La primera vez que leí a Natsume Sōseki fue gracias a un volumen de Kokoro que encontré en una biblioteca de la universidad. Cuando tuve un poco de dinero compré mi propia copia, así podría leerla las veces que quisiera en el futuro. 

Fue en los mismos pasillos de esa primera biblioteca que me encontré con Botchan, una novela a la que lamenté haberle dado un trato tan descuidado. Por aquellos años trabajaba a medio tiempo y apenas me quedaba espacio disponible, así que terminé por leer aquél libro durante un par de horas de espera en la fila del banco. 

Ahora mismo recuerdo que, en más de una ocasión se me dibujó una sonrisa en el rostro mientras pasaba sus páginas; llegué a encariñarme con su protagonista, incluso me molesté ante algunas situaciones particulares. Lo que más me gustaba, sin embargo, era la idea de que ese libro hablaba de alguien a quien yo conocía: el mismo Sōseki. 

Botchan nace de la propia experiencia del autor, surgida de su tiempo como profesor de provincia (en Matsuyama), un hecho que muchos de sus colegas calificaron como un destierro y que para él se convirtió en pura inspiración. Lo cierto es que Sōseki no amaba ser profesor, ni en las afueras ni en la capital, porque también fue catedrático durante cuatro años, obligado por su deuda con el estado japonés, que había auspiciado sus estudios en Londres. 

Esta novela es una sátira que retrata la vida de un Japón envuelto en la transformación de la era Meiji, un Japón que intenta adaptarse y seguir el paso de occidente, pero que a Sōseki le parece irreverente. Esta idea sigue a varias de sus novelas, como Soy un Gato y Kokoro

Botchan es “el niño mimado”, un joven adulto que se ve obligado a tomar un empleo de profesor de provincia sin quererlo. También es un hombre que no entiende la vida adulta, que no sabe cómo funciona el mundo ni tampoco la sociedad. Ese retrato que el autor pinta de sí mismo me llenaba de una sensación de desencanto, porque yo misma estaba llegando a ese momento de mi vida, en que me era complicado sentirme a gusto con la reglamentación que acompañaba mi entrada al mundo laboral.

Muchos de los problemas del protagonista, incluidos los que tuvo en su infancia y adolescencia, vienen dados de su propio carácter incontrolable, mismo que lo llevó a ser catalogado como un matón en su barrio. 

Así que botchan se encontraba solo, huérfano de padre y madre. Su hermano liquida sus propiedades y le da unos yenes para que haga su vida, con ellos estudia física y luego tiene que trabajar, para mantenerse y ayudar a su única compañera: Kiyo, su nana. 

Al llegar a Matsuyama no conoce a nadie, eso es cierto, pero además, su individualismo lo lleva a no querer pertenecer. Sōseki sostenía que el ser humano debería poder vivir como quiere, siempre y cuando cumpla sus respectivas obligaciones con la sociedad. Pero en la novela eso no es suficiente, porque todos sienten la necesidad de meterse en la vida de todos. 

A botchan le toman el pelo, porque a sus alumnos se les hace fácil y nadie mueve un dedo para detenerlos. Sus compañeros, por su parte, son o incompetentes o demasiado simplones; aún así, saben cómo funcionan las cosas y por eso logran sobrevivir en un pueblo que todo lo oye y todo lo ve. Al llegar, botchan le pone apodos a estos profesores, los más entrañables son Camisa roja (el antagonista), Tanuki, Puercoespín y Calabaza.

Botchan se sabe observado. Quieren saber a dónde va, porque es nuevo y es raro, porque todo le molesta y tiene un comentario para todo; lo sacan fácilmente de sus casillas y, si no pueden obtener lo que desean de él, lo desechan (como pasa con la mujer que le alquilaba una habitación al inicio de la novela). 

Esta pequeña sociedad es, a su vez, un retrato del país completo; los habitantes juzgan algunas cosas como terribles (por ejemplo el hecho de que botchan le guste comer tempura), mientras que, a oscuras dan paso a verdaderos desenfrenos. Por eso, el protagonista se siente fuera de lugar, además de que sus raíces tokiotas lo llevan a sufrir conflictos con la vida rural. Después de todo, botchan es alguien que se enorgullece de su  buen juicio y se mantiene siempre esperanzado en el futuro, pero no puede soportarlo todo.

A lo largo de la novela, el protagonista mantiene comunicación con Kiyo, quien juega el papel de guía, además es la única que siempre vio al joven con aprecio. Botchan la adora también, tanto que, al final de la novela regresa a Tokio con ella, ¿por qué?, eso es algo que deberán averiguar. 

La obra logra, con un número reducido de páginas, hacer una sátira social, donde cada personaje representa a alguien. Estoy segura que, luego de leerla, serán capaces de encontrar un Camisa roja en su oficina, también a una Kiyo que los conforte o, al igual que yo, pensarán que todos tenemos un pequeño botchan en nuestro corazón, ese niño mimado que no sabe cómo adaptarse y que, eventualmente debe elegir qué camino tomar para mantenerse cuerdo. 

Espero que sea capaz de sacarles una sonrisa, ya que, como dice José Pazó, en su introducción a la edición de Impedimenta: “si nos hace reír tanto es, sin duda, porque también está hablando de nosotros”. 

Imagen: Botchan (2008). Impedimenta.