En este mundo hay un principio y un fin. Y en ambos extremos está Aki.

(p. 189)

En mi cumpleaños número 20, mi amigo Gabriel me regaló una novela, que es de la cual voy a hablarles en esta entrada. Yo, una semana después, le regalé un libro de haikús, porque supuse que la literatura era lo que nos había llevado a ser amigos. 

Hoy, más de cuatro años después, tomé esa novela y en ella encontré las notas que había dejado, también las que dejó una amiga mía cuando se lo presté. Además encontré un poco de la melancolía que me invadió la primera vez que revisé sus páginas. Y pensé en la idea del amor, en la idea de la muerte, en lo que las hace tan similares… 

Kyoichi Katayama escribió Un grito de amor desde el centro del mundo, una novela que se publicó hace veinte años y que, a la fecha sigue siendo una de las obras más vendidas de Japón. La narración sigue la historia de amor de Sakutarou y Aki, dos chicos que inician su amistad durante la secundaria, hasta que eventualmente inician una relación. 

La novela se compone de dos líneas temporales principales, una es el pasado, en el que vemos a los dos chicos conocerse y enamorarse; la segunda es la del presente, donde Aki ha muerto y Sakutarou inicia un viaje con los padres de la joven para llevar las cenizas de su amada a un lugar que ella siempre quiso visitar. 

Creo que la razón por la que me había costado tanto retomar aquel libro fue, en primera instancia, que en sus primeras páginas te lanza una verdad desgarradora: Aki está muerta y debido a ello, Sakutarou no puede experimentar nada como lo había hecho hasta entonces.

Con la muerte de Aki, el mundo entero se había convertido en un desierto. Ella había huido. Al punto más recóndito del fin del mundo. Y las huellas de mis pies, que corrían en pos de ella, habían sido barridas por el viento y la arena.

(p. 60)

A mí, en el fondo de mi corazón, me invadía también una tristeza horrible al pensar en aquel amor que había terminado; pero, en realidad, lo que la novela me enseñó fue algo muy distinto. A través de la historia del abuelo de Saku, supe que el amor es algo un poco indescriptible, pero que puede vivir en nuestro cuerpo incluso si la otra persona ha muerto. 

Y esto último no tiene que sonar tan desgarrador; lo que ocurre es que una vida muere con la muerte del otro, pero el cuerpo sigue viviendo otras vidas, al lado de otras personas. Esta idea me tranquilizó, porque llegó a mí cuando alguien importante había caído enfermo. 

La historia de Aki y Saku es realmente hermosa. Ocurre como otras tantas historias de amor de juventud; ellos eran compañeros, luego fueron amigos, pero pasaban tanto tiempo juntos que él no veía a esta chica con ojos románticos. Sin embargo, un día, en un arrebato de sentimientos, el chico pide que le dediquen una canción en la radio (la situación es hilarante, hasta que las coincidencias nos abofetean la cara más adelante) y poco a poco, Saku se da cuenta de que hay algo floreciendo en su interior. 

Días después, en el funeral de una profesora y mientras Aki da un pequeño discurso, el joven debe asimilar lo inevitable:

Junto con la alegría que colmaba mi corazón, tuve consciencia por primera vez de ser uno de los chicos que estaban enamorados de Aki.

(p.28)

Y con la aceptación llegan los momentos de intimidad que cobran sentido, luego el primer beso en medio de una noche que huele a hojas quemadas. Las caminatas a casa, que se alargan dando vueltas en los alrededores, porque ninguno de los dos quiere que terminen. Y Saku lo sabe, que Aki lo ha cambiado en más de un sentido, porque ella ha decidido instalarse en su vida y él gustosamente le ha dado permiso. 

El autor nos lleva de la mano por los momentos más felices de la pareja, por los detalles que compartieron y los planes que se seguían postergando, como su paseo para ver florecer las hortensias cerca del castillo blanco. 

Saku narra en su viaje todo lo que ve, a través de unos ojos que han dejado de ser también de Aki porque, como él sigue remarcando, ella está muerta. Además, él no quiere ver, ni escuchar, ni sentir nada, porque no estará ella para compartirlo. 

A medida que se acerca el final, Saku recuerda a su abuelo, quien vivió enamorado de una mujer con la que jamás pudo compartir su vida; recuerda la noche en que ambos profanaron su tumba para obtener una pizca de sus cenizas y también la promesa que le hizo a su abuelo, de tomar una pizca de sus propias cenizas junto a las de su amada y esparcirlas en un lugar no alterado por el hombre. 

Debido a esto, Saku guarda una pizca de las cenizas de Aki también, para mantenerlas consigo. Esto nos lleva a la cita que abre esta entrada, pues Saku deja ir las cenizas en medio de una lluvia de pétalos de flores de cerezos, porque sabe que su vida ha terminado junto a la vida de Aki. Y esta forma de cerrar es también una manera de decir que un grito de amor puede llegar desde cualquier lugar y atravesarlo todo, en busca de un oído que lo escuche. 

Qué extraño me suena ahora todo esto, igual que cuando les hablé de Lo bello y lo triste y seguro lo mismo pasará cuando les escriba sobre Nieve de primavera, ambas novelas centradas en un amor destinado a la fatalidad. 

Este resumen fue, una vez más, realmente escueto, pero creo que sería imposible poner mis risas y mis lágrimas en estas líneas, por eso los invito a leer la novela. También los invito a repensar la idea del amor que vive eternamente y aquella que dice que la muerte es el fin de todo; quién sabe, igual y ninguna de las dos es tan real ni tan falsa. 

Referencias: Katayama, Kyoichi (2001). Un grito de amor desde el centro del mundo. Punto de lectura.