El amor a las madres es también uno muy puro e interesante, el día de hoy en Huitziles y cosas peligrosas Nora Abad nos comparte su historia.

Como lectora irredenta, no es extraño que mi interés por su vida lo haya despertado un libro. De pronto, todo lo que me había contado a lo largo de estos años – y con más fuerza, todo lo que se había guardado – había adquirido un carácter rulfiano. Su pueblo, su familia, sus experiencias infantiles y los personajes que de derecha e izquierda del escenario la acompañaban, tenían ahora el efluvio de la inspiración literaria. Repentinamente su vida era una historia que yo podía leer, interpretar o incluso reescribir si así lo quería. Tomó un tiempo para que esa ilusión egoísta tomara la forma que debió tener desde el principio: el interés que una hija debería mostrar por la historia vital de su madre.

El problema no era una cuestión de falta de cariño. Independientemente de las definiciones de amor que cada uno profese, yo sé bien a las personas que amo – un puñado breve y no necesariamente bendecido por ello – y una de ellas es, sin duda, mi madre. La falta de diálogo venía de mi forma de ser y la completa falta de coincidencia en nuestras inquietudes e intereses.

Traté de interesarla por las cosas que yo disfruto. En un par de ocasiones le recomendé libros, películas y lugares, pero el resultado fue más bien doloroso y decepcionante. ¿Qué clase de entendimiento podía esperar si no sabíamos sufrir por las mismas cosas? Opté por la vía más lógica. Así fue como terminé viendo novelas a las seis de la tarde y episodios de series que narraban vidas, como la de Paquita la del Barrio, preguntando repetidamente: “¿Entonces él la engañó con la amiga?”. Puedes hacer esa pregunta sobre casi cualquier programa de televisión y la respuesta, con ligeras variaciones, suele ser afirmativa. He aprendido esos tropos recurrentes de la narrativa telenovelesca además de algunas inquietudes del corazón de mi madre, únicamente al sentarme a su lado cada tarde.

También me impuse, como una tarea, abandonar de vez en cuando el libro al que en ese momento estuviera enganchada, como pez al anzuelo, para hablar con ella. Recordar preguntarle cómo se siente, tener presentes a las amigas de su último trabajo, lo que me cuenta sobre los vecinos. Lo necesario para saber qué preguntar la próxima vez que la elija como narradora por sobre algún autor publicado. “¿Y cómo sigue Doña Yoli?”, “¿Diana todavía trabaja de niñera?”. Parece extraño tener que pensar en todo ello de forma consciente, como si el interés por los seres queridos no fuera natural. Pero es que me pregunto si lo es. 

En alguna ocasión andando sola camino a mi casa pensaba que el amor es realmente una cuestión de elección. Quizá no elegimos quién nos atrae en primera instancia, pero sí elegimos agradecer su interés por nosotros, darle la oportunidad de decepcionarnos, elegimos soportar las manías que en otros nos resultarían inaceptables, dedicar tiempo a ellos y a sus intereses. Todo eso lo decidimos más o menos conscientemente, sobre todo cuando el amor romántico se aleja lenta pero inexorablemente del estadio de la euforia. Y si elegimos ofrendar tanto esfuerzo hacia desconocidos que, la mayor parte del tiempo serán sólo una huella pasajera en nuestra historia, una anécdota para reírse con las amigas, ¿por qué no hacerlo con mi madre?

Incluso mientras escribo esto pienso que tal vez debería demostrarle que me importa sentándome junto a ella a ver esa nueva novela turca, de la cuál jamás sabrá darme un resumen certero,  en lugar de escribir esto para una docena de desconocidos.  Pero la escritura es un ejercicio caprichoso e ingrato, es proveedora de una falsa sensación de trascendencia. Lo que está escrito no se olvida. Las brumas de la memoria pueden no aclararse una vez que la edad nos abandona en el bosque de niebla de la vejez, pero podemos volver a leer, volver a escuchar las palabras que alguien nos dedicó. Mejor aún, podemos sentirlas nuevas con cada experiencia que se suma a nosotros antes de volver a ellas.  

Al final, una vida entera no es más que una historia que quizá se puede contar en un par de horas, pero como las buenas películas, a las vidas que amamos podemos regresar una y otra vez.