El amor puede ser dulce y cálido o amargo y cruel, si no es el correcto, en su momento llegará. El día de hoy en Huitziles y cosas peligrosas Jazz Martínez nos cuenta su historia de amor.

Contar la historia una vez más, es volver a recordar. Eso implica que puede ser bueno o malo, depende de lo que se haya vivido, pero acá voy:

Muchas veces las mujeres cedemos ante la fuerte necesidad de cariño que queremos o deseamos tener, es así como nos influyen nuestra sensibilidad y sentimientos, somos emocionales. Y, como dice Elena Poniatowska en su libro Las siete cabritas: “las mexicanas solemos girar en torno al amor como burras de noria, insistimos en un Rey Salomón…”, estoy de acuerdo, en algún momento todas pasamos por esto, queremos que un hombre nos ame y, aunque a veces no somos correspondidas, ahí seguimos de necias, como contaré más adelante…

Mi primer amor, como el de casi todos, tiene origen en una atracción juvenil y fantasiosa, a esa edad juras amor eterno y haces -o te hacen-, propuestas de matrimonio, así me pasó.

A F lo conocí en la primaria, él se enamoró y nunca desistió de su propósito: conquistarme. Buscaba cualquier oportunidad para llamar mi atención. Cuando se acercó a mí, quedé impactada con esos ojos verdes. Me gustó, pero no cedí. El tiempo pasó y continuamos en la misma secundaria. Nunca se rindió. Yo le puse peros, nunca le di la oportunidad, es más, ni asistía a las tardeadas con tal de no verlo. Pero, precisamente en una de las tardeadas F se hizo del número de mi casa, lo obtuvo al prestarle 10 pesos a mi hermana. Ella sabía del interés de F, así que sin pensarlo cooperó, obtuvo diez pesos, lo ayudó y se ayudó.

Obvio me daba harta pena que llamara a la casa, pues era el número de mis abuelitos. La imagen fue la siguiente: ellos atendieron el teléfono y yo pasé por la burla de todos mis familiares -seguramente todas hemos sufrido ese episodio- cuando te dicen: ¡tienes novio!, en esos momentos solo deseaba que la tierra me tragara. Con la pena y todo, tomé la llamada y escuché las cosas más cursis y empalagosas del amor juvenil.

Aunque hablaba con F, nunca le di un sí, no en ese momento. Fue en la prepa cuando acepté su propuesta de ser novios, qué carita de emoción puso, irradiaba felicidad. Por las noches me iba a buscar a la parada del autobús. Recuerdo que se perfumaba para verme, me tomaba de la mano mientras caminábamos. Hacía planes a futuro y yo lo escuchaba, después me besaba. Primer beso, primer novio, todo bonito… hasta que un día F me dijo tenía que buscar el sueño americano para el beneficio de su familia.

Antes de irse me pidió que mantuviéramos la relación, porque él quería casarse conmigo: mi primera propuesta de matrimonio, pero también la primera ruptura. Lo dejé, no podía retenerlo, sabía su historia y la necesidad de su familia, prácticamente lo sacrificaron para darle una buena vida a su hermano menor.

No quise ser un obstáculo, terminé con él, sin embargo F me suplicó no lo hiciera, y que si no se podía mantener la relación, que al menos continuáramos en contacto, cosa que también le negué. Sus lágrimas escurrían al saber mi respuesta y fui todavía más cruel, le pedí que no me buscara nunca más, entonces preguntó: ¿estás segura?, dije: sí.

Nunca volví a saber nada de él.

A esa edad no estaba segura de nada. Por muchos años me arrepentí de esa decisión, llegué a culparme de su infelicidad (que yo imaginé) y de la mía. Muchos me preguntaron: “si él volviera, ¿le darías una oportunidad?”, siempre respondía que sí, pero sabía que la verdadera pregunta era inversa, ¿él me daría otra oportunidad? Dejé de pensar en eso, le deseé todo lo bueno y bonito.

La vida siguió, entre clases, familiares y buenos amigos. Vas creciendo y aprendes de cada una de esas relaciones. Mi vida pasó de un amor juvenil a uno doloroso.

Comencé otro amor, aún sintiendo que desconocía todo sobre ese sentimiento. Creo que por eso me enganché fácilmente. A M lo conocí en una oficina donde realicé mi servicio social. Entre broma y broma: comenzamos. Él había puesto límites al darse cuenta de lo que estaba pasando. Un día salimos todos en bolita: trabajadores y estudiantes a un partido de futbol. Fue ahí donde reconoció: se sentía atraído por mí. Y pues una les cree todo. Salimos. Nuestros horarios no empataban, pero hacíamos de todo por vernos un ratito.

Todo armonioso hasta que verdaderamente conoces a las personas… M comenzó a llenarse de celos, me reclamaba cosas y me hacía sentir culpable por sus inseguridades, y como dice Pepe Mujica en su documental El Pepe, una vida suprema: “la inseguridad en hombres hace que se les multiplique más la necesidad del amor”. Y puede que sí. M necesitaba sentirse amado.

Desgraciadamente -como muchas- cedí. Llegué a sentirme mal por causarle celos, sin ver que el problema lo tenía él y no yo. Pero, al igual que él, yo necesitaba amor, y de necia seguía ahí.

Hubo cosas que me desagradaban, pero como tonta lo justificaba porque no quería perderlo. Así pasaron tres amargos años en los que fue poca la felicidad, hasta que por fin comencé a sospechar cosas y a reconocer todo.

La peor decisión que tomamos fue trabajar juntos. Nuestro trabajo nos hacía relacionarnos con muchas personas, sus celos fueron intensos y mis dudas crecieron. De un tiempo sospechaba que M comenzaba a engañarme, y así era. En ese entonces no me percaté de sus confesiones entre líneas, con el paso del tiempo todo fue claro. Con cierto remordimiento decía las cosas a medias, me hablaba de su pesar, yo no tenía idea de qué era, realmente era muy ingenua, por no decir que me veía la cara.

Un día le llegó un mensaje de una mujer x. Siempre había respetado su espacio y privacidad, pero el mensaje tenía la palabra “amor”, por eso revisé su celular y vi la conversación, en ese momento rompí todo con él, me sentí vulnerable y boba. Había puesto todo mi amor en esa relación ingrata…

“A veces, para superar a alguien, sí aplica el dicho de “un clavo saca a otro clavo”, es necesario convivir con otros”, fue el consejo de E. Sin embargo, yo tenía, aún latente, una herida en el corazón. No sabía cómo sanar, solo lloraba y lloraba hasta que los ojos me quedaban inflamados y la cara roja. Pese a no saber lo que pasaba, S con sus bracitos, besitos y sus te quiero, me brindó alivio.

Bajo este contexto de consejos y muestras de afecto, sobrevivía. Quería salir de un lugar del que no podía, aún tenía pendiente la relación de trabajo con M, quien se comportaba controladora y prepotentemente. Fue grosero hasta el grado de humillarme, eso fue intolerable y uno de los detonantes que me motivó a renunciar a pesar de que amaba mi trabajo. Además, su nueva pareja me acosaba, me llamaba, escribía, hasta me buscaba en la oficina para presumirme su anillo de compromiso. M nunca me creyó, yo renuncié, lloró cuando me fui, pero fueron lágrimas de cocodrilo, no se parecían en nada a las lágrimas de F. Por meses M siguió llamando y me culpó del fracaso de su relación, ¡vaya, qué descaro!

Terminé devastada, rota. G me dijo que un corazón roto sanaría y que éste solo se rompe una vez, y tiene razón, en algunas ocasiones, las demás relaciones agrandan la herida, pero no lo rompen otra vez.

En ese tiempo quería sanar y pues una va leyendo de todo, hasta compré Uno siempre cambia al amor de su vida (por otro amor o por otra vida), tratando de encontrar respuestas. E me regaló Las siete cabritas, ella aún espera que me convierta en la cabrita número 8, y que siga siendo fuerte y libre como dice uno de mis tatuajes.

Cuando sufres llegas a convertir en modelos a algunas mujeres. Típico, las engañadas no identificamos con Frida Kahlo, luego lees a Simone de Beauvoir y quieres tratar de seguir sus consejos y amar sin depender, ni exigir. Pero nos mentimos y les mentimos a todos para que no vean nuestra vulnerabilidad, así que ahí vamos reprimiendo y curtiendo el corazón para que florezca nuevamente.

Con una oportunidad única e inigualable conocí a mi otro gran amor: A. Un amor explosivo, pasional, emocional. Entre coqueteo y coqueteo iniciamos una bonita relación. Nos contamos nuestras historias, A está muy herido, aún hay cosas que le duelen pero no las acepta. A mí me aterra que traicionen mi confianza y me mientan, él sabe cómo me lastimaron, me da la mano para que me sienta segura y yo no intento curar nada en él, solo amarlo.

A es un buen amante, le gusta hablar sin tapujos, le gusta decir las cosas como son. Solemos chocar porque tenemos pensamientos diferentes y ambos queremos tener la razón. Cuando se enoja es orgulloso -al igual que yo-, no nos hablamos, ni nos escribimos, dejamos que las aguas se calmen y continuamos con esto.

Mis miedos me hacen dudar. Es obvio que me cuesta creer y es que no quiero que me mientan, no quiero que destrocen el amor que ofrezco. A me pide confié en él, y yo sé que debo dar un salto de fe y confiar, porque me ha hecho sentirme segura a pesar de mis miedos, ha fortalecido mi amor propio, simplemente quiere verme feliz correspondiéndome. Y en este momento como escribió Gabriel García Márquez, es suficiente para mí estar segura que yo y él existimos, nada más.

Y  es que una tiene la culpa y lo que nos rodea, porque nos vamos creando el ideal del hombre perfecto, el príncipe azul, un Sr. Darcy, que vemos en películas o leemos en libros y deseamos tener, pero vuelves a la realidad y te toca un ser humano real con defectos. Es ahí cuando te das cuenta que el amor no es como lo pintan.

El amor no suele ser dulce y cálido, a veces es amargo y cruel, pero luego llega la calma y debes tener paciencia, si no es el correcto, en su momento llegará.  Así que solo nos queda amar mucho, a la manera que cada una tenga sin humillarse, ni culparse. No debemos cerrar las puertas del corazón, debemos intentar hasta que llegue quien te acompañe saludablemente en la vida.

Apenas tengo treinta, sé que tengo un largo camino que recorrer en el que tendré más amores. Aclaro: no se me está pasando ningún tren. Ahora estoy creciendo mi amor propio y después el que tengo con A, pero primero yo.

Acerca de la autora

Jazz Martínez (Puebla, 1991), licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica, cuenta con estudios de edición y diseño de libros por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Actualmente se dedica a la encuadernación artesanal.