Como he comentado en diferentes entregas de esta columna, siempre resulta interesante la manera en que música y literatura se terminan combinando. Coincidencia del destino (o no), este fin de semana se cumplen 50 años del Festival Rock y Ruedas Avándaro, aquel mítico evento que, según cuentan, reunió a más de 300 mil jóvenes mexicanos para escuchar a las bandas del momento.

El “Woodstock mexicano” causó una serie de reacciones por parte de la sociedad mexicana de aquel momento, si aún en la actualidad se encuentran problemas respecto a temas como drogas, sexualidad y juventud, imaginen la situación en 1971.

“¡EL INFIERNO EN AVÁNDARO! Encueramiento, mariguaniza, degenere sexual, mugre, pelos, sangre, muerte” se leía en el titular del periódico Alarma, el cual hizo que a más de un padre mexicano le saltara el corazón al leer las locuras que se vivieron el 11 y 12 de septiembre de 1971 en el asentamiento de Tenantongo, a 5 km del pueblo de Valle de Bravo, en el estado de México.

Lo que nos ocupa hoy es como nuevamente la música y la literatura se unen, pues en aquellos años circulaba la Revista Piedra Rodante, la cual era un referente nacional para todos los jóvenes que querían conocer lo más novedoso sobre el rock, y que dedicó su sexto número a difundir la experiencia de aquel evento.

Entre los colaboradores de la revista figuraban nombres como José Agustín y Parménides García Saldaña, los mismos que años después se posicionarían como gurús de la “literatura de la onda”, quienes aprovecharon la oportunidad para escribir algo sobre el evento.

Avándaro un episodio de tragicomedia

En el 71 José Agustín ya era toda una figura literaria que buscaba dar voz a todos aquellos jóvenes que en aquel momento no eran tomados en cuenta. Más de 20 años después, en 1992, dedicaría algunos párrafos de su Tragicomedia Mexicana a recordar lo ocurrido en Avándaro como testigo presencial de aquella memorable jornada.

El escritor menciona que la gente llegó en proporciones inimaginables; jóvenes de todas clases sociales, especialmente de la capital, congregados en la misma necesidad dionisiaca, listos para el inmenso recreo que sería el festival. Señalando que, al caer la tarde ya había más de 100 mil asistentes.

Poco después, un par de grupos echaron el palomazo para calentar al público. A esas alturas casi todos los asistentes habían consumido fuertes cantidades de distintas drogas: alucinógenas (mariguana, LSD, hongos, peyote, silocibina, mescalina), estimulantes (alcohol, cocaína y anfetaminas) y depresivas, y no faltaron los que le entraron a los solventes (cemento, thínner).

A pesar de ello, recuerda que los jóvenes lograron hermanarse, y en general se puede afirmar que el festival, como debía de ser, representó una fiesta dionisiaca notablemente inofensiva, si se toma en cuenta la ingestión de tanta droga y la disminución de la conciencia individual que ocurre en toda congregación de masas.

Agustín destaca que, en realidad todo habría estado muy bien, de no haber sido por la pésima organización y el flagrante autoritarismo que se tradujo en numerosos problemas. Sin embargo, los grupos, con fallas y todo, pudieron tocarle a un público que constituía un formidable espectáculo en sí mismo con toda la gente en la cúspide de la intoxicación.

Avándaro cúspide de la juventud

Por su parte, el Rey Criollo, Parménides García Saldaña escribió una reseña bastante crítica del festival en el mencionado número de la revista, en donde resaltan las tensiones que no logra controlar y revelan un sujeto contradictorio, que aún no define su postura de autoridad, la cual oscila entre una crítica al gobierno que reprime a la juventud y una aceptación del régimen que permitió el concierto, postura que los editores de la revista toman.

“¿Se trata de oponerse al estado abiertamente o de estar en la onda que diariamente se puede construir alrededor del rock?” señala en su reseña.

Como observador en Avándaro, Parménides crítica a los lectores fresas, al “ridículo mundo de la gente nice”, poniéndose del lado del pueblo y señalando que la gente de los barrios bajos participa de una manera más política que la gente nice, a los que les dice: “fuck, pequeños burgueses enajenados que no saben para qué demonios sirve el rock”.

Asimismo, reconoce a las chavas que asistieron, señalando que las mujeres eran explícitamente incluidas, como una resistencia política y feminista, y no sólo una serie de actos inmorales. Por lo que llama a leer a la “chaviza” en sus propios términos:

“La libertad de elegir su destino independientemente de los moldes rígidos que todo sistema de opresión (fragmentación) utiliza para su sostenimiento. en avándaro el ridículo mundo de la gente nice (panties sex, brassiers no bra, kotex o tampax, vaselina sólida, champú, pelucas para secretarias) ch… a su madre por un ratito”.

Monsiváis vs Monsiváis

En el segundo volumen de Tragicomedia Mexicana, José Agustín también recuerda la carta que, indignado, envío Carlos Monsiváis desde Essex, Inglaterra al periódico Excelsior.

“El que no se midió fue Monsiváis”, recuerda José Agustín, pues criticó a los asistentes al festival, señalando que eran los mismos que no quisieron protestar el 10 de junio (halconazo) porque se sentían gringos, pero que los unía el deseo de sentirse extranjeros cantando canciones en un idioma que nos es el suyo bautizándolos como la “Nación de Avándaro” y catalogándolo como “uno de los grandes momentos de colonialismo mental del tercer mundo”.

La carta se publicó el 26 de septiembre de 1971, sin embargo, destaca que Monsiváis no le había enviado la carta al diario, sino a su amigo Abel Quezada, quien la hizo pública sin que el escritor lo supiera.

En los primeros días de noviembre de ese año, la revista Siempre! Publicó una carta aclaratoria de Monsiváis a Quezada, titualda “Bajo el clima del moralismo”, en la cual refiere al bochorno que sintió por haber caído en el bajo clima de moralismo profesional que se desprende de la carta, la cual se publicó “al margen de cierta depresión inevitable”.

En el siguiente párrafo, debate consigo mismo al escribir una nota polémica contra un falaz adversario al que designa con las iniciales CM.

No hay peor crítica recibida, escribe, que la de “encontrarse compartiendo puntos de vista con los elementos más atroces del país”. Finaliza deséandole a CM que tenga el suficiente sentido del humor para asimilar el golpe y abstenerse en el futuro de lanzar admoniciones, camino que desemboca en el púlpito, en las peñas de la provincia o en la senilidad.

Seis años después, en el volumen de crónicas Amor Perdido, Monsiváis abordaría con mayor profundidad sus reflexiones sobre el tema en el apartado “La nación de Avándaro”  que forma parte de una crónica más extensa sobre el movimiento cultural y literario al que se la llamo “la onda”.

Historias sobre este evento hay demasiadas, el impacto que tuvo y sus repercusiones aún son notables hasta el día de hoy, por ello dedicaremos una serie de números al aspecto literario. Pero para no perder la costumbre, les comparto un video de lo que fue el festival: