“Al cruzar por delante del espejo, miré involuntariamente y vi mi rostro reflejado en él. Tenía una expresión extraña. Era mi cara, pero aquella no era mi expresión. De todas formas, no me apetecía retroceder y comprobarlo”. 

(K, capítulo 5)

Siempre me sorprendió lo fácil que resulta para algunas personas el hablar de sí mismos. Pareciera que se conocen muy bien, pero también parece que están muy seguros de que no existen lagunas en la forma en que perciben su propia personalidad y es así que deciden exteriorizarse ante los demás. 

Yo, por mi parte, siempre dudo sobre lo que vale la pena decir sobre mí. Así, me encuentro dividida entre todas las personas que me conocen, porque cada una sabe algo distinto sobre mi persona. Esto implica que esta persona que soy, es a su vez, muchas otras que viven en la mente de quienes me conocen y ese es uno de los temas principales de la obra que vamos a tratar en esta entrada. 

Durante mis años de preparatoria leí Sputnik, mi amor, de Haruki Murakami, alguien de quien ya les he hablado con anterioridad y cuya escritura fue uno de los gatillos que desencadenó mi entrada al mundo de la literatura japonesa. Recuerdo muy bien haberla leído en mis ratos libres, mientras estaba sola. Tiempo después volví a tomar la novela entre mis manos y debo decir que me sigue causando el mismo sentimiento de tristeza y melancolía que sentí a mis 17 años. 

El libro es casi siempre descrito en términos de una cadena de amores no correspondidos, por un lado el narrador, quien está enamorado de Sumire (la protagonista) y esta a su vez está enamorada de Myuu, una mujer de mediana edad, quien además está casada. 

Debo admitir que, hace años me hubiese visto tentada a dar esa misma explicación vaga, porque es cierto que, a grandes rasgos, la novela trata sobre amores no correspondidos, pero hay algo mucho más profundo que subyace a las historias de los tres personajes que ya les mencioné: la incapacidad de reconocerse a sí mismos. 

Empezando por K (nuestro narrador), a pesar de que ama a Sumire, no se decide a confesarse con todas sus letras.

— (…) Te pareceré estúpida diciéndotelo así, pero la verdad es que me he enamorado.

—¿No será de mí?

—No es de ti (…). ¿Estás libre hoy? Me gustaría que nos viéramos y hablásemos. 

—¿De que te has enamorado de alguien que no soy yo?

—Sí, de que me he enamorado apasionadamente. 

(capítulo 2, Sumire a K)

Son amigos y ella acude a él para contarle sus pensamientos; más de una vez le llama en medio de la madrugada para hacerle preguntas y pedir consejo y K es feliz teniéndola a su lado, incluso si entiende que nunca pasará nada más allá. 

Sumire, por su lado, tiene una sola idea: convertirse en escritora. Al menos es así hasta que conoce a Myuu, de quien se enamora profundamente. Ella se convertiría eventualmente en objeto de deseo de Sumire y la única idea en su cabeza, pues pronto se da cuenta de que su mente ha sufrido un bloqueo que le impide escribir. 

Finalmente está Myuu, una mujer de mediana edad (es 16 años mayor que Sumire), casada, que se dedica a la distribución de vino. Anteriormente se dedicaba a tocar el piano, pero debido a ciertas circunstancias lo dejó y con ello una parte muy importante de su vida. 

El destino de estos tres personajes se intercepta cuando Sumire y Myuu llegan a una isla griega, como una forma de descanso en medio de un viaje de trabajo y Sumire desaparece sin dejar rastro. Myuu se ve incapaz de encontrar a la chica, por lo que llama a K para que le ayude a buscarla. 

Es en esa isla que descubrimos el otro lado de Myuu, porque hasta este entonces ya se ha descrito el de Sumire y K; el primero es incapaz de formar lazos reales con las mujeres, sin embargo, se siente profundamente atado a Sumire. K, además, no sabe cómo revelarse ante los demás, a veces incluso duda que haya algo en él que valga la pena exteriorizar. 

Sumire, por su parte, se siente dividida entre la mujer que es actualmente, esa que es incapaz de escribir, pero que puede vivir de acuerdo a los requerimientos de la sociedad; su otra mitad es la mujer inmadura y juvenil que era capaz de verlo todo de manera distinta y menos realista, pero que no dudaba al poner sus ideas en papel. 

Entonces, Myuu explica su división como algo real, algo que ocurre de manera casi fantástica en una noche mientras está en una rueda de la fortuna en Suiza. Horas antes había conocido a un hombre hacia el cual sintió un rechazo casi instantáneo. Por la tarde, Myuu sube a la rueda de la fortuna y, dado que recuerda haberla visto desde la ventana de su habitación, decide intentar la acción a la inversa y buscar su ventana desde la cabina en la rueda. Es ahí que nota algo escalofriante: en su cama yace el hombre que había conocido antes y hay una mujer con él, esa mujer era Myuu. 

Tras el incidente, Myu es incapaz de bajar de la rueda y no puede pedir ayuda, por lo que termina pasando la noche ahí, en medio de un shock que la hace cambiar radicalmente en cuestión de unas cuantas horas. El mayor signo de aquel cambio fue el color de su cabello, que a partir de entonces creció de un extraño color blanco. 

Sumire cuenta todo esto en su diario, que es la única pista que dejó tras de sí antes de desaparecer. En él también incluye un par de textos, lo cual hace constar, al menos a ojos de K, que la mitad de Sumire que (según ella) se había perdido, había estado en la isla griega en algún punto de su estadía. 

K termina por regresar a Japón luego de haber experimentado su propio cambio en la isla, pero nunca fue capaz de encontrar a Sumire. Aún así, al final de la novela, K recibe una llamada en la madrugada y de este modo sabe que la mujer que amó ha regresado, pero queda una pregunta al aire, ¿Cuál de las dos Sumires volvió?, ¿Cuál de los dos K ha contestado el teléfono?

La razón de que esta idea del desdoblamiento me parezca tan atractiva, es que implica el reconocimiento de uno mismo también. ¿Cuál de nuestras mitades le mostramos al mundo?, ¿Cuál mitad es la que está leyendo esto ahora mismo?, ¿somos capaces de reconocer nuestras dos partes?, ¿aún estamos completos o ya hemos perdido una mitad? No lo sé, pero estoy segura de que, al igual que le pasó a K, yo olvidé a alguien recientemente y con esa persona se fue uno de mis fragmentos, el cual no sé si volverá o si se ha perdido para siempre.

Referencias:

Murakami, H. (1999). Sputnik, mi amor. Maxi Tusquets.

Imagen: taturrolector.wordpress.com