El amor viene en múltiples formas, a veces de manera inesperada, directa y que nos marca para siempre en forma de hermanos. Hoy en Huitziles y cosas peligrosas, Karen Alíe nos comparte su amor.

Existen una infinidad de personas que se jactan de despreciar la idea del amor a primera vista y, sin embargo, sucede que a veces, sólo a veces y con puñados enteros de suerte, a alguien en este mundo le pasa y entiende que el amor puede estar detrás de un par de ojos que nunca te han mirado e incluso detrás de unos labios que jamás, siquiera, han pronunciado palabra alguna.

Al menos así ocurrió para mí.

La primera vez que lo vi fue la mañana de un 4 de octubre de hace ya bastantes ayeres, yo tenía apenas un par de años y ni siquiera sabía lo que era el amor, pero al verlo me pareció el tipo de persona con el que me gustaría compartir toda mi vida. Ese día me acerqué sigilosamente a él y, aunque lo llamé por su nombre, nunca se percató de mi existencia, era como si todo fuera nuevo para él y es que todo lo era.

A partir de aquel momento, todos los días esperaba ansiosa que el sol inundara con sus rayos mi habitación, porque eso sólo significaba una cosa: podía ir a donde él a admirar su tamaño y hablarle de cómo era el mundo para una persona de tres años.

Cuando tuvo la edad suficiente, a mi consideración, para aprender las vocales, los colores y el nombre de los animales, se los enseñé, rayé todas las paredes de mi casa para que él pudiera tener una buena educación, sin embargo, no funcionó porque a los dos años nadie guarda tanta información en su memoria y, también porque mis papás no me creyeron cuando les dije que él había sido quien lo había hecho y entonces, como castigo, me quitaron mi caja de gises.

El tiempo siguió transcurriendo hasta que un día ya no lo culpé más por las cosas que yo hacía, eso porque ya tenía edad para ser regañado y deseaba retrasar ese momento lo más que pudiera, incluso hubo una vez que asumí su culpa y me regañaron, pero estuvo bien, no me molestó. Sin embargo, una tarde ya no pude aplazar más ese momento y entonces comenzamos a ser regañados ambos.

Para sorpresa de todos, una noche descubrió que podía cantar y entonces se aprendió las dos canciones de Alejandro Fernández que mi mamá escuchaba en repetición automática cuando hacíamos el quehacer, desgraciadamente hubo un día en el que dejó de hacerlo para siempre y ahora ese momento sólo vive en nuestra memoria.

A la fecha todo ha cambiado, ahora mide, al menos, veinte centímetros más que yo y ya no lo cargo más, es él quien lo hace conmigo, ya no le enseño las vocales ni tampoco, con una que otra travesura, rompemos las cosas que mi mamá pone por la casa creyéndolas seguras; en cambio, hemos hablado un par de veces de uno que otro amor fallido, de la música que a ambos nos gusta y de la que no, hasta del capitalismo y la manera que tiene de exprimirnos y aún así parecerle a la gente un sistema económico decente, hemos aprendido juntos a nadar, a bucear y recientemente a patear gente en una escuela de Taekwondo; le he intentado enseñar a dibujar, pero parece que Dios no le dio ni una pizca de esa habilidad, me ha enseñado a jugar ajedrez, a resolver derivadas y un montón de problemas matemáticos que a veces ni siquiera entiendo.

Hoy sé que el amor es escucharlo hablarme de un montón de datos científicos acerca de un sinfín de cosas, es cocinar a su lado recetas nuevas deseando que sepan tan buenas como lucen, es hacer cosas que de pronto fastidian a mi mamá, pero, sobre todo, el amor es explotar en risas a medianoche por cualquier chiste sin sentido o carcajearnos en silencio para que mi mamá no escuche que, es cierto, a veces nos quitamos el tiempo.

Todo ha cambiado y, sin embargo, cuando lo veo aún me siento atrapada en aquel 4 de octubre del 2000 en el que contemplaba con admiración y asombro cómo la persona que tenía frente a mí iba a ser mi hermano para siempre. Y aunque a veces quiero mandarlo a contar los granos de arena en las playas de Australia, no me imagino una vida sin él. Sin mi único para siempre.