El amor viene en muchas presentaciones, en inesperados momentos. Inauguramos esta nueva columna llamada Huitziles y cosas peligrosas con una historia de Francisco Nicanor Fuentes.

En algún momento leí, en una leyenda de Gustavo Adolfo Bécquer, algo que versa así: “Nació para soñar el amor, no para sentirlo”. En aquel entonces, yo me encontraba sufriendo la que espero sea la peor etapa de mi vida: había muerto mi hermano, y dos semanas después de dicho fallecimiento, se une a la barca triste de las partidas, un muy buen amigo. ¿Dónde iba a encontrar consuelo? No parecía que la palma cálida fuera a postrarse en mi hogar, ya que mi madre estaba lidiándoselas con su propio dolor; así también, mi abuelo, quien hasta la fecha en que escribo el presente texto, ha sido la única y más fiable figura paterna que he tenido.

Siguiendo entonces con lo que me mencioné antes, busqué desahogo en la silueta de Sofia, quien hacía un año me había terminado. Ella fue, además del ser donde postré por primera vez el beso y aquello que acontece como consecuencia de las caricias tiernamente maliciosas, una confidente. Por medio de cierta red social, y en medio de una noche muy oscura, le envié un mensaje suplicándole ayuda, misma que consistía únicamente en escucharme. Ella accedió, se suponía que platicaríamos a la hora de clase. Llegué puntual a la cita, no sin antes comprar unas gafas para ocultar la hinchazón de mis ojos causada por el constante llanto.

La vi en lontananza, y conforme sus pasos la conducían a donde estaba yo, mi corazón se aceleraba, por fin, luego de mucho dolor, me dejaría de sentir solo, aunque fuera por un instante, al abrazarla; más — iluso, pueril, sufriente y tonto—, pasó de largo, concediéndome una mirada de menosprecio como las que dan los verdugos en el instante previo a cortarle la cabeza al condenado. La seguí con la mirada, el tiempo se detuvo, las voces de los estudiantes platicando sobre literatura, enmudecieron; la tarde, que era cálida, se tornó gris y fría. Quise convencerme de que, seguramente, no me había reconocido, y que si había pasado de largo era porque había ido a comprar comida. Una vez más, iluso, pueril, sufriente y tonto. El castillo de ilusiones, que construí a la orilla de un mar feroz, se deshizo cuando la vi de regreso y sus pasos me aceleraron, otra vez, el corazón, pero ya no por la esperanza del consuelo, sino porque la figura de Sofía venía de la mano de un mozo que no merece descripción.

Por primera vez, quise dejar de engañarme, y ver las cosas tal cual sucedían; sin embargo, el luto me obnubiló. Aquel día no hice otra cosa más que llorar, llorar como un niño… como cuando a mi tortuga se la comieron las hormigas, como cuando perdí el peluche de Batman que me regaló mamá, como el día en que el papá Cano se ausentó en el racho… y yo —iluso, pueril, sufriente y tonto— lo busqué entre las vacas, en el eco del pozo, en la oscuridad del granero… pero no lo encontré.

Descubrí que los amores van y vienen, pero los muertos, no… Sólo en sueños. De poco me sirvieron las plegarias que había aprendido en mi niñez, misma que perfeccioné por mis intenciones de volverme sacerdote. La palabra de Dios era hueca, falsa, inútil para aliviar mi dolor. Jamás volvería a ver a mi “papá Cano”, mucho menos a Panchito, tampoco a Israel. Me comenzaba a quedar sólo, y ya no podía huir de mi más grande miedo: la muerte, donde quiera que fuera, la veía. Y la muy desgraciada me saludó en el momento en que vi ser atropellada a una mujer, y deseé, supliqué porque regresara el tiempo y que fuera yo el que yaciera en el pavimento, inmóvil, frío, aliviado.

¿Dónde estaba el amor? No lo sabía, y emprendí, iluso, pueril, sufriente y tonto, la búsqueda de éste en las sábanas de los moteles. Sin embargo, incrementé el tamaño del hueco, porque más que rozar mi piel con la de alguien, más que proferir las palabras a que orilla la pasión, yo quería no sentirme solo. No borro, ni borraré nunca, la imagen de mi cuerpo desnudo (que por cierto, en aquel entonces estaba delgado y me veía muy bien) frente a un espejo sucio. Tristemente, esta misma imagen se repitió algunas veces más durante un año.

Estaba desesperado por sentirme amado, acompañado y protegido. Esa fue otra etapa, ya no era el mal sexo; sino el amor fingido. Traía mi corazón en oferta, quería que me quisieran pues yo no podía hacerlo. Fracaso tras fracaso, noche tras noche; los días cambiaban, pero yo me mantenía igual: escondido en un rincón oscuro, derramando incontables lágrimas.

Quise enfrentar mi miedo a la soledad, así que me fui de maestro rural por un mes. El lugar era tanto bello como deprimente, puesto que en la atmósfera entraban en contacto, por un lado la ternura y por otro, la malicia de la vida en el campo. Si bien es cierto que los niños corrían muy alegres por veredas fangosas, también es cierto que lo hacían descalzos. Es verdad que las ventanas de las casas no tenían protecciones pero, es también verdad que no había nada que robarse.

Sólo me engañé, porque el problema no había sido la muerte de mis seres queridos, mucho menos la ausencia de Sofía. El problema siempre fue la figura que miro todas las mañanas, que a veces me parece sumamente atractiva, y otras, muy deleznable.

No fue que mi capacidad de amar hubiera desaparecido con las penas que ya mencioné, la verdad era que yo nunca había amado. A Sofía y las que le siguieron, di lo que tenía: soledad, tristeza, miedo. Y recibí lo mismo de vuelta.

Ahora que relato esto, lo hago con lágrimas en los ojos, puesto que a mi lado está la mujer que amo: mi querida Gabriela. No es que ella, con su llegada, me haya curado… eso sólo pasa en las películas melosas. La verdad es que para enamorar(nos) entablamos diálogo durante un año; y cada uno, por su parte, tuvo que confiar, porque eso: la confianza, era algo que la vida que he llevado me impedía dar.

Estoy consciente de que todo termina, incluso lo que ahora tengo con Gabriela; sin embargo, esta vez sí quiero que todo acabe… que termine cuando de mi pecho salga el último aliento de vida, cuando cierre los ojos para nunca más abrirlos; cuando me enclaustren en un ataúd corriente. Quiero que lo que tengo con Gabriela termine cuando yo emprenda mi marcha hacia donde está mi papá Cano.

Hoy, a las ausencias que ya mencioné, se han sumado otras 4; no profeso ningún credo, pero tampoco puedo concebir que todo se acabe así no’más. Trato de aferrarme a los recuerdos de esa familia feliz, pero el malvado tiempo, con sus garras amarillentas, trata de arrebatármelos. Hoy, levanto la cara hacia el firmamento y grito: ¡Amor, ¿estás ahí?! A lo que el viento me responde con un silbido tierno y fugaz…