Una vez más hemos llegado a esta parte del año en que hablar de muerte se vuelve común. Durante estas semanas estuve recordando algunas muertes particulares dentro de la literatura japonesa, por ejemplo, la de Sensei, en Kokoro o la del hijo de Oki, en Lo bello  y lo triste. A mi mente vinieron también las muertes rituales, como el seppuku y el harakiri, muy comunes hasta entrada la modernidad en Japón. 

La realidad es que el concepto de la muerte tiene sus raíces muy arraigadas en el país del sol naciente. Recordemos que en el Kojiki se habla del nacimiento de esta idea, porque hasta ese momento los habitantes de la tierra parecían no morir; la diosa Izanami muere y va al Yomi (inframundo), en el cual promete dar muerte a cierta cantidad de hombres cada día, mientras que su esposo Izanagi, incapaz de salvarla, promete dar vida a más humanos de los que ella mate diariamente. 

Para el japonés, la muerte es en realidad un ciclo, no existe una separación tan profunda entre aquel que vive y aquel que muere; de ahí que los fantasmas sean algo común para su cultura, pues lo que nos mantiene alejados del otro mundo es apenas una delgada tela. Hemos visto, por ejemplo, que en el teatro Noh existe una representación del otro mundo, al cual se accede atravesando una especie de cortina, pero todos los mundos se conectan a través de un pasillo.

En cuanto a los espíritus japoneses, estos se dividen en dos clases principales: sōrei (祖霊), que son los llamados protectores y yurei (幽霊) que son los espíritus atormentados. Se cree que aquellas personas que mueren en paz se transforman en sōrei y pueden seguir cuidando de sus seres queridos incluso después de muertos; mientras tanto, los yurei vagan por el mundo en busca de una forma de cruzar hacia el mundo de los muertos y a menudo atormentan a los vivos, debido al dolor que les causa no poder descansar. 

El imaginario japonés cuenta también con emisarios que se encargan de llevar los espíritus de los muertos, estos llevan el nombre de shinigamis (死神). Se cree que su misión no es solo de acompañantes, sino también de inductores, pues son capaces de crear la idea de la muerte en el corazón de las personas, llevándolos a morir. La figura del shinigami proviene en realidad de varias otras figuras presentes en el budismo (como el Mara y los Oni) y el sintoísmo; entrada la época Edo su mención en la literatura aumentó, dando paso al asentamiento del nombre que ha perdurado hasta nuestros días. 

En el budismo actual, la muerte se ve como algo inevitable, parte de un ciclo que el alma debe cumplir; según la tradición el cuerpo debe incinerarse para que siga al espíritu en su camino al otro mundo. En general, la mayoría de la gente en Japón tiene un altar dentro de sus casas, en el cual prenden incienso y ponen ofrendas para sus muertos; este tipo de rituales tienen lugar a puerta cerrada, porque la espiritualidad es algo personal que nos mantiene en nuestro mundo. 

El concepto de la muerte nos une más de lo que pensamos, está presente en cada uno de nosotros y nos permea a tal grado que existen festivales como el Día de muertos y el O-bon, dedicados a celebrar a nuestros muertos. Sin importar el lugar, hablar de muerte es complicado, pero parece que todos aceptamos este suceso como algo inevitable, algo que forma parte de nosotros tanto como lo hace nuestra propia existencia terrenal.