Miroslav Holub, poeta e inmunólogo checo, escribió: “las ciencias y las artes no comparten palabras las polarizan”. En cuento leí esa frase quise negarla. Llevarle la contraria. Pienso en ella de nuevo cuando me propongo escribir una serie de experimentos. Llamémosle “ensayos”, para observar la ciencia desde la poesía y observar el resultado de esa polarización: el lenguaje liminal.

Andrea Chapela – 14

Grados de miopía (2019) es un texto de la escritora Andrea Chapela (1990) y por el cual obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2019. El libro está divido en tres partes: El acto de ver a través, El acto de verse y La historia de ver. Cada apartado tiene un objeto de estudio; ventana, espejo y la luz. Todo está unido por una convergencia: el lenguaje liminal que produce el ensayo lírico.

Pero ¿qué se entiende cuando escribe sobre el lenguaje liminal y aferrarse al ensayo lírico como forma de estos experimentos? La respuesta está en la acción de escribir sobre ciencia y arte, sobre física y poesía.

Pocas veces me he sentido atraído por el estudio de las ciencias en general. Resulta muy complicado acercarme a un libro de física o de química, sé que lo terminaré abandonando y veré unos cuantos videos en youtube que sacien esa curiosidad por aprender. El libro de Chapela logra saciar esa curiosidad, pero también satisface una necesidad que los videos no dan, la posibilidad de pensar en aquello que no se puede nombrar.

Es aquí donde surge el lenguaje liminal, lenguaje entre lo concreto y lo abstracto. Una preocupación que puede convertirse en un tormento que nunca acaba. Caso contrario al pensamiento de la autora, ir a la búsqueda de ese lenguaje liminal es una explorar la belleza.

Esa forma de ver el lenguaje, la ciencia y el acto de escribir es de las cosas que más me gusta de este ensayo. Sí, el libro fue escrito gracia a una beca otorgada por el ayuntamiento de Madrid en el periodo 2017-2018, pero los preguntas y la búsqueda de una forma poética que logre explicarlas se sienten como verdaderas cuestiones que la autora ha reflexionado a lo largo de su vida.

No sólo eso, también es una escritura de lo personal, autobiográfica y no hay mejor forma de interesarse en algo sino es a través de la experiencia ajena. De ficcionar un poco sobre la vida y la ciencia. Porque todavía pienso que toda realidad es una ficción y estamos hambrientos por conocer esas ficciones.

Puedo decir que Chapela es una gran tejedora de ficciones. Forma y contenido es otro callejón de la literatura sobre el que siempre me gusta indagar. El ensayo lírico es la forma. No. No sólo eso. En el apartado “El acto de verse” hay una figura literaria que me gusta mucho: la anáfora. Cada párrafo comienza justo como el anterior con la frase: “Podría comenzar…”. Creo que al hablar de los espejos no hay mejor frase que el comienzo para referirse a ellos. Un espejo (mejor dicho, un reflejo) es el comienzo de la historia en donde las personas se perciben, se contemplan, se miran. Son conscientes de su existencia de una forma muy superficial y también son conscientes de la otredad. Vernos es ver al otro.

Podría comenzar… Sigue siendo una frase muy poderosa sin esta interpretación. Hablar de espejos es hablar de distorsión, pero también de percepción. Este apartado se caracteriza por esa frase en particular y también por ser (junto con “El acto de ver a través”) en donde Chapela escribe sobre su vida, sobre sus relaciones y sobre sus demás intereses. Hay una consciencia sobre la importancia del reflejo. Sobre la mirada que se posa sobre nosotros y como vemos a los demás. Hay una reflexión sobre esta mirada en el cuerpo femenino que no puedo pasar por alto. Andrea Chapela escribe no sólo sobre vernos, sino todo lo que implica ello, y lo que implica en una mujer: mirada juzgadora, temerosa, prejuiciosa, quejumbrosa. Así, este apartado explora todas las facetas del miedo, en especial una en la que hay una reflexión sobre mirar al acosador y darse cuenta de que él sabe que lo miras.

La escritura autobiográfica da vértigo. Chapela dirá que da vértigo mirar un espejo de tres dimensiones y conocer tu verdadero rostro. Lo mismo sucede con este escrito de tres dimensiones: la poética, la científica y la autobiográfica. Cuando se crean este tipo de conexiones surgen resultados que esperábamos, pero no queríamos conocer y por lo mismo fallamos en su aprehensión.

Afrontar el ensayo, a la escritura, es confrontar el interior y saber que ahí siempre está oscuro. Buen pretexto para hablar de la luz, tema del último apartado “La historia de ver”. Es en este apartado en donde más nos acercamos a la ciencia y de alguna forma a la poesía, pero también entendemos que todo esto es un dialogo con la realidad, con lo interno, con la memoria y con el cuerpo. Así como los colores del prisma de Newton cuestionan lo que entendemos por verdad y realidad, la escritura hace lo mismo con la autora.

Por último, una de las cosas que me pareció muy desconcertante en todo este viaje, fue descubrir que el vidrio se encuentra en un estado entre lo sólido y lo liquido, es decir: fluye. Esta afirmación me hace cuestionar la realidad en todos sus niveles y creer que nada de lo que sé es cierto. Los días de ansiedad ya no acaban luego de saber eso. Y creo que así es descubrirse en el ensayo o al menos así lo explica Andrea Chapela.

Es empujar las fronteras. Entablar una conversación con todas las partes mí misma, abarcar mis dualidades. Estudiar las palabras, hasta que yo, como ellas, pueda habitar esos dos mundos. Aprender, una vez más, como escribir sobre lo sublime, sobre lo familiar, sobre el origen.

Andrea Chapela – 119