacer una que otra cosa, pero la verdad es que sólo nos estamos perdiendo lo único que importa en la vida: la experiencia o tal vez, de manera redundante, la vivencia. ¿Qué venimos a hacer acá si lo único que hacemos es no vivir? Pareciera contradictorio, pero a veces es “el sufrimiento lo que nos recuerda que estamos vivos”. Sí, frase inspiradora que pareciera sacada de un libro de Paulo Coelho, pero puede que esta a su vez tenga cierto grado de verdad.

De lo poco que he leído sobre el budismo zen, una idea constante es que la muerte es, posiblemente, la única certeza en esta vida. Aunado a esto, el apego también es uno de los grandes problemas de la humanidad, así que nos aferramos a la vida y queremos huir de esa gran verdad que es la muerte. Queremos vivir pero no aceptamos lo que esto implica: el sufrimiento. Tal vez, si dejamos a un lado el apego, el dolor sea aparentemente menos intenso pero tampoco podemos evitarlo por completo. Y por eso es que debemos aceptar la vida tal y como es: inevitablemente oscura, pero otras tantas veces con luz, mucha mucha luz.

En una de mis obras favoritas, tal vez citada recurrentemente en esta columna, El elogio de la sombra (1955)de Junichiro Tanizaki, se habla sobre las contraposiciones entre la luz y la oscuridad y las connotaciones que se le han otorgado en la cultura oriental y occidental. De esa manera, se plantea que Japón tenía cierta fascinación con las sombras, “nos hundimos con deleite en las tinieblas y les encontramos una belleza particular”. Tanizaki nos da esa idea de que incluso en los lugares más ominosos, puedes encontrar la belleza más sublime y trascendente, que claramente se perdería si tuviéramos miedo a la oscuridad.

Antes también ya hemos dicho que la fotografía no puede “funcionar” sin la luz, pero hay algunas técnicas que funcionan mejor con poca luz. Estas son las tomas de larga exposición. Básicamente, es dejar que la velocidad de obturación sea muy lenta, así permitiendo mayor entrada de luz por el obturador. El periodo de tiempo en el que se deja abierto es bastante largo, por lo cual pareciera que los objetos fotografiados están “barridos”. Bastante poético si lo vemos como que en una fotografía no “congelamos un momento”, sino que capturamos muchos momentos difusos en una sola toma. Por eso, es mejor estar en lugares oscuros, para que la fotografía resulte mucho más impactante y no esté sobreexpuesta o muy luminosa.

Un ejemplo de esto, serían algunas de las fotografías del brasileño Pedro Moura Pinheiro. Su obra es bastante extensa, que va desde fotodocumentales en Chernobyl, paisajes nocturnos, sillas, hasta diversas playas del mundo.

Ghost Walk de Pedro Moura

Aceptar que incluso en la oscuridad se puede vivir, que incluso detrás de las nubes negras podemos encontrar una gran fotografía, que el dolor es parte de la vida, es un poco con lo que me quiero quedar hoy. El sufrimiento y la muerte son inevitables, pero es mejor asimilarlo antes de negarnos la propia vida por el miedo que le tenemos al mismo miedo.