Los recuerdos y las personas siempre quedan en nuestros corazones. El día de hoy Tanya Laura Aké Puga nos escribe desde Quintana Roo, México un interesante poema.

Para Francisca y Lupita

Cómo olvidar el campo,
aunque lo extraño parcial.
Feliz he bailado las jaranas,
la tierra he aprendido a cultivar.
Rebelde, me casé enamorada,
no obstante, fuimos tradición
él y yo durante la juventud:
Mi hogar, la milpa junto al amor.

Sí, hubo mariachis y rosas,
en la comunidad he crecido
por eso las singularidades
frescas todavía las percibo.
De la infancia a la vejez,
nos ocultaron las letras
que rebosaban los bordes
de los propios nombres.

La academia, de manera general,
no era una posibilidad colectiva,
varones se quedaban sin acceso
pese a que les ofrecían el derecho.
En cambio, nosotras fuimos tejido,
flores de papel sin poder estudiar.
Entonces los vestigios marchitos
se desvanecieron al son del reloj.

Imposible relegar la verdad:
sin aceptar nuestros zapatos,
parcial ascendencia descalza
juzgaba todo por adversidad.
Aun ante la austeridad de casa
peligroso creían trabajar afuera.
¿Acaso es así el mundo externo:
lleno de trampas para los sueños?

Error de inocencia cometí,
la razón de su advertencia
no se encontraba ajena
sino bajo mi propio techo.
La posesión del hombre
no se limitaba al terreno,
atribuían a su propiedad
lo que era por costumbre.

Pero hubo excepciones,
supe de esposas amadas,
y por lo tanto fueron libres,
ya sea afuera como en casa.
Fortuna fragmentada, aclaro,
fue común escuchar tragedias
por las arrebatadas del campo
cuyo destino fue trabajo urbano.

Por lo contrario, qué escándalo,
y no por miedo, sino por pena,
era las niñas ingenuas y valientes
que se escapaban a la ciudad.
Se marcharon por del dolor,
dijeron que las golpeaban,
si el cariño no existió ahí,
tampoco hubo educación.

Ambivalentes las carreteras,
al dar indicio de lo distinto,
de nuestra identidad intacta,
fueron extravío paulatino.
Yo he llevado conmigo
ambos idiomas, corazón,
dos nombres se exclaman:
Sí, sé español, también maya soy.

Se vendieron frutas e historias,
en medio del abandono
de una ciudad tan rara
que decía honrar mi gente.
Desde entonces cuestiono
los aplausos a los disfraces
cuando querían regatear
los bordados originales.

Quienes me han dicho ínfima
no saben apreciar mi bonhomía
porque yo sustento ser infinita,
¡al cielo y mis raíces sé conciliar!
Los recuerdos son un relato
que puede ser difícil de contar
si en la virtud de algún texto
reposo no logra encontrar.

Aún mantengo en mi memoria longeva
la ternura de mi madre y de mi abuela,
ellas, con sus historias, me compartieron
sus consejos, los secretos y nuestros cuentos.
De sus voces, lo que recuerdo plena
no es la impotencia ni la severidad,
sino la virtud de su experiencia:
antigua erudición en mis manos.

Sé que me acogieron en sus palabras,
guardo grabado los rezos, arrullos
Y también alguno que otro silencio…
conservo las buenas intenciones.
Ahora, a lo que es mi herencia,
acervo de mis antepasados,
se le añaden mis anécdotas,
mi vida hecha en estas letras.

Quisiera dejarlo claro:
esto que es mi aprendizaje
en ningún momento es
mi retrato, sino mi regalo.
Estudia, mi niña, estudia
Los libros pueden ayudar,
Espero que seas más feliz,
La cultura escrita da mayor oportunidad.

Este poema ha sido publicado en la Revista Materia Escrita, en el segundo número de la segunda temporada (2020).

Acerca de la autora

Tanya Laura Aké Puga, Quintana Roo, México, estudiante egresada de la licenciatura en Humanidades. Ha participado en la FILEY (2019) y otros eventos de cultura, asimismo, cuenta con varias publicaciones de poesía en revistas digitales y empresas como Materia Escrita y Página salmón.