¿En qué momento se pierde la diferencia entre la realidad y los sueños? El día de hoy A. T. Ambrani nos comparte desde Argentina una interesante minificción.

Entre ladridos de perros me desperté, no conocía otra alarma. Y ese sonido feroz, entrecortado, como pidiendo algo, como diciéndome algo, era mi componente a tierra, mi dulce y triste despertar por las noches.

Esas noches de penurias, de ceniceros, de vasos rotos, de corazones vacíos, de pensamientos ilógicos, de miradas al espejo, de distorsiones de mi alma, del suave viento y la inmunda brisa, era mi despertar galopante, el abrir de mis ojos, el zumbido de mi respiración, mi recuerdo del ayer, mis sueños desvanecidos, mis pesadillas temblando, mis manos congeladas, mi corazón quieto.

El frío de la oscura noche me molestaba, el silencio me incomodaba.

Solo deseaba cerrar mis ojos y dejar que el sueño brote en mi cuerpo, que me atrapé de una vez, que no se olvide de mí, que me deje en paz.