Hay amores que nos marcan de por vida, que nos enseñan cosas que jamás imaginamos, pero sobre todo que nos demuestran lo importante del amor propio. Hoy en Huitziles y cosas peligrosas Jaz Ramos con comparte su historia.

Hay una chica en el balcón. La he observado largo rato, debe llevar alrededor de una hora esperando a la persona de sus sueños. ¿Cómo lo sé?, porque se asoma a la calle cada tanto y revisa su celular nerviosamente al menos cada cinco minutos. Probablemente no desayunó por el estrés del encuentro, pero esa persona no llega y ella no pierde la esperanza. 

En el momento que la vi, supe inmediatamente lo que ocurría. Me recordó a mí, especialmente al tiempo en que era capaz de esperar una hora por el chico del que estaba enamorada; pero no es de esa historia que voy a hablarles en estas líneas, sino de un amor un poco más triste y complicado. 

Cuando era niña pasaba mucho tiempo sola, así que no tuve espacio para llenar mi cabeza de inseguridades; pero cuando llegué a la secundaria las cosas comenzaron a cambiar. Mi hermana ya estaba en la preparatoria y muchos chicos se acercaban a ella para cortejarla. Lo malo era que se acercaban a mí para acortar el camino, pero una vez que las cosas fallaban, la falsa amistad terminaba y jamás los volvía a ver. 

El ciclo se repitió varias veces, hasta que comencé a hacerme preguntas hirientes, ¿sería siempre así?, ¿nunca iban a fijarse en mí antes que en mi hermana?, ¿no era yo lo suficientemente buena para ser amada? Actualmente todas esas preguntas tienen una respuesta, pero por aquellos años me costó superar cada una de las pérdidas. 

La situación empeoraba con los reproches familiares “¿por qué no actúas como una niña?”, “¿por qué sigues jugando con chicos?”, “deberías vestirte como tu hermana”, “¿qué pensarán los vecinos si te ven jugando fútbol y tan desaliñada?” y así, la montaña de problemas que antes no existían en mi cabeza comenzó a crecer a pasos agigantados. La presión de mis pares no era menor. Las chicas de mi edad tenían novio, se maquillaban y usaban ropa linda, pero yo no me sentía cómoda con nada de eso; lo que sí, es que tenía mucha curiosidad por el proceso del tan mentado enamoramiento. 

Entonces, cuando me fijé en un chico por primera vez, me invadieron un mar de nuevas inseguridades. Era mi compañero, un niño que podía catalogarse como lindo y popular, pero que además era amable conmigo o eso aparentaba, porque en más de una ocasión se confabuló con sus amigos para jugarme bromas que consistían, básicamente, en preguntarme si quería salir con él. Yo sabía muy bien que muchas chicas iban detrás de él, así que yo estaba completamente descartada por mis nulas cualidades. Aún así, me confesé después de la graduación y fui brutalmente ignorada. La sensación de insuficiencia fue desgarradora y con aquel sentimiento comencé mi vida de preparatoria.

Ahí hice mis primeros amigos reales y experimenté un enamoramiento que duró mucho más tiempo que el anterior. Esta vez, la persona era sumamente amable y considerada (una vez más, eso era lo que yo pensaba), recibí muchos regalos suyos y solíamos conversar por horas antes de irme a dormir; sin embargo, nunca le dimos un título a nuestra relación, no porque yo no quisiera, sino porque él nunca lo deseó. 

Admito que le di más de lo que jamás le di a nadie, especialmente cariño incondicional, algo que ni yo misma había recibido en toda mi vida. Incluso ahora puedo decir que me esforcé demasiado por estar con él, a veces a costa de mi propia dignidad. Cuando él se fue, pude notar el daño que me había hecho, pero también supe que me había enseñado algo sumamente importante: yo era capaz de amar y merecía a alguien que me amara de la misma forma. 

Mi travesía me llevó a enamorarme una vez más (de esa persona que me hizo esperar más de una hora en la banca de un parque). Esta vez mi anhelo se mezcló con muchas cosas más: mi vida universitaria, mi trabajo y mi salud física y mental. Fue solo tras cuatro años de amor no correspondido que entendí el daño que me estaba haciendo y mi transformación dio comienzo de manera inevitable. 

Había pasado más de veinte años de mi vida buscando aprobación y cuidado, buscando una persona que me dejara ser egoísta de vez en cuando, alguien que me preguntara si estaba bien y me abrazara en momentos de debilidad, pero nunca pensé que esa persona debía ser, en primera instancia, yo misma. 

Así que me abracé y con ello me reconcilié conmigo misma. Empecé a cuidarme y quererme más. Inicié por usar las faldas que tanto me habían acomplejado, luego regresé a los campos de juego, aunque esta vez a jugar béisbol. Fui al médico y tras varios años de consultas y medicamentos me extirparon un tumor que había cargado desde mis años en preparatoria, pero al que nunca nadie le prestó atención porque tampoco me prestaban atención a mí. 

Me alejé de las personas que me habían hecho daño y, tras un encuentro fortuito con mi antiguo amor, finalmente corté los lazos que me habían mantenido atada a mi dolor del pasado. Tuve que pedir tiempo y comprensión, porque necesitaba sanar y ayudarme a comprender que siempre fui suficiente, que soy linda en más de un aspecto y que mi inteligencia es mi mejor arma, más allá de las convenciones sociales y las exigencias de algunas personas a mi alrededor. 

Mis amigas y amigos estuvieron ahí mientras luchaba, me abrazaron y consintieron, me dieron un lugar al cual pertenecer solo por el hecho de ser quien soy; de ellos vinieron mis primeras fiestas de cumpleaños, mis primeros halagos, mi primer ramo de flores y muchas de las mejores risas de mi existencia. A cambio, yo quise darles el amor que había aprendido a brindar. 

Pensé en todo esto mientras veía a la chica del balcón, emocionada, recibiendo al chico que la hizo esperar casi una hora y que en este momento parece ignorar completamente lo que ella le cuenta con una sonrisa en los labios. Ojalá pudiera haberle dicho “va a tardar, es mejor que pidas algo por tu cuenta o te dolerá el estómago por el hambre”, pero no lo hice, porque ella eventualmente (ojalá que sí)  pasará por este camino sinuoso que es el primer amor verdadero, el que viene de nosotros y va hacia nosotros.