A pesar de que todos los días escribo varias hojas sobre múltiples temas, es la primera vez en bastante tiempo que me tomo un momento de escribir para mí (y para usted, amable lector que está leyendo esto).

Es ya pasada la media noche, en el radio suena un lento jazz (Coltrane y Davis me atrapan con su sonido una vez más), me pierdo en la música y mientras el tik tak del reloj se combina con el ritmo de los platillos, recuerdo las pláticas que he tenido con varios amigos sobre lo extraño que son los 20’s: todo es tan incierto, tan fortuito e irregular (más en medio de una pandemia); algunos estudian, otros se casan, tienen hijos, trabajan, se mudan, o simplemente siguen igual.

Pareciera que lo único que tenemos en común es la duda sobre si (sobre)vivimos nuestro día a día o lo que pasará mañana, y es justo en medio de estos pensamientos aparece en mi mente un verso que (siento) nos describe bien:

“He visto a las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura”

Howl de Allen Ginsberg fue sin duda un parteaguas para la literatura (y los jóvenes) desde su publicación en 1956 y hasta ahora, un poema como no existían en la época: con un ritmo poco convencional, no fue escrito con aires intelectuales, ni tampoco tenía pudor para hablar con un lenguaje obsceno, dar descripciones de sexo homosexual o hablar de una que otra blasfemia.

Para un esquema poético donde lo principal era lo académico, moral y erudito, Howl era una feroz respuesta, al grado que legalmente el poema estuvo cerca de la censura en Estados Unidos y enfrentó varias polémicas en distintos países por el contenido antes mencionado.

Antes que nada, hablemos de Allen Ginsberg, poeta estadounidense hijo de un profesor de inglés y de una maestra de escuela rusa, que permaneció internada durante años en un frenopático. Pasó por la Columbia University, de donde fue expulsado junto a notables compañeros como Jack Kerouac o William Burroughs.

Los tres constituyeron el núcleo fundamental del llamado movimiento beat, que rompió con la estética académica y llevó a cabo una auténtica revolución cultural claramente marcada por su denuncia al “american dream” estadounidense.

Según el propio autor, el poema está inspirado en la vida de Carl Solomon, a quien Ginsberg había conocido años atrás en un hospital psiquiátrico de Nueva York. Sin embargo, en algunos de los versos, también se mencionan los nombres de Jack Kerouac y Neal Cassady.

En el año de 1955, Ginsberg (con 29 años) organizó un recital de poesía en la Six Gallery de San Francisco, en el que Kenneth Rexroth, un poeta y viejo conocido del ambiente literario de esta ciudad, fungió como maestro de ceremonias y en el que varios poetas recitaron algunos de sus textos.

Fue la primera vez que Ginsberg leyó Howl en público. Según el testimonio de Jack Kerouac, que puede leerse en la novela Los vagabundos del Dharma, la lectura del poema fue un éxito. El propio Kerouac organizó una cooperación entre los asistentes, fue a comprar tres galones de vino y, mientras Ginsberg leía, todos los asistentes bebían y lo animaban a seguir leyendo con gritos y júbilo desbordados.

Sobre aquella animada noche, Kerouac relata:

“Estaban allí todos. Fue una noche enloquecida. Y yo fui el que puso las cosas a tono cuando hice una colecta a base de monedas de diez y veinticinco centavos entre el envarado auditorio que estaba de pie en la galería y volví con tres garrafas de borgoña californiano de cuatro litros cada una y todos se animaron, así que hacia las once, cuando Alvah Goldbook [Allen Ginsberg] leía, o mejor, gemía su poema «¡Aullido!», borracho, con los brazos extendidos, todo el mundo gritaba: «¡Sigue! ¡Sigue! ¡Sigue!» (como en una sesión de jazz) y el viejo Reinhold Cacoethes [Kenneth Rexroth], el padre del mundillo poético de Frisco [San Francisco], lloraba de felicidad”.

Uno de los asistentes al recital fue Lawrence Ferlinghetti, conocido poeta, editor y dueño de la librería y editorial City Lights. Al día siguiente, Ferlinghetti envió una carta a Ginsberg en donde lo saludaba al inicio de una gran carrera literaria con la intención de solicitar el manuscrito de Howl para publicarlo bajo su sello editorial: City Lights.

Aullido y otros poemas salió a la luz al año siguiente, 1956, en una edición de bolsillo de 1,000 ejemplares. El tiraje se agotó pronto, en buena parte por la popularidad que tenía Ginsberg gracias al célebre recital, y Ferlinghetti mandó imprimir 1,000 ejemplares más en Inglaterra.

A su llegada de la imprenta en Londres al puerto de San Francisco, oficiales de aduana retuvieron 520 copias del libro y Shig Murao el encargado de la librería que lo iba a vender fue arrestado.

No contento con esto, Ferlinghetti mandó imprimir otras 1,000 copias en territorio estadounidense para evitar las aduanas, lo cual funcionó por unos meses hasta que, en junio de ese año, el Departamento de Policía de San Francisco detuvo a Lawrence Ferlinghetti por publicar y vender material obsceno, lascivo y pornográfico.

En la sala del juzgado se reunieron expertos para discutir el valor literario del poema, la necesidad de usar tal o cual palabra, y en definitiva, definir los límites entre obscenidad y libertad creativa, pues drogas, sexo homosexual y alguna que otra blasfemia se encontraban con el pasar de los versos.

En el juicio, un destacado crítico del momento fue llamado a declarar. Tras escuchar uno de los pasajes especialmente explícitos sobre traseros y peyote, se vio obligado a contestar bajo juramento la siguiente pregunta: “¿Cree que el poema valor literario?, ¿trascenderá?”. El crítico adivinó con honestidad el destino del poema: “No puedo predecirlo, pero le aseguro que este juicio le ayudará a perdurar”.

La demanda no era hacia el autor, sino hacia Ferlinghetti, su editor, quién salió del paso de forma exitosa cuando el juez Clayton dio su veredicto: el poema es “inocente” de obscenidad. Un resultado del juicio fue una afirmación de la libertad individual y la expresión creativa, y por lo tanto una bandera de rebelión contra la mera reproducción de buenas maneras que otros se esforzaban por patrocinar.

Desde entonces, Howl se ha erigido casi como una reliquia sagrada. El legendario poema de Ginsberg, fue una encrucijada en la historia de la poesía norteamericana y su influencia poética, cívica, social, cultural, incluso sexual, se propagó como un incendio cruzando fronteras progresivamente.

La publicación de Howl, fue el detonante que consolidó la poesía beat y le dio forma concreta, basada en un ritmo muy acentuado, con influencias del jazz, que, en una asimilación ya total de las técnicas vanguardistas y un retorno a cierta concepción romántica, refleja un universo personal hecho de imágenes que muchas veces convierten el poema en una especie de canto salmódico de gran fuerza expresiva. Verdadero alegato beat, Aullido es un canto a la locura y a su lucidez, y una protesta contra la sociedad mecanizada y materialista.

Y podría continuar hablando de todas las curiosas historias que giran en torno a Ginsberg y su poético aullido, pero ahora vamos a la parte musical pues hay una interesante musicalización de Howl a cargo de la banda Sunnset, originarios de Celaya Guanajuato toman una lectura de Howl y lo musicalizan a su estilo de post-punk. El tema aparece en su álbum Una mirada a través de la medusa (un ensayo incompleto) (2019).

De igual forma, si se quedaron con ganas de más pueden escuchar esta lectura de Howl en voz del propio autor, o profundizar más con el documental Howl, la voz de una generación (2010)

Recuerda que puedes seguir la playlist de letras y sonidos en spotify.