Estaba hospedado en el Kahala Hilton Hotel desde hacía dos meses y me preguntaba cuántas veces me había impresionado, en la mañana, la belleza del conjunto de vasos brillantes a la luz del sol matutino, colocados sobre una mesa larga en una esquina de la terraza que daba a la playa. No he visto nunca vasos de brillo tan fulgurante, ni en Niza o Cannes en la costa sur de Francia, ni en la playa de la península de Sorrento, al sur de Italia, donde el sol brilla igualmente y el color del mar es también vívido. Es probable que retenga en mi corazón, durante el resto de mi vida, la imagen del sol matutino reflejado en los vasos de la terraza del Hotel Kahala como emblema de este Hawai reputado como la tierra del eterno verano, o como símbolo de la brillantez del sol de Honolulú, de la luz del cielo, del color del mar y el verdor de los árboles.

(La existencia y el descubrimiento de la belleza, 1969)

Esta columna ha ido y venido por los últimos años. A veces me preguntaba por qué escribía o para quién escribía; la respuesta corta siempre fue “escribo por mí y para mí, escribo porque aprendo cosas y me gustaría dejarlas en algún lugar”. Bueno, otra vez hemos cambiado el día de publicación, supongo que es una consecuencia inevitable de mi propio crecimiento. 

La cita con la que he iniciado el día de hoy, corresponde al discurso que Yasunari Kawabata dio en la Universidad de Hawái, un año después de haberse convertido en el primer premio Nobel japonés en literatura. María Ferrada me hizo recordar ese discurso en su prólogo a la obra que desentrañaremos en las siguientes líneas. A ella, al igual que a mí, le parecía remarcable que Kawabata decidiera iniciar un discurso de tal importancia hablando de los vasos del hotel en el que se hospedaba; sin embargo, me parece que a medida que avanzamos en el estudio de la literatura y cultura japonesa, avanzamos también en la comprensión de dicho discurso. 

El japonés posee un espíritu contemplativo por excelencia, así que no debería sorprendernos el hecho de que su literatura sea una donde se pone especial cuidado al detalle y, más que nada, a lo cotidiano. Tal vez haya sido eso mismo lo que tanto me cautivó de las letras niponas, la sensación de inmersión, la idea de estar en los lugares exactos o percibir los aromas que son tan detallados en la tradición del país del sol naciente. 

Kawabata me enseñó, con lo poco que he leído de su obra, a entender las emociones humanas desde otra perspectiva. Así que, cuando historias de la palma de la mano llegó a mi poder, no pude más que sentarme a buscar las lecciones que iba a enseñarme. Debo decir que, las historias contenidas en el libro están más bien encaminadas a salpicar la vida de quien los lea. Es simplemente eso: una gota que cae de manera aleatoria y no moja más que un espacio pequeño. 

Es una compilación de escritos de juventud. Algunos parecen no estar del todo pulidos o sobre analizados, pero justamente ahí radica su gracia. Las pocas líneas que componen cada historia, describen una parte de la genialidad del Kawabata que eventualmente ganó el Nobel. Muchas de las narraciones provienen del sueño, ya sea diurno o nocturno; algunas más son digresiones que él mismo tuvo consigo mismo o con su entorno. 

Sobre todo, son historias que logran entrar en tu mente durante cualquier momento del día, a veces te enseñan algo que necesitas en el momento, otras simplemente ayudan a desviar nuestros pensamientos.

Al iniciar el libro, me inundó la sensación de que el autor no escribía para nadie en específico, a veces parecía que estaba discutiendo consigo mismo; otras, me parecía que sus líneas proveían de alguna servilleta o libreta de notas y que habían sido transcritas sin poner especial atención en corregirlas, solo en caso de que tal labor las privara de su naturalidad y, más que nada, del sentimiento que intentaban transmitir. 

También sentí ganas de escribir un poco, especialmente sobre las cosas cotidianas: sobre la experiencia de viajar todos los días para llegar a la oficina o de las pláticas poco trascendentales que sostengo con un par de extraños; del empeño que pongo en elegir la lechuga en el supermercado, también de mis manías y mis pesadillas. En fin, escribir sobre los vasos, como lo hace Kawabata, quien nos explica, a través de su literatura, que las historias están en todos lados, siempre y cuando queramos contarlas.  

No he terminado de leer el libro, porque decidí abordar un par de historias antes de dormir, como un ritual anterior al sueño. También los invito a ustedes a escribir sobre lo que tengan a la mano; escriban en los tickets del super o las servilletas de la cocina y, quién sabe, algo interesante puede salir de ahí…más adelante.